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Nov
02

Celebración del DIA DE LOS MUERTOS en el cementerio Hollywood Forever

Escrito por Sergio Burstein

Texto, fotos y video: Sergio Burstein

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Cualquier persona con raíces latinas que no se haya separado excesivamente de su cultura de origen al mudarse a los Estados Unidos sabrá que el final del mes de octubre y el inicio del de noviembre no se relacionan únicamente con el Halloween.

Y aunque nosotros mismos, como buenos fanáticos del terror ficticio que somos, festejamos con entusiasmo el Día de las Brujas (si no nos creen, lean nuestra reseña sobre los laberintos de las Horror Nights de Universal Studios y nuestro reportaje sobre el reciente Zombie Walk de Long Beach), existe todavía en nuestro oscuro corazón la capacidad de reconocer y de admirar las actividades hispanas que se dedican a recordar con un matiz muy distinto a los que no se encuentran más entre nosotros.

jarchaLa celebración del Día de los Muertos que se hace en el cementerio Hollywood Forever de Los Angeles se ha convertido ya en una tradición. Este año, su realización número 12 se adelantó una semana, lo que quiere decir que se llevó a cabo el 22 de este mes; pero eso no impidió una asistencia masiva que, a estas alturas, no se limita sólo al público latino, sino que incluye al anglosajón, seducido por el encanto y por la vitalidad de unas costumbres que le otorgan una perspectiva muy particular al recuerdo de los difuntos.

Como es ya costumbre, el evento tuvo varios escenarios musicales, y el principal se cerró con broche de oro debido a la presentación estelar de la irreverente y muy posmoderna Astrid Hadad, que fue antecedida por Hoppo, el nuevo proyecto musical del “tacvbo” Rubén Albarrán [a quien entrevistamos hace poco]. Como ya lo señalamos en una noticia previa sobre la Hadad, nuestro compromiso previo con Anthrax, la banda de 'thrash metal' que tocaba esa misma noche en otro lugar [lee aquí nuestra reseña], nos impidió quedarnos para ver a estos emblemáticos artistas; pero tuvimos de todos modos la oportunidad de recorrer el camposanto antes de la caída del sol y de apreciar a varios actos musicales de relieve.sitar

De este modo, nos colocamos frente al escenario central, llamado “Muerte y tradición”, para ver la vibrante actuación de Sitar, Sarangi Jugalbandi, un conjunto de evidente impronta hindú que, sin embargo, hizo gala de un sentido espiritual que no resultaba ajeno a la experiencia. También pasamos por el estrado “El fandango en su esplendor”, éste sí muy mexicano, donde se presentaba en ese momento el estupendo Conjunto Jardín, liderado por dos fieras féminas (las hermanas Libby y Cindy Harding) que, por más ‘gringas’ que parezcan, interpretaron el popular estilo folklórico con una pasión y una técnica envidiables (no es gratuito que el virtuosismo de la segunda en el requinto le haya valido el seudónimo de “La Xemimita Hendrix”). 

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Más allá, en una zona conocida como la Catedral -y que es en realidad un edificio en cuyas paredes se encuentran empotrados varios ataúdes (incluyendo el del legendario ‘sex symbol’ del cine mudo Rodolfo Valentino)-, se podía ver una llamativa exposición de arte contemporáneo centrada también en la Muerte y en sus distintas manifestaciones; y en el patio trasero del mismo inmueble, pudimos ver una impresionante muestra de danza ritual azteca que tenía como único acompañamiento rítmico el repicar de los tambores.

RamoneFuera de lo que sucedía en los escenarios, la música se hizo extensiva a un aspecto del evento que, en medio de todos los espectáculos profesionales, es el verdadera alma de la fiesta, por llamarla de algún modo: la infaltable presencia de esos altares con los que numerosas personas particulares le rinden tributo a sus seres queridos que no se encuentran más en este valle de lágrimas, y también a estrellas que idolatran, como se pudo notar ante el que se encontraba dedicado al cantante de The Doors, Jim Morrison, quien falleciera hace 40 años. La ya conocida tumba del guitarrista Johnny Ramone -que es una suerte de epicentro para los punk rockers de todo el mundo- se hallaba también decorada de manera especial, con esqueletos incluidos.

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Entre los mismos altares -que compiten además en creatividad, tamaño y visión artística- encontramos a un enérgico cuarteto de rockabilly acústico que, con el perdón de la expresión, era capaz de levantar hasta a un muerto (aunque ésa era quizás su intención). Este conjunto tenía a un lado un letrero con el nombre de Townes Van Zandt, un cantautor tejano de country que nunca tuvo popularidad masiva, pero que es considerado actualmente como una figura de culto. Y es que, como ya lo dijimos, hay lugar para todos en este singular panteón, de características cada vez más multiculturales.

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