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Feb
04

DAVID BOWIE era mucho más que “Let's Dance” y “Labyrinth” (y te demostramos porqué)

Escrito por Sergio Burstein

Bowie 2

Para los fans de David Bowie, la muerte del legendario músico británico no es algo que se pueda olvidar fácilmente, por lo que, casi un mes después de la tragedia, el pesar no cesa y los homenajes siguen a la orden del día. Pero lo que no debe parar es la apreciación de su música, que tendría que ser coleccionada religiosamente, en ediciones de vinilo si es posible, pero que se puede acceder sin problema alguno y con abundancia en fuentes gratuitas como YouTube.

Cuando desaparecen figuras de este calibre, las redes sociales se llenan de discusiones estériles que parten, básicamente, de quienes se declaran fans “auténticos” y despotrican de los advenedizos que se atreven a lamentar lo ocurrido pese a haber conocido la carrera del fallecido de manera extremadamente superficial. Hay casos que realmente disgustan, claro, como el de una usuaria que puso que nunca se olvidaría de “el intérprete de ‘Dancing With Myself’ ” (suponemos que se refería a “Dancing in the Streets”, el dúo con Mick Jagger, aunque siempre hay la posibilidad de que se trate de una conocedora realmente exhaustiva que sabe algo que nadie más sabe, dichosa ella).

En realidad, lo que habría que hacer es tratar de transmitirle a quien se interese en saberlo que Bowie puede ser apreciado sin culpa alguna a través de éxitos radiales como el señalado, así como “Let's Dance”, “China Girl” y “Under Pressure”, pero que si se es un oyente mínimamente aventurero, es necesario abrir los oídos y el espíritu a un repertorio que es muchísimo más extenso y fascinante de lo que podría indicar su modalidad más comercial.

Nosotros seguimos teniendo en la cumbre a “Space Oddity”, una alucinada y psicodélica pieza sobre un astronauta perdido que fue lo más destacado de su segundo álbum, editado en 1969; pero somos plenamente conscientes de que su mejor etapa es la que se dio con Spiders of Mars, la extraordinaria formación rocanrolera que lo encontró bajo el disfraz de su personaje más notable, el intencionalmente andrógino Ziggy Stardust (en esa época, Bowie se declaró bisexual), y que produjo joyas sonoras del nivel de “Starman”, “Moonage Daydream”, “Suffragette City” y “Rock’n’roll Suicide”.

Sin embargo, en consonancia con ese carácter camaleónico que tanto lo distinguió, Bowie se deshizo sin previo aviso -y con una evidente falta de consideración, hay que decirlo- de esa agrupación para conseguir instrumentistas nuevos, mudarse a Berlín e incursionar en la electrónica de la mano del legendario productor Brian Eno en “Low” (1997); en ese sentido, si se quiere apreciar la amplitud de su creatividad, hay que escuchar “Warszawa”, una composición casi instrumental que es realmente hermosa y provoca una honda melancolía.

Lo recién dicho fue la antesala de la etapa ‘mainstream' por todos conocida, que lo encontró con un ‘look’ nuevo (tipo cantante de ‘soul’) mientras se transformaba en un ídolo de pop rock que llenaba estadios; y más adelante, tras cumplir también con esta etapa, empezó a combinar elementos de sus distintas fases para darle vida a unos álbumes irregulares pero ocasionalmente brillantes (el “Heathen” del 2002 es buenísimo), y hasta para convertirse en una suerte de precursor del rock alternativo de los ‘90 con su incomprendido pero impactante cuarteto Tin Machine.

En medio esta incansable carrera musical, el músico que alguna vez dijo que no le gustaban las drogas que “lo ponían lento” (explicando con ello su adicción a la cocaína en los ‘70, sobre todo durante su estancia en L.A.) desarrolló también una llamativa filmografía como actor; y si bien su título más conocido hasta la fecha sigue siendo la fantasía familiar “Labyrinth” (1986), donde hizo del inolvidable Rey de los Duendes al lado de una Jennifer Connelly adolescente, preferiremos siempre su debut en la pantalla, “The Man Who Fell to Earth” (1976), una imperfecta pero alucinante obra de ciencia-ficción para adultos que lo tenía en un papel apropiadísimo (el de un extraterrestre varado en la Tierra, mucho antes que el E.T. de Spielberg), y cuyo legado llega hasta “Lazarus”, el musical escénico de Nueva York para el que compuso nuevos temas y que supervisó directamente hasta los días anteriores a su muerte, marcados también por el lanzamiento de dos videos de intensa expresividad visual (correspondientes a los temas “Blackstar” y “Lazarus”).

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A mediados de los 2000, Bowie se retiró súbitamente de los escenarios, luego de sufrir un ataque al corazón en pleno escenario; hubo que esperar hasta el 2013 para que rompiera un silencio discográfico de diez años con “The Next Day”, lograda placa que presentó el mismo día de su cumpleaños número 66. Pero impresionó todavía más con ★ (“Blackstar”), una impresionante obra maestra de instrumentación jazzera pero de posibilidades infinitas que se lanzó durante su cumpleaños número 69, dos días antes de su muerte; la brutal letra del tema “Lazarus” (“Mira arriba, estoy en el cielo/Tengo cicatrices que no se pueden ver/Tengo drama, no puedo ser robado/Todo el mundo me conoce ahora”) anunciaba lo que muy pocos sabían: el maestro estaba agonizando tras una lucha de 18 meses contra un cáncer, aparentemente de hígado. Ahora, nos toca mantenerlo con vida.

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