Entrevista con Marjane Satrapi, directora y guionista de CHICKEN WITH PLUMS
Texto: Sergio Burstein

Antes de dirigir su primera película, “Persepolis” (2007), que fue inmensamente celebrada, Marjane Satapri ya había dejado una fuerte huella en los seguidores de las novelas gráficas serias y de gran nivel con la historieta del mismo nombre, que empleaba detalles de su propia vida para reconstruir de manera realista pero muy amena su infancia en Teherán durante la Revolución Islámica.
La versión fílmica del proyecto se plasmó en dibujos animados, en concordancia con lo que se había apreciado ya en las páginas originales; pero, en “Chicken with Plums”, el segundo filme de la iraní radicada en París, se emplea mayormente la acción real con actores, a pesar de que la base fue también un cómic, publicado en el 2004 en Francia y en el 2006 en los Estados Unidos, e inspirado vagamente en un tío de Satapri para contar los últimos ocho días de vida de un músico irremediablemente marcado por un amor del pasado.
“Chicken with Plums”, que cuenta con la actuación de intérpretes europeos tan notables como Mathieu Amalric, Isabella Rossellini y Maria de Medeiros, se encuentra ya en salas de Nueva York y de Chicago y se estrena este viernes en Los Angeles. Con motivo del lanzamiento local, MANGANZON tuvo el placer de reunirse con Satapri –quien dirigió y escribió el filme al lado de su colaborador Vincent Paronnaud- para conocer detalles de su método de trabajo y las motivaciones que la llevaron a desarrollar esta encantadora cinta de visión obligatoria para cualquier verdadero amante del cine de calidad.
Marjane, ¿te resultó difícil meterte en la acción real después de haber debutado en el cine con un trabajo completamente animado?
No fue realmente complicado; hice “Persepolis” del modo en que la hice porque me pareció que era la manera más adecuada de llevarla a cabo, ya que si bien mantuve siempre la mirada puesta en el desarrollo de los personajes, la historia tenía ya una fuerte impronta proveniente de sus trazos originales. Una vez que la terminé, estuvo claro para mí que no se trataba de una ruta definitiva en mi carrera fílmica, sobre todo porque me encontraba lista para aventurarme en otros terrenos, sobre todo si correspondían a algo que no sabía todavía hacer.
¿Y qué fue lo más difícil ahora? ¿Dirigir a los actores?
Puede ser, aunque en el caso anterior, tuve ya que actuar delante de los animadores para que supieran lo que tenían que hacer. En este filme, tuve la suerte de contar con un reparto que, en medio de todo lo bueno que era, no contó con la presencia de ningún divo, lo que hizo que el proceso resultara muy llevadero. Hablamos mucho, sí, pero no tanto sobre la historia, sino sobre la atmósfera que llevaba, sobre el modo en que los integrantes de la familia representada interactúan. Claro que los tres primeros días fueron un poco atemorizantes, porque tenía frente a mí a Isabella Rosellini, a quien admiro muchísimo y que me impresionó en gran forma; pero ella se comportó de una manera tan amable y tan pegada a la tierra que me hizo sentir siempre de lo más cómoda. De hecho, terminé con la impresión de que es mucho más difícil hacer animación, porque es algo que requiere de innumerables detalles y, sobre todo, de mucho tiempo. Aquí, lo que más hubo es estrés, pero siento que mi cerebro funciona mejor bajo presión, o sea que terminó siendo algo positivo.

