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May
19

Reseña de los ROLLING STONES en el Honda Center de Anaheim

Escrito por Sergio Burstein

Texto y fotos: Sergio Burstein

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“No puedes tener todo lo que quieres”, dice el coro de una de las canciones más populares de los Rolling Stones. Y aunque la frasecita funciona perfectamente como advertencia de vida, lo que el legendario grupo británico ofreció ayer en el Honda Center de Anaheim fue indudablemente capaz de darle a muchos de sus fans todo lo que querían, al menos en esos momentos.

Más de 50 años después de su fundación, este emblema musical sigue despertando unos furores que están sorprendiendo incluso a los más devotos. Durante las últimas semanas, el grupo ha estado radicado en Los Angeles, lo que le ha permitido ensayar en un estudio de Burbank cuyos alrededores, según reportes, han sido testigos de ataques de histeria y de admiradores sudorosos que han perseguido los autos encubiertos de Mick y de Keith. Además, el de ayer fue el tercero de los cuatro conciertos masivos en el Sur de California que concluyen este lunes en el Staples.

El entusiasmo, que se vivió todo el tiempo durante el sábado en el Honda, no le correspondió sólo a la audiencia veterana de rigor, ya que se pudo ver a una cantidad impresionante de jóvenes que iban por cuenta propia, lo que llama la atención cuando se sabe que el elevado precio de las entradas para estas presentaciones (algunas llegaron a los 600 dólares) desató un pequeño escándalo entre los que piensan que los maduros rockeros han traicionado sus supuestas bases proletarias. Pero el rumor de que ésta será la última gira, así como el hecho incontestable de que los músicos podrían haberse retirado hace décadas, parece haber justificado la opinión general de que los Stones se lo merecen todo.

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Es que verlos sobre el escenario haciendo lo suyo sigue siendo una experiencia memorable y, para cualquiera que respete mínimamente la historia del rock’n’roll, altamente emotiva. Es imposible enfrentarse a ellos sin pensar en sus edades (el promedio es de casi 70 años) y sin estar a la expectativa de si serán capaces de dar lo que se espera; pero también sin sentir que, tras todos estos años (dependiendo de la edad que se tenga, claro), tanto ellos como sus canciones forman parte de la familia.

Por ese lado, el que sigue llevando la batuta es el cantante Mick Jagger; y no sólo llevándola, sino también brincándola, gritándola y paseándola por todos los rincones del escenario. En una reciente entrevista con la revista Rolling Stone, el baterista Charlie Watts dijo que, “tras las muertes de James Brown y de Michael Jackson, Mick es el mejor ‘frontman’ que existe”; y es probable que tenga razón, porque el hombre, que exhibió el mismo aspecto extremadamente delgado pero saludable de siempre, actuó permanentemente con una energía tal que, visto desde el ángulo y de la distancia correctos (la madurez es más que evidente en su rostro),  pasaba como un veinteañero.

Además, digan lo que digan sus detractores, Jagger es también un excelente cantante de blues y de rock, con unas virtudes vocales que no se han visto demasiado afectadas por el paso de la vida. El asunto aquí es que, fuera de él, no hay nadie más en la formación estable de los Stones que le haga ni siquiera de cerca la competencia en términos escénicos; como es de esperarse, Watts permanece impasible tras su ‘kit’ (es el mayor, con 71 años), y si bien Ron Wood fue animándose considerablemente con el paso de los minutos, Keith Richards (el otro guitarrista, por llamarlo de algún modo) es el que lleva la huella del tiempo más claramente  marcada, lo que no le impidió ser el más aplaudido durante el momento en el que Jagger presentó a sus compañeros.

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Es que todos ustedes saben (o deberían saber) que Richards ha compuesto la mayoría de éxitos de los Stones al lado de Jagger y que ha sido el proveedor habitual de sus mejores riffs, lo que no puede ser un mérito menor, como lo probó en el Honda un ‘set list’ absolutamente excitante, formado por una larga serie de canciones esenciales en la historia de la música moderna y por dos piezas nuevas, “Doom and Gloom” (muy apreciable) y “One More Shot”. Desde el inicio con “Get Off of My Cloud” hasta el infaltable cierre con “(I Can’t Get No) Satisfaction”, lo que se escuchó aquí fue un auténtico desfile de placeres.

