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Abr
15

Reseña de ONE NIGHT WITH JANIS JOPLIN en Pasadena Playhouse

Escrito por Sergio Burstein

Texto: Sergio Burstein

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Janis Joplin está viva, y viene presentándose con su banda en vivo en Pasadena Playhouse. Esto es al menos lo que parecen creer los numerosos veteranos que se están volcando masivamente a ver “One Night with Janis Joplin”, muchos de ellos con atuendos propios de la era hippie y la mayoría con un entusiasmo exuberante que los lleva a reaccionar como si estuvieran realmente en un concierto de la desaparecida rockera.

El sábado pasado, durante la función a la que asistimos, quedó claro que, así como está planteado, éste es un asunto para gente mayor; pero es probable que ello se deba a los precios de las entradas, algunas superiores a los 100 dólares, y no necesariamente a que Joplin le importe un pepino a algunos sectores de la juventud actual o a que el espectáculo no logre presentarla de un modo cautivador.

Janis4De hecho, si los que asisten al local se están emocionando tanto en cada presentación –la temporada acaba el 21 de abril- es porque, en medio de su formato teatral, la obra se experimenta casi siempre como un festivo y hasta ruidoso recital de rock, con una banda verdadera en el estrado (a la que se suma varias veces una sección de vientos) y, por supuesto, la fabulosa presencia de Mary Bridget Davis, una intérprete que no sólo luce como la estrella caída, sino que logra imitar a la perfección su canto y sus ademanes escénicos, incluyendo sus espectaculares alaridos.

La estrategia narrativa es simple: Joplin aparece ante la audiencia en plan confesional, contando su historia de vida, las influencias musicales que la marcaron y sus propias ambiciones artísticas, y en medio de esto, interpreta un compendio de sus éxitos que, por fortuna, no se desarrolla como un popurrí, ya que las canciones se escuchan completas y le permiten a los jóvenes y talentosos instrumentistas que la rodean darle rienda suelta a su potencial rockero, como sucede cuando le toca el turno a los vibrantes solos de guitarra, repartidos entre los dos encargados del instrumento.

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Pero el gran momento no le pertenece únicamente a Joplin, ya que cuando el personaje habla de las damas que la influenciaron, le da paso a representaciones de estas figuras y a la respectiva recreación de sus temas. Todas ellas son interpretadas por una misma cantante, Sabrina Elayne Carten, lo que inicialmente puede causar desconcierto debido a que cada una tenía evidentemente un estilo muy peculiar, pero que se olvida cuando uno se da cuenta de que la afroamericana es una vocalista absolutamente excepcional, con una versatilidad y un registro que ponen en más de una ocasión la carne de gallina, y que la facultan por lo tanto para adoptar con dignidad la personificación de leyendas tan incuestionables como Aretha Franklin, Etta James, Bessie Smith y Nina Simone.

Es evidente que los productores de la obra han jugado con énfasis la carta de la nostalgia y del tributo descarado, y eso es algo que podría incomodar a quienes esperaban una mirada más objetiva o compleja sobre el icono femenino del rock blues; además, no somos los primeros en decir que aquí se han dejado demasiado de lado a los demonios del alcohol y de las drogas que acabaron con la vida de Joplin, ya que si Bridget Davis aparece bebiendo directamente de lo que simula ser una botella de whisky, no hay alusiones contundentes a los efectos de los vicios, y el personaje parece encontrarse siempre en un estado de ecuanimidad sospechoso.

Janis2Sin embargo, habría que ser demasiado cínico o no estar apasionado con esta clase de música para no dejarse contagiar por la energía y el ánimo celebratorio que se derrochan en todo momento. No es necesario gritarle a Bridget Davis frases evidentemente dirigidas a Joplin, como lo hizo más de una asistente; dar un “yeah!” de aprobación tras cada afirmación de la protagonista, como en el caso de la señora que se encontraba a nuestro lado; ni lanzar gritos semejantes a aullidos caninos, como lo hizo otra. Pero vale la pena ponerse de pie con el público para dar de palmadas y disfrutar con las magníficas versiones de temas como “Cry Baby”, “Piece of my Heart” y “Ball Chain” (colindantes a veces con el potente hardrock) que figuran en el repertorio.

Además, ésta no es una simple sesión de ‘covers’ (si lo fuera, sería de todos modos una de las mejores que hemos apreciado), porque fuera de los frecuentes monólogos que se escuchan, el montaje no ha escatimado gastos en lo que respecta a la escenografía, que incluye varios niveles y plataformas móviles, ni a los vestuarios, que resultan especialmente vistosos en el caso de Elayne Carten. Tampoco es gratuito señalar que, pese a que todo se hace completamente en vivo, el sonido es siempre excelente. Y todo eso tiene un costo, caballeros.