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Jun
04

Reseña del concierto de CAIFANES en el Honda Center de Anaheim

Escrito por Sergio Burstein

Texto y fotos: MANGANZON

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Esta semana tuvimos la suerte de poder ver en vivo y en escenarios gigantescos a dos bandas de rock legendarias que se han reunido después de varios años, pero procedentes de diferentes regiones, con distintos idiomas y con audiencias que, en medio de sus inevitables similitudes, lucen ampliamente distintas: la primera fue Van Halen, que estuvo el viernes en el Staples de L.A. -y cuya presentación reseñamos ya aquí-, y la segunda fue Caifanes, que ocupó un día después las espaciosas instalaciones del Honda Center de Anaheim.

Esta es la tercera vez que la agrupación mexicana actúa en el Sur de California desde que anunció su reaparición, en diciembre del 2010 y tras casi 16 años de separación. La primera fue en el Festival de Coachella, poco después del debut de su nueva etapa en el Vive Latino, y la segunda se dio en octubre del año pasado en el Nokia Theatre de Los Angeles [lee aquí nuestra reseña]. Para nosotros, lo más placentero de todo es que, al igual que lo que nos pasó con Van Halen -que nos decepcionó en el 2007, pero nos encantó en su show de hace tres días-, Caifanes nos dejó ahora un sabor mucho mejor que el del concierto anterior.

Caif_Honda2jpgEsto puede tener que ver con el hecho de que sus integrantes han estado tocando mucho y están por ello más preparados para hacer lo suyo, pero se relaciona también a que sonaron bastante mal en el Nokia, un auditorio nuevo, muy moderno y muy bien ubicado, pero que parece tener problemas acústicos, porque todos los artistas que hemos visto allí en los últimos tiempos han sufrido para escucharse correctamente.

En el Honda, en cambio, el quinteto sonó de manera más que satisfactoria, con un buen balance de los instrumentos y un poderío que, sin ser nunca excesivo (la guitarra principal estuvo demasiado fuerte en el Nokia), dio prueba de la contundencia rockera de un grupo que tiene también en su amplio repertorio algunas canciones más llevaderas, marcadas a veces por los sonidos de la New Wave ochentera (como en el caso de “Mátenme porque me muero” y “Cuéntame tu vida”), así como la cumbia (que no se entromete únicamente en “La negra Tomasa”, como podrían imaginar muchos).

En realidad, con la comodidad que les da redescubierta experiencia, los Caifanes han sido finalmente capaces de alcanzar un estilo especialmente interesante, en el que los teclados a veces ‘poperos’ asumen de pronto unas tonalidades de lo más 'trippy', y en el que circulan de manera alternativa y discreta referencias a la música gótica, al rock progresivo, al ska y, por supuesto, al folklore latinoamericano.

Parece que la gran duda antes de todos los conciertos en los que se ha visto involucrado Saúl Hernández en los últimos años, ya sea con este grupo o con Jaguares (la institución que fundó tras la separación de Caifanes al lado del notable baterista Alfonso André), se encuentra en el modo en el que se enfrentará al micrófono principal, debido a los innumerables obstáculos que ha tenido con su garganta (y a las no menos frecuentes cirugías a las que ha debido someterla). Por fortuna para los miles que llenaron el Honda con entusiasmo desbordante, su voz se portó particularmente bien durante gran parte del show, lo que le permitió incluso alcanzar ciertas notas altas que se imaginaban ya perdidas, aunque eso le costara luego tener que bajarle el registro a otras piezas (y dejar ocasionalmente que el público lo reemplazara).

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Sea como sea, no hay duda de que el hombre es todo un icono del rock en español, ya que si bien no es un gran cantante y no demuestra grandes dotes en el área de los solos (aunque es un efectivo guitarrista rítmico), sus letras, sus melodías y sus composiciones son tan impresionantes como numerosas; no hay muchos artistas que puedan presentarse actualmente en un entarimado para desgranar éxito tras éxito de manera continua, como él lo hizo sin problema alguno.

A  fin de cuentas, cualquier verdadero fan del rock en nuestro idioma tendría que emocionarse al escuchar en vivo temas como “Viento”, “Miedo”, “Perdí mi ojo de venado”, “Los dioses ocultos”, “La célula que explota”, “No dejes que” y “Afuera”, que no faltaron en el repertorio.

Caifanes_Honda4Los fans de Caifanes/Jaguares y los de Maná han tenido desde hace tiempo una especie de duelo en el que los primeros cuestionan a los segundos por seguir a una agrupación que no consideran realmente rockera y cuyo rollo propositivo les parece blando y complaciente. Curiosamente, cuando se pone a hablar, Hernández no se encuentra tan lejos de Fher, porque si bien no se le ocurre decir nada como que se encuentra ante nosotros “para hablar por los delfines y las rosas”, ostenta también un discurso un tanto místico que lo relaciona a la Naturaleza y a las comunidades indígenas.

Tampoco le faltó una cita a la situación política actual de México; sin ser radical, mandó un saludo a los estudiantes de allá (suponemos que a los del movimiento contestatario #yosoy 132), e insinuó que “lo que pasó en el 68 va a tener consecuencias”, aunque se apresuró a decir después que éstas “deben ser pacíficas”. Dichas palabras le sirvieron como preludio para “Ayer me dijo un ave”, que dedicó a los hijos de los asistentes, entre los que se encontraban algunas personas mayores, pero que por lo general lucían jóvenes.

Los que se tomaron las cosas con una vena menos pacifista fueron los aguerridos rockeros de la platea que se pusieron a hacer ‘mosh’ a partir de la veloz “De noche todos los gatos son pardos”, y que ya para “Aviéntame”, se animaban incluso a trepar sobre sus compañeros para ‘surfear’ rápidamente sobre ellos. No hubo demasiado desorden por allí, aunque vimos a algunos guardias de seguridad desesperados que empezaron en determinado momento a empujar de mala gana a los frenéticos bailarines.

Estos impulsivos concurrentes hicieron un espectáculo aparte, pero el entarimado mismo era el que llamaba permanentemente la atención, ya que si bien los Caifanes no se mueven mucho mientras tocan (a excepción del tecladista y saxofonista Diego Herrera, quien se mantuvo siempre muy activo), son unos grandes instrumentistas. Todos -incluyendo al estupendo bajista Sabo Romo- contribuyeron a la construcción de un sonido propio y distintivo, pero no se puede ignorar el aporte trascendente de Alejandro Marcovich, un excepcional guitarrista cuyas peleas con Hernández fueron aparentemente el motivo de la desintegración original de la banda, y cuyo estilo en las seis cuerdas sigue resultando incomparable.

En el Honda, el serio Marcovich le arrancó fuego a su instrumento al combinar sabiamente sabores del blues con inflexiones caribeñas y hasta andinas durante unos inspirados solos que, como era de esperarse, encontraron su máxima expresión durante la interpretación de “Afuera”, pero que desfilaron también en muchos otros momentos de la memorable velada. Regresen cuando quieran, maestrazos.

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