Eso es particularmente interesante, porque Nasser-Ali, el protagonista, es acusado por su maestro de no ser realmente un gran músico hasta el momento en que acaba de sufrir un terrible decepción amorosa. ¿Es necesario sufrir para alcanzar el verdadero arte, en tu opinión?
Bueno, yo creo que esta persona iba a sufrir de todos modos, porque eso es parte de su condicionamiento psicológico. No creo que sea necesario sufrir tanto, pero, al mismo tiempo, cuando me levanto en medio de un día soleado, me miro al espejo y me siento preciosa, no me meto en mi estudio a trabajar, sino que llamo a mis amigas para tomarme unos mojitos y disfrutar de la vida [risas]. Tengo que sentir cierta acidez en el estómago, llevar alguna amargura encima y experimentar insatisfacción para querer hacer algo creativo. Debes atravesar algún tipo de situación incómoda para querer expresar algo llamativo.
¿Cómo dividiste las labores con tu co-director, Vincent Paronnaud, con el que hiciste también “Persepolis”?
Preparamos todo por adelantado, actuando ante nosotros mismos, elaborando la historia y creando un storyboard. Llegamos al rodaje muy preparados, pero una vez allí, con el fin de ser prácticos, decidimos que él iba a trabajar con el director de fotografía y yo con los actores. De todos modos, como ya teníamos las cosas muy claras, sabíamos lo que queríamos obtener en los dos frentes, y nos dimos además la posibilidad de intervenir en el trabajo del otro cada vez que lo quisiéramos. Si había un desacuerdo, lo discutíamos, aunque de manera muy privada.
La película tiene un trasfondo muy trágico, pero también varios momentos cómicos, como una escena que yo encuentro hilarante, en la que se muestra el futuro del hijo de Nasser-Ali cuando se muda a Estados Unidos y se convierte en un tipo completamente alienado. ¿Has recibido comentarios negativos por parte de algunas personas de este país?
¿Por qué? ¡Si es la verdad! [risas]. No; a todo el mundo le ha gustado. Los ha hecho reír. Lo bueno de los americanos es que son capaces de burlarse de sí mismos. He visto cosas [similares a las que se muestran en esa escena] muchas veces en este país, como chinos obesos, cuando los chinos no son obesos en ninguna otra parte del mundo. Como dices, la película es muy dramática y muy cómica a la vez, pero la vida es justamente así; nunca tenemos la felicidad total ni la tristeza total. La vida está hecha de momentos; en medio de un momento doloroso pasa algo gracioso y todo el mundo se ríe. Cada vez que yo misma me enfrento a una situación demasiada dramática, me siento obligada a agregar algo humorístico para aligerar la situación.
“Persepolis” era muy autobiográfica y tenía implicancias muy políticas sobre Irán, mientras que esta cinta es mucho menos controvertida por ese lado. De todos modos, se desarrolla en el país donde creciste, que continúa en el ojo mundial de la tormenta. ¿Qué esperas que la audiencia de aquí saque de ella?
El eslogan más importante que se puede sacar de esto es que trata sobre un hombre que muere de amor por una mujer. Claro que hay otros detalles, como que se desarrolla en los ’50, sucede tras un golpe de estado y el nombre de esa mujer es Irane; hay mensajes ocultos por aquí y por allá, pero en el fondo, lo que quería contar era una historia hermosa de amor. Creo que por ese lado sí es controvertida, porque en el mundo de hoy no hay mucho lugar para la poesía; tratar de destacarla es más arriesgado que hacer política, porque en la actualidad, todo el mundo hace política en todos lados.

¿Pero cómo te sientes ante una situación real que no parece solucionarse, y en la que han intervenido muchos fanáticos?
Hay fanáticos en todos lados, incluyendo a los Estados Unidos. He estado muy cerca de la política, y estoy asqueada de ella; la poca fe que tenía en los seres humanos se ha perdido por andar cerca de estos políticos. Hoy en día, quiero celebrar la poesía, el amor y la belleza; me encanta cuando la gente me dice que no sabía que un hombre podía amar tanto a una mujer en Irán. En ese momento, mi personaje deja de ser una idea abstracta para transformarse en un ser humano, y eso es lo más importante para mí.
Y, en tu película, la poesía se expresa muchas veces de manera visual, porque las imágenes que se ven son impresionantes.
Hicimos mucha investigación, dibujamos mucho; pero lo más importante es que tienes que tener al mejor diseñador de producción que sea posible, y tuvimos justamente a uno así. Tienes además que interesarte en todo, desde el color de los puentes que muestras hasta la texturas de las cortinas. Me encanta trabajar en los detalles, y espero que eso se note en la pantalla.













