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Feb
24

Reseña del concierto de BILLY IDOL en el Wiltern Theatre de L.A.

Escrito por Sergio Burstein

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Ver a Billy Idol sobre un escenario a los 59 años de edad (suyos, no nuestros) tiene sin duda un aspecto de nostalgia que nadie puede negar, sobre todo si se considera que el hombre es básicamente recordado por las canciones que hizo hace al menos tres décadas, pese a que tiene un disco nuevo en el mercado y se ha mantenido activo de modo irregular pero visible desde mediados de los ‘70. Con las amplias diferencias del caso, se podría decir lo mismo de U2, y aunque la convocatoria de Idol no llega a las dimensiones de un estadio, la presente gira lo ha encontrado presente en auditorios mucho más generosos que pequeños clubs de bulevar.

De hecho, el concierto al que acudimos era el segundo completamente vendido en el espacioso Wiltern de Los Angeles, un local que no está precisamente dedicado a figuras del pasado que casi nadie quiere ver; y aunque una parte de los asistentes era de esos que no se levantan por nada de sus asientos (la mezzanine con asientos en la que estuvimos a nuestro pesar nos permitió ver a veteranos que parecían considerablemente mayores a Idol), observamos por todos lados a asistentes que no eran del tipo adolescente, pero sí treintañeros, y tampoco puramente anglosajones, porque, en su mejor momento, la popularidad del anfitrión se extendió ampliamente a Latinoamérica, hasta el punto de que varias de sus canciones eran presencias habituales en las radios comerciales.

Y es que sí, lo que hace Idol es comercial, pese a su pinta de punkrockero, aunque se trata de un comercialismo que no deja de ser muy rockero y que además, incluso a estas alturas, se pone ocasionalmente muy punk, ahora en el plano musical, porque el oriundo de Middlesex, Inglaterra, no dejó de incluir en su repertorio varias piezas de su agrupación inicial, Generation X, que fue criticada justamente por no ser suficientemente radical, pero que es considerada con justicia como antecesora de Green Day y agrupaciones semejantes, y de la que se incluyó no sólo la predecible “Dancing With My Self” -que de todos fue modificada por Idol como solista-, sino también las más rápidas y furiosas “Rock Steady Go” y “King Rocker”, cuya presencia pudo resultar desconcertante para los asistentes de mayor edad.

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En todo caso, la mayoría del material de Idol es bastante accesible y mucho menos ruidoso, y su álbum más reciente, “Kings & Queens of the Underground” (2014), es una muestra clara de ello, ya que favorece las inflexiones del pop antes que las rockeras, como se probó en el concierto durante la interpretación de la amable “Save Me Now”, aunque el tema de apertura, “Postcards from the Past”, que también es nuevo, se inscribe en su onda ochentera más guitarrera, como lo hace también “Whiskey and Pills”, que es incluso más fuerte y sucedió sin problema alguno la interpretación de “King Rocker”.

Claro que el hecho de que Idol no dependa totalmente de la nostalgia no hace que la mayoría de sus admiradores no acudan a verlo para escuchar sus piezas clásicas, por lo que éstas estuvieron allí y fueron las más celebradas. En ese sentido, aparte de la esencial “Dancing”, no faltaron “Craddle of Love”, “Eyes Without a Face” (que sonó un poco rara debido a los cambios hechos a la melodía vocal) ni, por supuesto, “Rebel Yell” (con un Idol ya sin camiseta, como en los viejos tiempos, y todavía capaz de lucir bien en esas condiciones).

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En términos interpretativos, la voz del cantante nos resultó un tanto turbia en la primera parte del concierto, sobre todo cuando se acompañó de una guitarra acústica para encargarse de la encantadora balada “Sweet Sixteen”, presentada con un discurso cargado de ronquera que no nos permitió entender casi sus palabras; pero no estamos seguros de que esto haya respondido al estado actual de su garganta, sino que pudo deberse al ajetreo de una gira que lo había tenido un día antes en el mismo lugar. Además, la parte final del show lo encontró en plena forma vocal y física, mientras se movía por todos y arengaba a la platea con una invocaciones que no lucían muy creativas (“me siento bien; ¿se sienten ustedes bien?”, repitió varias veces en un momento dado), pero que mantuvieron el entusiasmo en una faena que fue siempre divertida.

El que no dio muestra alguna de flaqueza fue Steve Stevens, el legendario guitarrista que ha tocado con Idol por un prolongado tiempo (con algunas pausas), y que además de ser el más animado de la banda, tuvo oportunidad de hacer muchos más solos que los que se escuchan en las viejas grabaciones, sobre todo durante el momento que lo encontró en una vibrante sesión individual en la que alternó la suavidad de la música clásica con la intensidad del flamenco. En otros instantes, el mismo Stevens dio prueba de su talento para arrancarle sonidos extraños a las seis cuerdas, aunque tanto su peinado como sus vestimentas fosforescentes -en plan muy ‘glam’- fueron el mayor lazo posible con la nostalgia ya nombrada.

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