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Jul
08

Reseña del concierto de CAIFANES en el Palacio de los Deportes del DF

Escrito por Sergio Burstein

Texto y fotos: Sergio Burstein

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Viajar a la Ciudad de México desde Los Angeles, por primera vez en la vida, lucía para nosotros como un proyecto de lo más interesante. Más allá de los numerosos comentarios sobre la violencia que se vive en el país vecino y de las promesas de encontrar una urbe muy caótica, parece haber también un consenso sobre el hecho de que la capital, distinguida por sus asaltos en plena vía pública hace unos cuantos años, se ha convertido en uno de los lugares más seguros de este enorme y fascinante país.

Además, para quienes somos cronistas musicales, llegar hasta allá representaba no sólo la oportunidad de ver esa constante combinación de restos arqueológicos aztecas y edificaciones coloniales que sorprende prácticamente en cada esquina, sino también de observar en su elemento natural a Caifanes, banda oriunda de la zona y una de las representantes más importantes de todo ese fenómeno que se dio por llamar Rock en Español a mediados de los ’90.

Los Caifanes acababan de tocar en Los Angeles, donde los habíamos apreciado ya en el 2011, durante la primera etapa del proceso de reunión que puso finalmente término a una separación de 16 años y, sobre todo, a la enemistad entre el cantante Saúl Hernández y el guitarrista Alejandro Marcovich, que a ese punto parecía irresoluble. La emoción de volver a ver a esta agrupación para quienes conocen prácticamente de memoria sus canciones fue evidente, pero el balance de aquella visita al Sur de California resultó igualmente inestable, debido sobre todo al mal sonido que tuvo esa noche el Nokia Theatre y al estado de la garganta de Hernández, que como es sabido, ha venido teniendo serios problemas en sus cuerdas vocales desde hace años.

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Es por eso que lo que escuchamos en el Palacio de los Deportes de México -donde se llevó a cabo el concierto aquí reseñado- nos dejó tan impactados.  “Mi voz está perfecta, igual que cuando tenía 15 años”, nos dijo el mismo músico en una entrevista reciente que pueden encontrar aquí. Al escucharla, la frase nos sonó tan atrevida como fantasiosa; y si bien es difícil todavía de creer (a fin de cuentas, el hombre tiene ya 49 años y ha tenido una existencia de lo más azarosa), lo cierto es que, durante la velada a la que asistimos, escuchamos a Hernández en estupendo estado, alcanzado incluso muchas veces los tonos agudos de sus viejas interpretaciones (lo que no es nada fácil, si se toma en cuenta que en esa época entonaba siempre con un registro muy alto).

Tener a Hernández en estas condiciones es el mejor modo para disfrutar realmente de las bondades del grupo entero, que son muchas (todos son grandes instrumentistas), y para gozar también de la innegable calidad de sus composiciones. Aunque se podría decir que el vocalista fue el autor principal de estas canciones, tan pegajosas en las melodías como sugestivas en las letras, tener de regreso a Marcovich no es un detalle menor, porque se trata de un guitarrista que, sin exhumar demasiado carisma, posee un estilo absolutamente personal y distintivo, enmarcado por unas escalas de inspiración prehispánica que le otorgan un aspecto  tradicional incluso a las piezas más rockeras de su repertorio.

De ese modo, en la primera parte, el argentino criado en México desde la adolescencia pasó de la intensidad naturalmente eléctrica de un tema como “Miedo” y de la devoción temprana a The Cure de “Cuéntame tu vida” a los encantadores vaivenes tropicales de “Aquí no es así”, una canción que, en medio de sus alegres armonías, parece esconder un duro mensaje contra los conquistadores españoles.

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Debido a su productividad (en su encarnación original, la banda duró ocho años y lanzó cuatro álbumes), Caifanes tiene la posibilidad de hacer conciertos variados y entretenidos, pese a que Hernández no se mueve mucho mientras hace lo suyo (el miembro más animado es el tecladista y saxofonista Diego Herrera, como se aprecia en las fotos que acompañan esta nota).

Tras la primera hora de presentación, se le dio espacio a un largo set acústico en el que figuró el corte “Fin”, de Jaguares (¿habría que llamarlo ‘cover’, cuando todos menos Marcovich lo tocaron en el pasado reciente?); una versión de “Quisiera alcohol” que nos puso la carne de gallina; y hasta una ofrenda especial de “La piel”, tema solista del baterista Alfonso André, quien la cantó mientras le sacaba sonidos a unas percusiones manuales.

Casi al comienzo de la faena, Hernández reconoció que no tienen canciones ni videos nuevos, y agradeció por ello que la audiencia estuviera respondiendo de manera tan entusiasta (éste fue el primero de dos recitales seguidos en el Palacio). “Todavía estamos vivos para seguir tocando”, dijo a continuación; y su proclama no fue un simple recurso sentimental, sino una especie de resumen de lo que ha pasado últimamente con la banda, porque fuera de los problemas vocales de él mismo, la reunión de hace dos años se dio tras el tumor cerebral que se le detectó a Marcovich, mientras que hace sólo unos meses, el bajista Sabo Romo fue sometido a una operación al corazón.

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Pero hubo una que otra sorpresa, como la interpretación de “Aquí no pasa nada”, un poco conocido tema del “Volumen II” (1990) que tiene implicancias políticas y que el ‘frontman’ dedicó a “un gobierno que se hace pendejo de lo que somos y de lo que queremos”. Si el buen desempeño de los músicos era ya de por sí suficiente (Caifanes no fue nunca un grupo ‘heavy’, pero sí proclive a ciertas tonalidades experimentales y hasta progresivas), uno de los atractivos mayores de verlos en el DF fue sin lugar a dudas la devoción que se les tiene por allá, manifestada en un clamor de la multitud que se mantuvo constante.

Lo que vino después entraba supuestamente en la categoría de ‘bises’, pero contuvo algunas de las mejores interpretaciones del show, ya que nos dio la oportunidad de escuchar lo que a nuestro concepto son tres joyas mayores: “Los dioses ocultos”, “No dejes que…”, “Afuera” y “La célula que explota”. El cierre vino con “La negra Tomasa” de rigor (ahora sí, ‘cover’ de un viejo son cubano), rematada en insólito plan hardcore, y un Hernández que derramó lágrimas sinceras de emoción ante el infatigable furor del público (incluyendo el del tipo que teníamos justo detrás y que no dejó de gritar como un descosido incluso cuando ya había perdido la voz).

En términos claros, ver a Caifanes en este auditorio fue una experiencia digna de recuerdo, y no sólo por lo bien que tocó el grupo, sino por las excelentes instalaciones del Palacio, que no será un recinto gigantesco, pero proporcionó durante esa noche un sonido impecable y un sistema de luces que realzó permanentemente el desenvolvimiento de los músicos en el escenario.

Como dato curioso, habría que señalar que no encontramos mercadería oficial alguna dentro del recinto, pero que a nuestra llegada desde la estación del metro (que sigue siendo la manera más eficiente y espectacularmente económica de desplazarse en el DF), fuimos recibidos por una cantidad descomunal de puestos ambulantes en los que se vendían incontables camisetas del conjunto.  Y había que llevarse al menos un recuerdo de tan buen espectáculo al “gabacho”, ¿verdad?

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