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Abr
14

Reseña de THE FATE OF THE FURIOUS

Escrito por Sergio Burstein

Fate 1

Las primeras imágenes de “The Fate of the Furious”, octava entrega de la serie “The Fast and the Furious”, nos transportan a La Habana, Cuba, para desarrollar una escena de carreras que, en vista de la locación elegida, se siente especialmente original. Sin embargo, las cosas no han cambiado mucho al interior de la franquicia.

En ese sentido, los edificios que se caen a pedazos (evidentes en esas tomas aéreas que distinguen tanto a la saga) y el imprescindible paso por el malecón (esta vez a toda velocidad) son resultados visuales que responden sin duda a los intentos de apertura post-Castro; pero las exhibiciones de mujeres semidesnudas, de gente que baila en la calle porque sí y de situaciones absurdas solo han cambiado de latitud, anunciando incluso de manera preocupante lo que pasará en la isla luego de que se instale allí el primer McDonald’s.

Claro que, a estas alturas, quejarse de algo así en una franquicia como ésta es un proceso inútil, ya que la serie dejó en claro desde hace tiempo que no se toma en serio a sí misma y que el sentido del absurdo forma parte de sus encantos, siempre y cuando uno se preste a ellos. Yo, que no soy fan de la saga pero he estado expuesto permanentemente a ella -y le he tomado incluso cierto cariño-, acudo siempre a ver sus nuevas entregas seguro de que nada de lo que pasará sobre la pantalla será un alimento intelectual, pero esperanzado en pasarla bien y en quedar boquiabierto con las escenas de persecuciones automovilísticas.

Fate 2

Por ese lado, “The Fate” -que fue dirigida por F. Gary Gray (“Straight Outta Compton”)- no decepciona, empezando por la secuencia cubana, que se adapta de algún modo a la realidad del lugar para mostrar coches antiguos refaccionados mientras se burla descaradamente de la libertad que se le dio a sus productores para filmar ahí al colocar de fondo un tema musical de Pitbull que clama por una “Cuba libre”, y terminando por una descomunal escena en la que un submarino ruso va destrozando el suelo congelado de un paraje islandés mientras caza a los automóviles conducidos por “los buenos”.

Sin embargo, considerando que los creadores de la saga se tomaron anteriormente el trabajo de desarrollar al menos una mitología consistente en la que el protagonista Dominic Toretto (Vin Diesel) dejó en claro que lo que más le importa en la vida es el respeto a su “familia” (es decir, los integrantes de su equipo), sorprende que el nuevo filme posea una historia tan poco desarrollada, a pesar de que el guión se encontró en manos de Chris Morgan, el mismo tipo que ha escrito todas las entregas de la serie, a excepción de la primera.

Como lo hemos dicho, no vale la pena esperar profundidad alguna en estas películas, pero en este caso, sí era necesario justificar de mejor modo la premisa principal del relato, que es la conversión de Toretto al “lado oscuro” luego de un breve encuentro con Cypher (Charlize Theron), una misteriosa villana que es ciertamente guapísima, pero que ha apelado a artimañas independientes de su belleza para lograr su cometido. Sea cual sea el chantaje al que ha sido sometido el héroe, sus reacciones son demasiado exageradas y arriesgadas para alguien que no se encuentra convencido de lo que está haciendo.

Eso no le quita validez a la decisión de haber contratado a Theron, una mujer espectacular que, en la locura de esta ficción, podría explicar que Toretto se haya convertido prácticamente en esclavo de Cypher; y la misma actriz se las arregla para darle una personalidad mínimamente distintiva a su personaje, pese a que el mismo termina convertido en otro terrorista acartonado cuya única meta parece ser el control del mundo.

Fate 3

Por su lado, Vin Diesel sigue siendo Vin Diesel, del mismo modo en que lo siguen siendo los demás; en realidad, los únicos que aportan un sentido constante de humor al asunto (como lo han hecho anteriormente) son los actores afroamericanos Tyrese Gibson y Ludacris en sus papeles de Roman Pearce y Tej Parker, mientras que Don Omar y Tego Calderón, que figuran en los créditos principales, aparecen literalmente por unos segundos, demostrando con ello que su inclusión es una simple estrategia publicitaria para atraer de manera engañosa al público latino.

Hay otras intervenciones que arrancan al menos un gesto de admiración, como es el caso de la de Jason Statham, quien vuelve a ponerse en la piel del asesino profesional Deckard Shaw; y surgen también por ahí veteranos como Kurt Russell y Helen Mirren, sin presencia alguna en las escenas de acción, pero dueños del suficiente prestigio como para darle cierto peso dramático a una cinta que, en su parte media, muestra una fila interminable de carros que caen del cielo (más precisamente, de playas de estacionamiento elevadas) porque han sido activados de manera remota por los villanos (¡!).

Nadie se sienta a ver una película como ésta para escuchar diálogos dignos de Shakespeare, y en ese sentido, cada vez que estábamos dispuestos a abandonar nuestros esfuerzos de atención, se daba una nueva escena espectacular que nos permitía recuperar el entusiasmo. Sin embargo, al final del partido, tras incontables cambios de territorio, personajes sin carga emocional y enredos que no hacían progresar la historia, salimos de la sala abrumados por la extensión de un largometraje cuyo problema mayor se encuentra en sus casi dos horas y media de duración.

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