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Ago
14

Reseña del concierto de IRON MAIDEN en el Anfiteatro Verizon Wireless de Irvine

Escrito por Sergio Burstein

Texto y fotos: Sergio Burstein

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Cuando se habla de metal, Iron Maiden ocupa sin duda alguna uno de los primeros lugares de cualquier lista que no se circunscriba a subgéneros específicos, y tiene como mérito adicional el hecho de ser una entidad viva y vibrante que, además de lanzar de manera regular producciones discográficas que son muy bien recibidas, se dedica a girar por el mundo entero de manera constante.

Y eso ha hecho que, a sus 35 años de vida, la banda británica pueda todavía darse el lujo de expandir su influencia, como sucedió recientemente cuando decidió visitar algunos países sudamericanos en los que no había tocado. Curiosamente, antes de que esto ocurriera, leímos en la Internet el comentario de uno de esos infaltables resentidos que aseguraba que la agrupación recurría ahora al Tercer Mundo porque “ya nadie va a sus conciertos en Estados Unidos, donde tocan sólo en clubes chicos”.

Maiden2Fue una afirmación bastante interesante, porque en ese momento, no había pasado mucho tiempo desde que viéramos a Maiden en el enorme Anfiteatro Verizon Wireless de Irvine, que se llenó por completo: y, al día siguiente de leer la temeraria crítica, observamos saliendo de la biblioteca pública de Long Beach (ciudad en la que vivimos y en la que se grabó el inmortal "Live After Death") a una pareja de adolescentes (chico y chica) que llevaba chaquetas alusivas al mismo grupo.

Toda esta introducción sirve para remarcar la vigencia incuestionable de un conjunto que no parece todavía dispuesto a colgar las vestimentas y que, en medio de sus recientes y frecuentes concesiones a la nostalgia en lo que respecta a las actuaciones en vivo, sigue interesado en ofrecer performances impecables y en darle valor al precio de las entradas con puestas en escena tan impresionantes como modernas.

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Pero eso no quiere decir que sus integrantes sean inmunes al paso del tiempo. El show de hace tres años nos dejó completamente anonadados por las condiciones físicas de todos los músicos, empezando, por supuesto, las del vocalista Bruce Dickinson; pero el del jueves pasado -que era el primer de dos en el mismo auditorio- nos insinuó que el cansancio ya está adueñándose de algunos de ellos, sobre todo del bajista Steve Harris, que nos resultó inusualmente apagado, aunque sería demasiado aventurado sacar conclusiones, porque cualquier músico de cualquier edad puede enfermarse o tener un día difícil en medio de una gira extenuante.

El que sí parece imbatible es el cantante, que se mostró tan ágil como siempre, hasta el punto de que, en el momento que surgió a toda velocidad desde una escenografía trasera para saltar hacia la parte delantera del escenario, pensamos inicialmente que se trataba de un fan juvenil en medio de un impetuoso ‘stage diving’. Pero sentimos que su voz no se encontraba en tan buena forma como en el pasado inmediato, lo que pudo tener que ver con los ocasionales e inusuales desperfectos de sonido que se presentaron.

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Fuera de lo señalado, Maiden sigue siendo Maiden, lo que, al menos para nosotros, garantiza un espectáculo memorable. Y es que, a diferencia de muchos de los rockeros que los emularon, estos tipos no resultan nunca aburridos, incluso en los momentos en los que apelan generosamente a elementos del rock progresivo, como ocurrió esta vez durante la interpretación del majestuoso y extenso tema "Seventh Son of a Seventh Son"(que no había sido tocado en vivo desde 1988, durante el tour que inspiró la gira actual), y en el que se lucieron especialmente los instrumentistas (sobre todo Dave Murray -a quien entrevistamos hace poco- y Adrian Smith en las seis cuerdas).

Claro que, en medio de su profesionalismo y de la seriedad de muchas de sus composiciones, estos británicos tienen un lado ligero que desarrollaron con el paso del tiempo y que no nos molesta para nada en lo que respecta al aspecto de 'showman' de Dickinson, pero que no nos convence cuando la banda le da rienda suelta a piezas comerciales como “Can I Play With Madness” y, mucho menos, cuando permite que el relativamente nuevo guitarrista Janick Gers (se unió en 1990) efectúe unos pasos de baile que podrían funcionar para un combo de 'glam', pero que desentonan con una institución tan digna del auténtico metal como ésta.

Maiden5Sea como sea, nada podrá evitar el buen recuerdo dejado en Irvine por unos artistas que, más allá de las barreras musicales, son ya merecidamente unas leyendas vivas y siguen dejándolo todo en el escenario, aunque eso haga que su vocalista tenga que realizar toda clase de acrobacias para evitar ser alcanzado por las numerosas explosiones y juegos pirotécnicos que sacudieron el escenario en medio de composiciones tan emblemáticas como “2 Minutes to Midnight”, “The Trooper”, “The Number of the Beast”, “Phantom of the Opera”, “Iron Maiden”, “Aces High” y, por supuesto, “Running Free”, el cierre de rigor.

Y no hay que olvidarse del fiel Eddie, que además de aparecer incontables veces retratado en los enormes cortinas gráficas que acompañaron a las canciones, hizo acto físico de presencia en dos ocasiones: durante “Run to the Hills”, blandiendo una espada, y en medio del corte que usa el nombre de la agrupación, como una suerte de efigie gigantesca rodeada de sinuosos fantasmas.

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