Aunque, en términos generales, la selección y el orden de las piezas se han mantenido estables a lo largo de la gira estadounidense, cada actuación ha tenido uno que otro cambio significativo, con adiciones destinadas a un invitado especial. En este caso, la inclusión fue “Bitch”, un corte naturalmente animado que, con la suma de Dave Grohl en la guitarra y en la segunda voz, se escuchó sumamente poderoso. Es cierto que hemos estado viendo al líder de los Foo Fighters hasta en la sopa (la última vez fue hace sólo semanas, durante la ceremonia del Salón de la Fama del Rock), pero también es cierto que, donde pone la mano, Grohl pone la cuota de rock’n’roll duro, lo que constituye siempre un detalle bienvenido.

En realidad, la velada estuvo llena de instantes inolvidables, y le dio a cada músico su momento particular de lucimiento; si el solo del bajista Darryl Jones no convenció demasiado, el tecladista Chuck Leavell impresionó realmente con lo que hizo en “Honky Tonk Woman”, una desenfadada oda prostibularia que encontró a Jagger recorriendo la pasarela que se había erigido alrededor del estrado como si fuera un atleta entrenándose para una maratón. Por si esto no fuera suficiente, la misma interpretación (que fue una de las mejores de la noche) le dio por su lado a Richards la oportunidad de hacer un inspiradísimo solo (es decir, un acto no del todo habitual en él, que suele limitarse a la rítmica).

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Después le tocó el turno a ese infaltable segmento en el que el mismo Richards canta sin la presencia del vocalista oficial; se dice que muchos aprovechan el momento para ir al baño, pero valía la pena quedarse para escucharlo entonar con sinceridad (y mejor tono del esperado) la optimista letra de “Happy”. Además, su labor sirvió como antesala para la entrada triunfal de Mick Taylor, el ex guitarrista de los Stones (entre 1969 y 1974) que ha estado participando en la gira como invitado.

Apenas puso sus pies sobre la tarima, con aspecto feliz y elegante, Jones le dio una renovada vitalidad al sonido de la banda, y sus solos -que asumieron a veces inflexiones de lo más ‘heavy’- encendieron el ambiente por completo, dando pie a una larga interpretación de “Midnight Rambler” que se inició con Jagger en la armónica y que desembocó en una de esas monstruosas sesiones de ‘jammin’” que sólo los grandes pueden producir.

En el lado anecdótico, mientras tocaban “Miss You”, Richards y Wood recibieron por parte de unas damas de la audiencia dos prendas íntimas que colgaron de inmediato en el mástil de sus guitarras; pero curiosamente, tras pasearse un buen rato con el adorno a cuestas, el primero se vio obligado a entregarle el tentador trofeo a un guardia de seguridad, lo que demuestra que ni siquiera el viejo zorro puede hacer lo que quiera durante una actividad pública (y potencialmente familiar).

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Después de eso, sólo quedaba disfrutar la sucesión de clásicos, como “Start Me Up”, “Tumbling Dice” y “Brown Sugar”, que encontraron ya a los músicos completamente entregados y circulando generosamente por la rampa; esperar unos segundos para que Jagger se pusiera encima un extravagante traje de plumas que empleó para la magnífica rendición de “Sympathy for the Devil”; apreciar con inmenso agrado una versión de la  citada “You Can’t Always Get What You Want” que se efectuó con la asistencia del Coro de Cámara Thornton de la USC; y someterse a un cierre de tendencia ‘garajera’ con las infaltables “Jumpin’ Jack Flash’ y “Satisfaction”.

Es probable que, debido a lo costoso de los boletos, muchos esperaran una producción espectacular, cuando lo cierto es que, más allá de la rampa y del aparatoso diseño de la tradicional boca que colgaba del escenario, el plano escenográfico fue sumamente sencillo. Pero nosotros no nos quejamos, porque, en el fondo, esto logró que viéramos a los Stones de un modo natural y cercano, casi como si se tratara de la mejor banda de bar que hayamos apreciado.

Fuera de la intervención de dos coristas y de las secciones con más invitados que hemos descrito arriba, el asunto tuvo un aire íntimo con el que se probó que estos tipos no son necesariamente unos músicos virtuosos, pero sí unas leyendas vivientes que, después de tantas y tantas décadas, siguen siendo capaces de deleitarnos con su inconfundible e irremplazable estilo de rock’n’roll entretenido, básico, guitarrero y desenfadado.

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