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Ago
14

Reseña del concierto de BUDDY GUY en el Greek Theatre de LA.

Escrito por Sergio Burstein

Texto y fotos: Sergio Burstein

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Con el paso del tiempo, los blueseros procedentes de la primera época eléctrica se van haciendo cada vez menos. Y es por eso que, cada vez que se presenta uno, se vuelve prácticamente obligatorio tratar de verlo, porque puede ser literalmente la última oportunidad para apreciar un arte que se está perdiendo, a pesar de que tenga todavía a algunos representantes nuevos.

Pero lo interesante en el caso de Buddy Guy es que el veterano no es una simple reliquia que se ha conservado en formol y que hace ahora a duras penas lo suyo, sino un artista que, a sus 76 años de edad, se mantiene aparentemente en un estupendo estado físico y mental que le permite no sólo desgranar con  extraordinaria eficacia sus portentosos solos, sino también cantar con la intensidad que lo caracterizó en el pasado y, por supuesto, desempeñarse como un showman entretenido y picaresco que, a diferencia del gran B.B. King, no necesita todavía sentarse para tocar.

Buddy1bArmado con una sólida banda en la que primaban los músicos afroamericanos, como él mismo, Guy –que nació en Lousiana pero desarrolló su carrera en Chicago- demostró desde el inicio del show en el Greek que le iba a dejar espacio a otros solistas, permitiendo que se luciera ampliamente el guitarrista que lo acompañaba en su conjunto, y que tomó de hecho el protagonismo durante un momento especialmente enérgico de la velada. Pero la audiencia -en la que, créanlo o no, se encontraban varios jóvenes- estaba allí para ver al maestro, y al menos en la primera parte del concierto, éste no la decepcionó, sobre todo cuando le tocó el turno al segmento instrumental de “74 Year Old” (“la compuse hace dos años”, dijo), coronado por un demoledor arreglo de notas en el que se combinó la melancolía del blues y la suciedad del rock'n'roll primitivo.

Y es que Guy ha poseído siempre un estilo tan poderoso como divertido, que se ve acentuado por sus muecas, sus gesticulaciones y unas insinuaciones semi-eróticas lo suficientemente inocentes como para que nadie se escandalizara realmente mientras interpretaba "She's 19 Years Old" (que, por otro lado, se compuso hace muchos años).

Ya para entonces, el viejo zorro se había metido al público en el bolsillo con sus entusiastas versiones de “Going Down” y el “Hoochie Coochie Man” del legendario Muddy Waters, en cuya banda militó durante los 60. Pero lo más llamativo vendría después, luego de presentar la estupenda “Someone Else Is Steppin' In (Slippin' Out, Slippin' In)”, cuando decidió bajarse del escenario con su guitarra para pasearse entre las butacas del teatro y entrar en contacto directo con sus fans, a los que les pidió silencio mientras hablaba de su vida y de los músicos que admira, para enfrascarse luego en un inspirado falsete de tendencia soul. Poco después, ya de regreso en la tarima, tomó una baqueta de madera para golpear con ella las cuerdas de su instrumento y crear un sonido ruidoso que dio cuenta de su papel en la gestación de las corrientes más duras del rock. No es por nada que ha sido citado como influencia esencial por Clapton, Hendrix y Vaughn.

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Ese fue realmente su último momento de lucimiento personal, porque luego de él invitó al tabladillo a Quinn Sullivan, un adolescente blanco de 13 años que fue recibido con escepticismo, pero que cambió la impresión una vez que empezó a probar sus credenciales en el blues a través de una serie de solos que remitieron al estilo de Eric Clapton. Pero la verdadera sorpresa llegó poco después con la llegada de Ray Goren, un muchachito de 12 años que dejó a todo el mundo boquiabierto con su dominio de escena, su convincente vocalización y unos solos cuyo ímpetu y creatividad lo impusieron como un discípulo de auténtico lujo del anfitrión de la jornada.

Con generosidad, Guy le cedió desde entonces el protagonismo de la noche a estos dos nuevos e incuestionables talentos, lo que tuvo como resultado la sucesión de varios momentos de indudable brillo musical a los que en determinado momento se sumó Jonny Lang, un bluesero también joven (pero no tanto como los chiquillos que lo rodeaban) que es igualmente devoto de la vieja escuela -y que abrió la presentación de ese día en momentos en los que por desgracia no habíamos todavía llegado-.

Todo lo que pasó a partir de ese punto, incluyendo la interpretación del clasicazo de Cream “Strange Brew” a cuatro guitarras (¡!) y con un duelo interminable de solos -cada uno de ellos más impresionante que el otro- fue valioso y memorable para cualquier seguidor del género, y demostró de manera puramente musical lo que Guy expresó después con palabras: “Estoy haciendo esto para tratar de decirles que el blues no está muerto”. Se trató de un mensaje preciso y necesario, claro, pero también de una circunstancia que, en medio de sus buenas intenciones, nos quitó la posibilidad de ver al maestro por su lado, sin competidores, y de disfrutar más plenamente de su propio genio.

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