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Jun
02

Reseña del concierto de VAN HALEN en el Staples Center de L.A.

Escrito por Debi

Texto: Sergio Burstein/ Fotos:  Jesus Jimenez

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Hace cuatro años, fuimos a cubrir un concierto de Van Halen en el Staples Center que marcaba supuestamente el regreso triunfal de casi toda la formación original, ya que si bien faltaba en ella el bajista Michael Anthony, incluía al guitarrista Eddie Van Halen, al baterista Alex Van Halen y, por supuesto, al emblemático vocalista David Lee Roth.

Como lo dijimos en ese momento, el show no nos convenció, sobre todo porque el grupo parecía cansado y desordenado, a lo que se sumó la evidente falta de experiencia de su nuevo y muy joven bajista, Wolfgang Van Halen, que es hijo de Eddie y tenía en ese momento 17 años.

Es por eso que la nueva fecha en el mismo recinto, llevada a cabo durante la noche de ayer, generaba en nosotros varias dudas, a pesar de que se trataba de una reaparición más formal y seria debido al reciente lanzamiento de “A Different Kind of Truth”, el primer disco de la agrupación con Roth desde “1984” (que se lanzó el mismo año). Por fortuna, lo que vimos y escuchamos superó por completo nuestras expectativas, porque el Van Halen que se posó soberanamente sobre el Staples durante esta inolvidable velada resultó ser una maquinaria rockera de enorme consideración, cuatro décadas después de su formación en las calles californianas de Pasadena.

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Para ir directamente al punto, es necesario decir que, con su ‘performance’ de ayer, Wolfang tiene que haberle callado completamente la boca a quienes dudan de la pertinencia de su presencia en el grupo. Todos estos años de experiencia en los escenarios no lo han vuelto mucho más carismático ni comunicativo, pero sí lo han transformado en un bajista excepcional, con un sonido sólido y contundente que se hizo siempre claro en la mezcla de sonido. El muchacho se encargó también de las armonías vocales correspondientes a su antecesor Anthony, y aunque no faltan los fans que extrañan amargamente al veterano, creemos que el miembro más reciente hizo un trabajo completamente digno.

La otra duda trascendente se relacionaba a Roth. Si Wolfgang se enfrenta todavía  a la gigantesca sombra de Anthony (no lo decimos necesariamente por su peso), el cantante sigue estando metido en una polémica que lo compara a la labor desempeñada por Sammy Haggar, quien lo reemplazó tras la gira del “1984”, y que a pesar de su tardío papel en la historia de Van Halen, es considerado por muchos fans como el mejor vocalista del combo -y, en casos extremos, como el único válido-. Es una discusión que a nosotros nos horroriza, no sólo porque Roth fue el original y el que participó en la grabación de las mejores canciones, sino porque el arribo de Haggar marcó una etapa demasiado comercial que se plasmó en alguna canciones atroces. No pocos acusan a Roth de tener mucha menos técnica que Haggar y de ser, en suma, un mal cantante; pero lo cierto es que su voz es mucho más original y sarcástica, como elemento esencial de una personalidad exuberante que no se puede pasar por alto.

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Hemos leído varios comentarios en la Internet que lo han atacado por encontrarse en mal estado vocal durante una buena parte de la gira. No sabemos si nuestro criterio de apreciación es completamente distinto al de esos comentaristas espontáneos o si le fue mejor en el Staples, pero lo cierto es que “Diamond Dave” lo hizo ayer de maravillas, al menos en toda la primera parte, ya que el segmento final lo encontró ya con la garganta agotada (a fin de cuentas, la faena duró cerca de dos horas). Y, por supuesto, no hay que olvidar que el tipo es todo un maestro de ceremonias, capaz de entretener a la audiencia con sus bromas y sus discursos y, por supuesto, con sus todavía notables habilidades para el baile, que se vieron sumadas a un novedoso manejo acrobático del parante de su micrófono.

