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Nov
13

Reseña del concierto de JUDAS PRIEST en el Nokia Theatre de L.A.

Escrito por Sergio Burstein

Judas Priest Nokia Theatre 1

En honor a nuestro aprecio por el buen metal, resulta tentador decir que Judas Priest está cumpliendo cuatro décadas de plena actividad (ya que tuvo cuatro años de hibernación) en un estado de salud perfecto, más fuerte que nunca y todas esas cosas exageradas que se proclaman cuando se quiere celebrar a un artista sin reparo alguno. Pero la verdad es que esta incuestionable institución rockera está dando ya muestras de cansancio, lo que no significa que sintamos una pizca de arrepentimiento por haber asistido al concierto que ofreció esta semana en el Nokia Theatre de Los Angeles.

Y es que Priest es uno de los pocos grupos veteranos que siguen lanzando con regularidad discos de material nuevo y, además, incluyendo varias piezas igualmente nuevas en sus repertorios en vivo, en lugar de limitarse a las clásicas de carácter infalible. Esta es una circunstancia que pudo ser incómoda para los asistentes al show que no se tomaron la molestia de escuchar las composiciones recientes que se pueden escuchar incluso en YouTube, mientras que para nosotros, la inclusión de cortes pertenecientes al álbum “Redeemer of Souls” (lanzado en julio) fue de lo más placentera, ya que no sólo estamos familiarizados con la placa, sino que nuestro gusto por ella ha crecido con el paso del tiempo.

Por eso mismo, que la velada empezara con “Dragonaut”, la primera pieza del disco referido, y que recurriera a tres composiciones más del mismo origen, fue una circunstancia muy conveniente, sobre todo porque hemos visto frecuentemente a esta banda durante los últimos años, y se nos hace más entretenido someternos a cosas distintas que a las conocidas de rigor. En ese sentido, a excepción de “March of the Damned”, que nos pareció intrascendente y hasta un tanto aburrida, el resto de las interpretaciones aludidas nos convencieron, ya que se trató de encendidas versiones de “Halls of Valhalla” y “Redeemer of Souls”, dos brillantes adiciones al catálogo del heavy tradicional.

Judas Pruest Nokia Theatre 2Como ya se sabía de antemano (estos son de esos músicos que respetan fielmente los listados a lo largo del mismo tour), el resto del setlist estuvo conformado por las creaciones más populares, y en ese sentido, no fue tan excitante como lo que se escuchó en la serie de conciertos del 2012, que nos llevó hasta Bakersfield para ofrecerles la reseña que pueden encontrar todavía aquí, y que incluyó una dosis razonable de material más oscuro. En todo caso, más allá de las rarezas, hubiéramos preferido ahora con los ojos cerrados que la poco respetable “Turbo Lover” fuera reemplazada por la ausente “Painkiller”, que es uno de los cortes más solicitados del quinteto, pero que fue probablemente evitado debido a su nivel de exigencia vocal.

El mítico Rob Halford no ha perdido su calidad como cantante, como lo probó durante la sublime interpretación de “Beyond the Realms of Death”, en la que hubo también un solo magnífico de Glenn Tipton; pero su habilidad para los falsetes altísimos y prolongados se ve cada vez más afectada, lo que es completamente razonable en vista de que tiene ya 63 años. Sin embargo, es todavía completamente capaz de insertar por aquí y por allá uno de sus memorables alaridos, a diferencia de lo que ocurre, por ejemplo, con Ian Gillan, de Deep Purple, quien dejó casi por completo esos maromas de garganta.

Además, Priest tiene una condición melódica que impide que nos aburramos al escuchar una y otra vez canciones como “Devil’s Child”, “Love Bites”, “Jawbreaker”, “Breaking the Law” y “You've Got Another Thing Coming”, todas ellas presentes en el Nokia durante una velada que, debido a las condiciones del local, contó con un excelente sonido y permitió la implementación de llamativos juegos de video en las pantallas gigantes, que no se limitaron a mostrar a los músicos en acción, sino que sirvieron también para la exhibición de imágenes más sugestivas, como los fragmentos del “Nosferatu” de Murnau que aparecieron durante la interpretación de “Love Bites”, los volcanes en erupción que fueron el telón de fondo de “Victim of Changes” y las animaciones originales de tendencia zombi que acompañaron a “March of the Damned”.

Judas Priest Nokia Theatre 3

Por otro lado, el concierto sirvió para reafirmar la posición de Richie Faulkner como reemplazante definitivo de K.K. Downing, el todavía extrañado guitarrista de la formación clásica que abandonó el barco en el 2011. Si bien Faulkner se ha visto sometido al ataque inclemente de varios fans antiguos que se niegan aceptar los hechos, se trata sin duda de un músico joven y talentoso que está haciendo lo mejor que puede con el trabajo, participando incluso en la composición del “Redeemer” y, al menos durante la actuación angelina, enfrascándose cerca del final en un extenso y rapidísimo solo que pareció destinado a demostrarle a los asistentes el pleno dominio de su instrumento.

Claro que, ya para entonces, Tipton había hecho lo propio en medio de “Beyond the Realms”, aunque en términos generales, el estilo más sólido le correspondió al eterno bajista Ian Hill, cuyas cuatro cuerdas se impusieron en una mezcla de audio que, como ya dijimos, resultó impecable, pero que podía sentirse a veces demasiado limpia y desprovista de contundencia. De hecho, si Judas Priest tuvo en algún momento un aura de peligro, a pesar de los trajes ajustados de cuero que llevan sus integrantes, éste es ahora prácticamente inexistente; y el show aquí reseñado ha sido el primero de la agrupación en el que nos hemos sentido realmente rodeados por una audiencia de adultos mayores.

Pero cualquier queja tiene un sabor de injusticia cuando se considera la extraordinaria longevidad del conjunto, sus aportes esenciales a un género que sigue luchando por el reconocimiento y la satisfacción que nos provoca comprobar en carne propia que, en lugar de tener que limitarse a un club pequeño para complacer a un puñado de nostálgicos, Priest es todavía capaz de llevar a 6 mil fanáticos a uno de los auditorios más espaciosos y solicitados de una urbe tan acostumbrada a los espectáculos musicales de nivel como la nuestra. FOTOS: SERGIO BURSTEIN

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