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Nov
20

Reseña del concierto de BUNBURY y ZOE en el Anfiteatro Gibson de L.A.

Escrito por Sergio Burstein

Texto, fotos y video: Sergio Burstein

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El hecho de que dos artistas o grupos respondan vagamente a un género musical determinado es excusa suficiente como para que los empresarios los coloquen dentro de un mismo paquete y sobre un mismo escenario. El caso de Bunbury y Zoé -que se encuentran actualmente enfrascados en una gira conjunta por diez ciudades estadounidenses- puede parecer inicialmente como uno más de la partida, ya que si bien los fans del rock en español saben perfectamente que los dos actos colaboraron en una versión especial de “Nada” (un conocido tema de los segundos), ambos manejan en el papel -y sobre todo en los discos- propuestas musicales ciertamente distintas.

El más famoso, Bunbury, proviene de España, y aunque inició sus andanzas con un grupo plenamente afincado en el rock guitarrero de impronta anglosajona (Héroes del Silencio, por supuesto), ha dedicado casi toda su carrera solista a una fusión en la que echa mano a varios ritmos y estilos folklóricos de origen tanto mediterráneo como latinoamericano, por no mencionar sus fuertes deudas con el ‘spaghetti western’. Por su parte, Zoé, de la Ciudad de México, tiene una trayectoria de casi quince años en la que nunca ha mostrado interés alguno por la música popular de su país, prefiriendo siempre la elaboración de un rock con filiaciones oscuras y electrónicas.

Bunbury2Sin embargo, después de asistir al concierto del jueves pasado en el Anfiteatro Gibson (que fue el segundo de la gira), nos quedó claro que la combinación funciona, no sólo porque, más allá de sus distancias, los dos artistas tienen sensibilidades parecidas, sino porque, una vez que se ponen sobre la tarima, comparten una vocación igualmente rockera.

Bunbury sigue practicando un estilo muy mestizo, sin duda alguna; pero la banda que lo acompaña ahora, Los Santos Inocentes, sabe alternar los momentos musicales plácidos con unos arranques realmente rocanroleros, que le dieron sobre todo oportunidad de lucimiento a Jordi Mena, uno de sus dos guitarristas.

Esto no quiere decir que el zaragozano haya abandonado lo suyo; de hecho, su próximo álbum, “Licenciado Cantinas”, que sale el 13 de diciembre próximo y está compuesto por ‘covers’ del folklore latinoamericano, es probablemente el menos ruidoso de su carrera, y el show del Gibson se abrió con dos cortes provenientes de dicha placa. El primero de ellos, titulado “El mar, el cielo y tú”, fue interpretado con la intervención de un acordeón y de un requinto eléctrico, mientras que el contrabajo se convirtió en un instrumento permanente de la velada.

Bunbury le dedicó su popular tema “El extranjero” a todos los inmigrantes que la están pasando mal en Arizona; de haber estado más al tanto de las noticias, hubiera mencionado también a Alabama, pero él no es un reportero ni un analista político, sino un músico que sabe hacer muy bien su trabajo, como lo probó a través de un set impecable, con pocos sobresaltos pero con un nivel de calidad permanente que se vio facilitado por las notables condiciones acústicas del local.

El “Licenciado Cantinas” volvió a hacerse presente con su primer sencillo, “Odiame”, un tema de origen peruano que ha despertado cierta polémica en los foros de Internet debido a su supuesto alejamiento del “estilo” de Bunbury (como si él tuviera uno solo), pero que fue inmensamente celebrado por la audiencia del Gibson, como lo fue en realidad todo lo que presentó el español.

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El mismo álbum tomó un descanso hasta la recta final del espectáculo, cuando retornó con la impronta profundamente norteña de “Animas, que no amanezca”, una canción que, en palabras del mismo vocalista, “escuchamos por primera vez en el México profundo”.

Por supuesto, nada de lo que Bunbury interpreta viene en su empaque original; todo se somete a su filtro personal, en el que se detectan fuertes huellas de cabaret, R&B, aires vaqueros, boleros y rock clásico. Los fans estuvieron particularmente felices con la inesperada rendición de “Big-Bang”, una pieza de su primer disco, “Radical sonora” (1997), aunque en vez de mantener el estilo eminentemente ‘electro’ de la grabación, ésta llegó marcada por el funk y el poderoso wah-wah de las guitarras.

Con su peculiar atuendo y la inevitable llegada del sombrero, el zaragozano da siempre cuenta de una devoción por el ‘western’ que, como se ha dicho más arriba, se plasma también de manera generosa en la música que crea; pero lo cierto es que su actitud entera -que algunos confunden con arrogancia- es la que le corresponde a una verdadera estrella del rock, desde la entonación grandilocuente de su canto hasta sus movimientos y sus poses en el escenario.

Pese a la falta total de escenografía y a la ausencia de las pantallas gigantes que se encuentran casi siempre en el Gibson, Bunbury parecía estar decidido a probarle a los asistentes que se encontraban ante alguien realmente importante; y la verdad es que nadie salió con dudas al respecto.

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En comparación, lo de Zoé fue mucho más discreto, casi tímido, desde el momento en el que se trata de una banda a la que le gusta tocar con luces bajas e intensas y cuyos integrantes no se entregan demasiado al movimiento. En ese sentido, su desenvolvimiento escénico resultó mucho menos intenso que el de su sucesor en las tablas; pero eso no le quitó validez alguna a una propuesta musical que ha ido cuajando más y más con el paso del tiempo, y que a pesar de sus coqueteos con las melodías comerciales (lo que explica de algún modo los dos Grammy Latinos que acaba de recibir), posee una incuestionable tendencia ‘indie’.

A primera vista, Zoé parece ser una banda de rock convencional, con canciones decentes pero sin mayores asomos de virtuosismo. Sin embargo, en el Gibson, el quinteto -que llegó con un músico invitado- demostró que la eficacia de su propuesta se encuentra en la suma de sus partes, y sorprendió gratamente al reforzar su aspecto psicodélico con dos juegos de sintetizadores a los que les sacó completamente el jugo. Estos le permitieron embarcarse en unos interludios instrumentales de tinte astral que fueron muy bien de la mano con las letras del cantante León Larregui, un declarado fanático de la ciencia-ficción.

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Se podría decir que el mismo Larregui no es un intérprete demasiado versátil; pero, al menos para nosotros, la austera melancolía de su voz acompaña perfectamente las simples y enfáticas líneas de bajo de Angel Mosqueda, dando como resultado una mezcla que nos remitió ocasionalmente a un improbable encuentro entre Pink Floyd y los Joy Division, sobre todo durante la interpretación del impresionante tema “Reptilectric” (aunque asumiera tonalidades mucho más ligeras -y contemporáneas- durante la presentación de “No me destruyas” y “Sombras”).

Curiosamente, el encuentro más esperado en el escenario nunca se dio, porque Bunbury brilló por su ausencia durante la interpretación de “Nada”. Por suerte, el tema (marcado por las tonalidades del post-punk y un gran riff de guitarra) es lo suficientemente bueno como para defenderse en vivo sin la necesidad de invitado alguno.

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