Aunque el resto del grupo no se movía mucho, Roth hizo que todos los trámites resultaran placenteros y visualmente impactantes, lo que no se vio perjudicado por la presencia de una enorme pantalla que transmitía espectaculares imágenes de los que ocurría en el escenario y que, casi al final, sirvió para la exhibición de un estupendo video que mostraba los perros guardianes del cantante en medio de su esforzado trabajo como pastores de ovejas y de caballos en una granja campestre. Este fue el inesperado preludio de una efectiva versión de “Ice Cream Man” (una pieza del primer álbum epónimo de 1978) que el ‘frontman’ inició a solas, con una guitarra acústica, antes de darle paso a sus demás compañeros.

Algunas de las canciones tuvieron a la mitad un interludio destinado al parecer a los manifiestos del cantante, que fueron tan entretenidos como ligeros (no hay que esperar profundidades sociales ni políticas en la propuesta de Van Halen). En medio de ello, sin embargo, llamó la atención la emotiva confesión que le hizo a Wolfgang sobre un importante romance del pasado (cuando Roth es conocido por sus incontables amoríos). “Se llamaba Evelyn, y es la chica que me ensenó a bailar”, le contó, teniendo como testigos a los miles de asistentes; y agregó que terminar con ella lo metió en la bebida. “Pero ahora llevo 42 días sin tomar”, agregó; y, en medio de los aplausos de la concurrencia, precisó: “no seguidos, claro; desde Hannukah, quizás”.

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Aunque hemos mencionado primero al bajista y al cantante, porque eran los que se encontraban más en la mira de los críticos, ellos no son los únicos puntos de interés en Van Halen… ni los únicos que han sido criticados. En realidad, el músico más admirado del conjunto es Eddie, cuyas virtudes en la guitarra no han sido nunca puestas en duda en el mundo del rock duro, pero que cuyas presentaciones en vivo se vieron seriamente afectadas en cierta época debido a un galopante alcoholismo. Ahora sobrio, Eddie dejó a todo los asistentes al Staples boquiabiertos con cada legendario ‘riff’ que practicó (respaldado por una necesaria muralla de sonido), y ofreció además varios solos francamente portentosos, con ese abundante empleo de los efectos y del trémolo que él mismo fundamentó.

No faltó el de “Eruption”, que el pobre debe haber tocado millones de veces, pero en el que puso toda su pasión y su esmero, mientras la pantalla que tenía detrás le añadía a su perfil unas aureolas de diversos colores que le otorgaban un aspecto de lo más psicodélico.

Y ya que nos metimos en esta descripción personal, no podemos dejar de lado a Alex, un músico con recursos y un historial gigantesco que, sin embargo, fue el menos destacado de la velada, probablemente porque el nivel físico de exigencia de lo que interpretaba terminó por cansarlo, aunque también porque su solo de batería fue innecesariamente opacado con la intromisión de sonidos electrónicos pre-grabados. No se le puede culpar mucho de haberse agotado, claro, porque si bien el repertorio de Van Halen incluyó varios temas de medio tiempo (entre ellos, “Unchained” y “Running with the Devil”, con los que abrieron fuegos, y hasta el nuevo sencillo “Tattoo”), hubo otros momentos completamente frenéticos y acelerados, que se acercaron incluso al ‘speed metal’ (como  ocurrió durante la interpretación de “Everybody Wants Some”, “Hot For Teacher” y otro nuevo corte, “Chinatown”, que fue interpretado magistralmente, para no guardarse elogios).

A pesar de que varias de las canciones (sobre todo la final, “Jump”) tuvieron un aspecto caótico y desarreglado que no debería sorprender en un grupo de rock’n’roll que no pretenda ser progresivo (pero que para muchos puede ser un nuevo motivo de cuestionamiento), el Van Halen de ayer tuvo un sabor pleno de unidad, en desmedro de los comentarios recientes de algunas fuentes cercanas en relación a la anunciada cancelación de los 31 shows finales de este ‘tour’ estadounidense. “Se la pasan peleando todo el tiempo”, le contó un informante anónimo a la Rolling Stone. Si lo que vimos en el Staples es la consecuencia de una pelea, sigan agarrándose a patadas, por favor, caballeros.

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