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Jul
01

Reseña del concierto de KING CRIMSON en el Greek Theatre de L.A.

Escrito por Sergio Burstein

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Sin haber contado con el apoyo masivo de los medios de comunicación debido a su habitual rechazo a las formas más comerciales de la música popular, el rock progresivo es un género que sigue manteniendo su prestigio, así como la devoción de miles y miles de seguidores en el mundo entero.

Para ellos, los arreglos complejos y las melodías inusuales no resultan desconcertantes, como puede suceder con los devotos del ‘mainstream’ que se exponen a esta corriente; y la complejidad de las estructuras que se emplean no son vanas muestras de soberbia, sino pruebas de un virtuosismo que vale la pena disfrutar.

En ese sentido, es probable que el representante más puro de la escuela, al menos en términos de difusión, sea King Crimson, una banda británica que, a diferencia de colegas suyos como Yes y Rush, se ha alejado permanentemente de los coqueteos con el pop, para centrarse en cambio en una intensa modalidad del ‘progre’ que se inclina hacia lo instrumental y lo experimental, convirtiéndose de paso en plataforma de lanzamiento de grandes talentos, como fue el caso de los recientemente fallecidos Greg Lake y John Wetton.

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No siempre ha sido así, claro. En sus 49 años de historia, la agrupación ha sufrido muchos cambios, hasta el punto de que el único integrante original que permanece en la formación actual es el legendario guitarrista Robert Fripp; y a mediados de los ’80, lanzó incluso un tema ‘radiable’, acompañado de su respectivo videoclip.

Pero nadie va a un concierto suyo para ponerse a bailar, como lo demostró la presentación en el Greek Theatre de L.A., donde todo el mundo permaneció sentado y donde el formato se asemejó más al de un acto de jazz que al de una banda rockera, empezando por la prohibición de tomar cualquier tipo de fotos o videos (incluso para los medios de comunicación) y siguiendo con la disposición del escenario.

De ese modo, si los artistas de esta clase suelen valerse de juegos de luces y de pantallas gigantes para transmitir imágenes psicodélicas que buscan acentuar el ‘vuelo’ de sus propuestas, Crimson (como lo llaman los amigos) prescindió por completo de estos elementos, limitándose a colocar un telón negro de fondo y a mostrar en el escenario a sus integrantes, vestidos con sobriedad y con vestimentas igualmente oscuras.

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Quienes no estaban atentos a lo que ha venido pasando recientemente en el grupo quedaron probablemente sorprendidos por la presencia no de uno, sino de tres bateristas, que tocaron a veces de manera simultánea sin cruzar nunca los ritmos, y que en otros momentos tuvieron oportunidades de lucimiento personal, sobre todo en el caso de Gavin Harrison. Pero todos ellos (completados por Pat Mastelotto y Jeremy Stacey) tuvieron un desempeño espectacular, y en sus incursiones más intensas, se convirtieron en los pilares de un sonido monumental y extremadamente rockero que no se esperaría normalmente en un evento de estética tan rigurosa.

Aparte de Fripp, la formación actual de Crimson tiene en su filas a otro músico emblemático: el bajista Tony Levin, que ha entrado y salido del combo desde inicios de los ‘80. Figura también por ahí el saxofonista y flautista Mel Collins, que a pesar de ser mucho menos conocido, participó en las grabaciones de los ‘70.

El actual vocalista y encargado de la segunda guitarra es Jakko Jakszyk, un veterano de la escena británica que hasta hace algunos años lideraba un grupo de ‘covers’ de Crimson; y si bien eso podría hacer que uno se sintiera tentado a lamentar las ausencias (sobre todo la de Adrian Belew, el excelente vocalista y segundo guitarrista que participó extensamente en el conjunto entre 1981 y el 2008), lo que se escuchó esa noche en el Greek le cerró la boca a cualquier reparo.

Y es que la actual alineación es todo lo poderosa y coordinada que se podría esperar de una banda que requiere de una precisión particular para sonar como debe, y en la que no importan realmente los lucimientos individuales, sino la obtención de un sonido colectivo que es capaz de poner la carne de gallina. A pesar de ser evidentemente el director del espectáculo y el protagonista de la velada, Fripp no trató nunca de destacar por encima de los demás, y como ha venido sucediendo desde tiempos inmemoriales, permaneció siempre sentado, con su guitarra a cuestas y al lado de su proverbial melotrón.

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Si no se es un fan acérrimo de Crimson, resulta difícil reconocer mucho de lo que tocan en sus conciertos, debido a la citada falta de éxitos comerciales, a la enorme colección de temas acumulados con el paso del tiempo y al deseo constante de Fripp de alterar los repertorios. Pero cualquiera que admire a esta agrupación sabe que la idea en este caso no es cantar estribillos, sino gozar de la maestría interpretativa de lo que se presenta y, sí, verse complacido finalmente por melodías ampliamente reconocibles.

Lo que no faltó fue la abundancia, ya que se ofrecieron dos sets: el primero empezó cerca de las 7.30 de la noche y duró más de una hora, mientras que el segundo, iniciado después de las 9, se extendió por una hora y media. La primera parte fue la más oscura en términos de difusión, con cortes como “Neurotica”, “Cirkus” y “Fallen Angel”, aunque incluyó la interpretación de “Red”, inmediatamente distintiva por sus acordes de guitarra.

La segunda parte, ya con la luz del sol ausente y el ánimo del público relajado, resultó más accesible y certera, porque le dio pie a varias piezas famosas; en medio de cortes como “Larks' Tongues in Aspic, Part One”, “The Letters” y “Meltdown”, que sirvieron básicamente para un despliegue instrumental de talento imposible de olvidar, apareció “Easy Money”, una canción que posee un coro inusualmente pegajoso; y el cierre del segmento llegó con “Starless”, dueña de una memorable línea de guitarra.

La algarabía de los presentes se elevó todavía más con el ‘bis’, iniciado por un ‘cover’ de “Heroes” que no debería sorprender cuando se sabe que Fripp grabó el solo de guitarra en la versión original de David Bowie. Inmediatamente después le llegó el turno a dos composiciones absolutamente imprescindibles en la historia del ‘progre’, “The Court of the Crimson King” y “21st Century Schizoid Man”, extraídas del primer disco de Crimson, publicado en 1969.

Para nosotros, fuera de las ausencias de miembros que ya no se encuentran en este mundo (Lake y Wetton), que se han retirado (como es el caso del baterista Bill Bruford) o que no participan en el proyecto por razones desconocidas (Belew), lo único de lamentar en este fascinante concierto fue la falta de “Epitaph”, una conmovedora balada ecológica que sigue siendo una de nuestras obras musicales favoritas dentro de cualquier género.

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