Imprimir
Abr
04

Concierto del SEPTETO NACIONAL IGNACIO PIÑEIRO en el Conga Room

Escrito por Sergio Burstein

Septeto2Con 83 años de trayectoria, el Septeto Nacional Ignacio Piñeiro es una de las joyas mayores de la escena musical de Cuba. Una joya que, por otro lado, no cuenta todavía con el debido reconocimiento en los Estados Unidos, ya que si bien su álbum más reciente, “Sin rumba no hay son” (2010), fue editado aquí por World Village, y su presentación del sábado pasado en el Conga Room de Los Angeles contó con un gran  nivel de asistencia, los que estuvieron presentes durante su set fueron muchos menos que los que inundaron el local para ver a Albita, encargada de cerrar la noche.

Y es que, para ser sinceros, el Septeto merecería llenar estadios y probar un poco de la suerte que tuvo Buena Vista Social Club, por mencionar a la referencia más conocida.

Debido a su larga existencia, es evidente que el conjunto no cuenta con ningún integrante original en sus filas, ni siquiera con el que le dio nombre, ya que Piñeiro falleció en 1969. Pero lo cierto es que esta generación del Septeto (la cuarta) le hizo honor de manera brillante a su padre  y maestro, a través de un concierto breve pero memorable.

Septeto1El repertorio estuvo mayormente compuesto por piezas de Piñeiro, un músico y autor que muchos acreditan como el verdadero creador de lo que se conoce ahora como salsa, algo que quedó quizás probado durante la interpretación del primer tema de la noche, “Echale salsita”, escrito en la década de los 30, cuando nadie manejaba el término.

El miembro más antiguo del grupo es su director musical, Eugenio “Raspa” Rodríguez; ha estado con el Septeto desde 1982, y se incorporó a éste luego de colaborar con el legendario Conjunto Chapotín.

Rodríguez es un cantante de 70 años que, además de efectuar una interpretación impecable, derrochó sobre el escenario un nivel de energía que le podrían envidiar muchos  jovencitos.

En medio de sus bromas y de sus bailes, el mismo “Raspa” hizo todo lo posible para manifestar el entusiasmo que le generaba encontrarse donde se encontraba, y llegó a comparar la entrega de los asistentes (que bailaron a su gusto y sin parar) con lo que se puede observar en los clubes nocturnos de Nueva York. “Estamos en un salón muy rico, y aquí todos saben lo que es el son”, aprobó con convicción.

El son es, justamente, lo que mejor sabe hacer esta mágica agrupación, con los debidos toques rumberos que le brindó Piñeiro, pero con un innegable sabor tradicional que se apoyó en la cadencia de los soneos y en una instrumentación completamente acústica de tres, guitarra, bongós, maracas, contrabajo y trompeta.

Septeto3Rodríguez fue el que puso más emoción y movimiento a la sesión, pero en el plano musical, el que más destacó fue Enrique Collazo, que no resultó particularmente expresivo, pero le arrancó a su instrumento unos solos de soberbio nivel, secundado por Frank “El Matador” Oropesa, que deslumbró en los bongós.

En realidad, fue un verdadero placer escuchar a cada uno de estos músicos, criados y radicados todavía en una isla que, tras la imposición del embargo, ha visto severamente limitado su alcance artístico en esta parte del mundo, pero que parece dispuesta a aprovechar los espacios temporales que le ha brindado la actual administración.

Como era de esperarse, el Septeto no hizo alusión alguna a la política, sino que se dedicó a entretener a la audiencia con sones enérgicos y movidos de la talla de “Suavecito” y “Agua bendita”, y bajó de vez en cuando la intensidad para provocar la danza más íntima a través de cortes como “Mentira Salomé” y “Mueve la cintura, mulata”.

Para cerrar la faena, los músicos invitaron al estrado a algunos amigos, incluyendo a su representante Ricardo Oropesa, para interpretar el guaguancó “A mí no me tocan campana”.

Texto y fotos: Sergio Burstein

Escribir un comentario

Código de seguridad
Refescar