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Jun
22

Reseña del concierto de BRIAN WILSON y RODRIGUEZ en el Greek Theatre de L.A.

Escrito por Sergio Burstein

Brian Wilson resena 1

Tener la oportunidad de ver sobre un escenario al aire libre y al principio del verano a una leyenda viviente de la música es uno de los privilegios a los que se puede acceder en Los Angeles, una ciudad que, por otro lado, puede ser realmente intimidante y caótica. Pero lo que pasó el sábado pasado por la noche en el Greek Theatre no pudo ser más placentero y relajado, aunque proviniera esencialmente de la creatividad de un artista atormentado.

Nos referimos a Brian Wilson, un músico que, a los 73 años de edad, se encuentra en medio de un resurgimiento realmente inusual de su carrera, no sólo porque continúa presentándose con frecuencia y acaba de lanzar un nuevo álbum, “No Pier Pressure”, sino porque acaba también de ser objeto de una celebrada película, recién estrenada en las salas, que se titula “Love & Mercy” y que fue abiertamente apoyada en este concierto, ya que su afiche promocional permaneció todo el tiempo a un lado del estrado.

Si ven la cinta, que es absolutamente recomendable, sabrán que es casi un milagro que el fundador de los Beach Boys esté todavía entre nosotros en cualquier condición interpretativa, porque ha tenido una existencia particularmente azarosa en la que se incluyen el maltrato paternal, la incomprensión artística, el abuso de drogas y unos problemas mentales que fueron explotados inescrupulosamente por un terapista al que se le quitó luego la licencia. Tras todo lo ocurrido, se podría esperar de Wilson algo muy inferior a lo que ofreció en el Greek, sobre todo cuando se considera que él mismo ha declarado que las voces que escucha dentro de su cabeza se agudizan cuando pisa una tarima.

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Y es que si bien habíamos leído que él mismo venía cumpliendo una misión prácticamente decorativa en sus recientes presentaciones, lo de este fin de semana lo encontró en un estado anímico y vocal que era imposible de predecir, lo que puede indicar que algunos tienen expectativas muy altas al ir a verlo o, simplemente, que nos tocó la suerte de gozarlo en un afortunado momento de lucidez. Como ha sucedido desde hace tiempo, el músico estuvo permanentemente sentado detrás de un piano que aparentemente tocó muy poco y tenía delante suyo un teleprompter por si se olvidaba de sus propias letras; pero cantó más y mucho mejor de lo pronosticado, aunque, evidentemente, no es capaz de alcanzar los falsetes de su glorioso pasado.

Eso no quiere decir que éstos estuvieran ausentes, ni que faltaran tampoco las memorables armonías vocales de los Beach Boys, ya que ambos aspectos salieron a flote con la colaboración del joven y entusiasta tecladista Matt Jardine. Además, la parte instrumental estuvo magníficamente servida por una generosa agrupación que, a estas alturas, remite más a los Beach Boys que los Beach Boys oficiales, porque tiene a bordo a Al Jardine (miembro fundador y padre del citado Matt) y a Blondie Chaplin (integrante durante de los ‘70). Y si alguien quiere reclamar por la falta de los dos hermanos de Brian con los que se creó la agrupación (Dennis y Carl), hay que recordarles que ambos fallecieron, el primero en 1983 y el segundo en 1998.

Pese a que los temas más populares de Wilson siguen siendo los de la surf music de sus inicios, el concierto se inició por un lado mucho más inspirado, es decir, el de las experimentaciones sonoras que condujeron al originalmente frustrado álbum “Smile" (que se completó finalmente en el 2004, aunque debía haber salido en 1967). De ese modo, nos sometimos desde temprano a una memorable versión de “Heroes and Villians”, antecedida por una rendición igualmente brillante de la pieza a capella “Our Prayer”.

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Pero Wilson no pretendía ignorar su pasado más comercial, ya que arremetió de inmediato con “California Girls”; bueno, no tan de inmediato, porque antes de eso, varios miembros de su familia subieron al escenario con un pastel, debido a que, para hacer la ocasión todavía más especial, ese mismo día era su cumpleaños. Tener a su lado a tantos seres queridos -entre ellos, una niña que demostraba su entusiasmo con saltos de alegría- en su lugar de nacimiento tiene que haber sido una circunstancia importante para un artista que no tuvo las cosas fáciles.

El repertorio de los Beach Boys fue debidamente atendido con una serie de entregas que, sí, culminó con las esperadas “Surfin’ USA” y “Fun, Fun, Fun”, pero en las que figuró igualmente “In My Room” (dueña de una apacible e imborrable melodía), “God Only Knows” (una canción de un enorme romanticismo, pero que gozó también de un segmento de lo más ‘progre’) y la fabulosa “Good Vibrations“ (el encuentro más acertado entre el lado comercial y el psicodélico de Wilson). En realidad, por ese lado, lo único que nos decepcionó fue la versión de “Don’t Worry Baby” en la que se invitó a Sebu Simonian, del dúo ‘indie’ Capital Cities, y que se nos hizo demasiado ligera.

Tampoco faltaron unas cuantas canciones de la etapa estrictamente solista de Wilson, como “One Kind of Love”, que él mismo afirmó haber compuesto para su esposa -y que tuvo unos osados coqueteos con el jazz y la bossa-, y ya para el cierre, la sencilla pero simpática balada “Love and Mercy”. Tras 34 piezas en la tarima, habría que estar loco para quejarse.

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El concierto tuvo como acto de apertura al cantautor mexicoamericano Rodríguez, cuyo status de leyenda es más complicado, ya que si bien ha sido por varias décadas un icono en Sudáfrica, sus notables aportes al folk rock fueron prácticamente ignorados por aquí cuando se produjeron, a inicios de los ‘70, hasta la llegada de “Searching for Sugar Man”, el excelente documental que se llevó el Oscar en el 2012 y que lo puso nuevamente en vitrina. Rodríguez tiene composiciones estupendas, y somos los primeros en celebrar sus méritos, pero en esta ocasión, no nos convenció del todo, debido no sólo a la brevedad de su set, sino a que lo afrentó únicamente con su guitarra acústica.

Hace poco más de un año, asistimos a este mismo recinto para ver al mismo músico, en aquella ocasión como acto principal; y a pesar de que la presentación estuvo lejos de ser impecable, el hecho de que se realizó con la asistencia de una banda completa de integrantes muy jóvenes le brindó una vitalidad que brilló esta vez por su ausencia, privándonos además de la posibilidad de escuchar los llamativos arreglos originales. La consecuencia más directa es que se trató de una actuación extremadamente discreta, incluso para los parámetros nada escandalosos del artista.

De todos modos, Rodríguez es otro de esos músicos mayores y en cierto momento dados por perdidos (aunque en su caso no hay historias declaradas sobre vicios) cuya presencia debe agradecerse; y tiene varias canciones excelentes, por lo que escuchar títulos como “Inner City Blues”, “Crucify Your Mind” y, por supuesto, “Sugar Man” en el formato que sea es un auténtico placer, aunque su intérprete le bajó los humos a los consumidores de sustancias al decir que se trata de una pieza “descriptiva, no celebratoria” y agregar luego un mensaje contra las drogas, como lo hizo durante la presentación anterior.

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