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Oct
15

Reseña del concierto de CAIFANES en el Nokia Theatre de L.A.

Escrito por Sergio Burstein

Texto y fotos: Sergio Burstein

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Casi al inicio del concierto, Alejandro Marcovich se acercó a Saúl Hernández y, sin dejar de rasgar su guitarra eléctrica, chocó su cabeza contra la de éste, en un gesto especialmente amistoso que el segundo le devolvió minutos después con lo que parecía un beso en el cuello.

Estas muestras de afecto entre viejos compañeros de batalla que han compartido juntos miles de escenarios no son inusuales en el mundo del rock. Pero, en este caso, las muestras de cariño resultaban mucho más relevantes, porque hasta fines del año pasado, ambos músicos habían dejado de dirigirse la palabra a lo largo de casi una década y media, y los fans tenían bastante en claro que la posibilidad de un reencuentro era realmente remota [lee aquí nuestra entrevista exclusiva con Marcovich].

Pero una serie de situaciones relacionadas a  la salud de dos de los integrantes originales de la banda -el mismo Marcovich y el bajista Sabo Romo, a quien también entrevistó MANGANZON- desembocaron en un reunión que, inicialmente, se iba a producir únicamente para dos presentaciones masivas (la del Vive Latino y la del Festival de Coachella del 2011), pero que, debido a su impresionante éxito, se extendió a una gira por México y los Estados Unidos que se manifestó ayer (y se repetirá hoy) en el Nokia Theatre del centro de Los Angeles.

Caifanes2El show del viernes, que es el que comentamos, empezó más tarde de los previsto; pero la sensación de que se trataba de un hecho histórico se encontraba ya en el aire mucho antes de que el reformado grupo pusiera un pie sobre las tablas. Desde los conciertos de reunión de Héroes del Silencio y de Soda Stereo, no se había producido en el Sur de California un evento de esta magnitud en los terrenos del Rock en Español (así, en mayúsculas, porque estas tres bandas son realmente representativas de esa suerte de movimiento generacional que recibió dicho nombre).

La multitud que abarrotó el Nokia (las localidades para los dos conciertos en este recinto estaban completamente vendidas) estaba allí para celebrar a sus héroes, y nada podía arruinarle la fiesta; ni el atraso en el horario de presentación, ni las imperfecciones de sonido, ni el mal estado de la voz de Hernández (que, como se sabe, ha tenido serios problemas en sus cuerdas vocales desde hace mucho tiempo, lo que lo ha llevado a someterse a una cantidad escalofriante de cirugías).

Eso no hizo que la devoción resultara completamente ciega. Cuando Hernández se embarcó en uno de sus discursos habituales de tendencia supuestamente espiritual, pero de contenido más bien insípido  (“raza, siempre tendrás a tu lado a tu sombra”, dijo en un momento dado”), un tipo que se encontraba cerca de nosotros –y que había tomado evidentemente más de una cerveza- exclamó a viva voz: “¡Ya vas a empezar con tus pendejadas, Saúl!” Otros manifestaron su descontento cuando el grupo se enfrascó en introducciones instrumentales demasiado largas. Pero ninguna de estas quejas resultaban amargas ni duraderas, porque los mismos que las proferían eran los más entusiastas al momento de celebrar los logros de los músicos en el escenario.

Y vaya si tuvieron logros. Acostumbrados como hemos estado al sonido de Jaguares, la banda que descendió de ésta -y que muestra una esencia mucho más ‘hardrockera’-, habíamos olvidado casi las sutilezas de Caifanes, un grupo que, sin ofrecer necesariamente un efluvio de virtuosismo, incursionó con eficacia en los mares del rock progresivo, incluso en medio de sus coqueteos más abiertos con el pop, gracias a una saludable vocación por el ‘jamming’ que, si se observaban las sonrisas de los músicos, fue uno de los elementos que más se disfrutaron durante la presentación.

Pero la pieza más notable del engranaje fue justamente la que ha faltado durante toda la carrera de Jaguares, un grupo en el que han militado todos los ex Caifanes… a excepción de uno: Alejandro Marcovich. Aunque es probablemente el integrante más serio y menos animado de la banda -en términos de movimiento y de contacto directo con la audiencia-, este méxicano-argentino es un verdadero prodigio de las seis cuerdas, y sus impresionantes solos (de inspiración andina, pero guiados también por el estilo de Robert Fripp, de King Crimson) resultaron no sólo una verdadera delicia, sino que probaron contundentemente la relevancia de su participación en el conjunto.Caifanes3

Ninguno de los miembros del grupo decepcionó. Romo estuvo allí no sólo para reforzar la base rítmica, sino también para crear innumerables e intrincados arreglos en el bajo (y para soltar algunos acordes del emblemático bolero “Sabor a mí”); Alfonso André golpeó los tambores con una fuerza y una precisión encomiables, y fue esencial en los pasajes más ambiciosos; Diego Herrera interpretó unos teclados cargados de simpleza pero también de inspiración, y se dio tiempo para adornar varias canciones con atractivos solos de saxo; y Hernández demostró que, a pesar de su condición vocal, sigue siendo el alma de Caifanes, porque es un guitarrista rítmico de gran nivel, tiene letras mucho más convincentes que sus discursos hablados y, sobre todo, posee las cualidades compositivas que se requieren para escribir piezas tan memorables.

En consonancia con un concierto que duró cerca de 2 horas y media, el grupo tuvo la oportunidad de hurgar generosamente en el baúl de los recuerdos, combinando sus éxitos radiales con cortes más oscuros y más complejos. De ese  modo, el inicio del show no estuvo sólo marcado por temas como “Viento” y “Miedo”, sino que  incluyó también una versión muy ‘progre’ de “Sombras en tiempos perdidos” , así como una entusiasta interpretación de “Miércoles de ceniza”, una composición que ha sido presentada muy pocas veces en vivo (y que tuvo un solo majestuoso de Marcovich).

La banda bajó las revoluciones cuando le tocó el turno a la encantadora “Ayer me dijo un ave”, presentada con aires acústicos, dos juegos de percusiones y un espíritu apacible que reveló el espíritu benévolo de Hernández, y asumió un estilo rockero más tradicional en “Los dioses ocultos” (que, a pesar de su aspecto un tanto conservador, nos parece una de las mejores composiciones de Saúl).

Caifanes5Luego de tocar 20 canciones, el grupo estaba listo para retirarse; pero la multitud enfervorizada (hacía tiempo que no escuchábamos una aclamación tan espectacular) no estaba dispuesta a dejarlo ir tan fácilmente, por lo que el quinteto regresó para sacarse de la manga varios éxitos que le había faltado presentar, entre los que se encontró, por supuesto, “La célula que explota” (que es no sólo su canción más popular, sino también la que tiene más influencias del folklore mexicano), “Afuera” (la mejor carta de presentación para los talentos de Marcovich) y “No dejes que” (una pieza de lo más entretenida, aunque Hernández tuvo que dejarle al público la mayor parte de la interpretación vocal).

El cierre, como era de esperarse, vino con “La negra Tomasa”, una cumbia que no es de su autoría -y que de hecho suena muy distinta a todos los demás temas de Caifanes-, pero que se convirtió curiosamente en su mayor triunfo internacional. Inmediatamente después, en un gesto que sería absolutamente inusual en el caso de las súper estrellas anglosajonas, Hernández saltó del escenario al suelo y se puso a firmar autógrafos. Más allá de su legado inmortal, es por eso que se le quiere tanto.

Este es la lista de canciones que se interpretaron en la inolvidable velada:Caifanes4

“Viento”

“Para que no digas que no pienso en ti”

“Miedo”

“Te estoy mirando”

“La vida no es eterna”

“Sombras en tiempos perdidos”

“Aquí no es así”

“Miércoles de ceniza”

“Cuéntame tu vida”

“Antes de que nos olviden”

“Ayer me dijo un ave”

“Hasta morir”

“Estás dormida”

“Debajo de tu piel”

“Perdí mi ojo de venado

“Los dioses ocultos”

“Detrás de ti”

“Mátenme porque me muero”

“Amanece”

“Nos vamos juntos”

-BIS-

“Nubes”

“La célula que explota”

“Afuera”

“No dejes que”

“La negra Tomasa”

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