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Feb
13

Algunas consideraciones personales sobre el GRAMMY 2017 (y no todas son quejas)

Escrito por Sergio Burstein

Metallica y Lady Gaga

Como me lo recordó esta noche un amigo -por si yo no lo tenía ya bien claro-, el Grammy es un evento orientado a celebrar la música comercial, y no se le pueden pedir milagros si es que se tiene una perspectiva distinta de las cosas; pero sus organizadores podrían por lo menos hacer la tarea de mejor modo para no caer en faltas clamorosas de respeto.

Para nosotros, que lloramos hace poco la muerte de John Wetton y que, meses atrás, hicimos lo mismo con la de Greg Lake, haber escuchado un fragmento de la canción “Lucky Man” de Emerson, Lake and Palmer mientras se mostraba al primero en el segmento In Memoriam fue la mejor prueba de un error que probablemente pocos notaron, pero que no es un detalle menor para una organización que se precia de contar con un gran prestigio y que tiene sin duda alcance mundial; además, de una manera u otra, se trata de un golpe bajo adicional para el rock progresivo, que ha sido sistemáticamente menospreciado por esta institución.

Claro que, si se trata de quejas, hay probablemente otras personas que tienen ahora mismo motivos mayores para el descontento, empezando por dos agrupaciones que jugaron un rol esencial en la historia del metal: Megadeth y Metallica. En el primer caso, el que debe estar todavía furioso (pero lo ocultó muy bien en el podio de la ceremonia no televisada y en la sala de prensa a la que asistí) es el vocalista y guitarrista Dave Mustaine, quien tuvo que acudir a recibir su premio mientras sonaban las notas de “Master of Puppets”, que como todos ustedes saben, por supuesto, es una canción de Metallica, es decir, el combo que lo expulsó de su formación hace mucho tiempo, desatando con ello una rivalidad histórica y no del todo resuelta.

Megadeth Grammy

Es probable que Mustaine no haya estado tan ofendido porque, a fin de cuentas, se encontraba recibiendo el primer gramófono de su carrera tras 12 nominaciones infructuosas. En todo caso, el que sí estuvo visiblemente molesto horas después fue James Hetfield, vocalista y guitarrista rítmico de Metallica, cuyo micrófono se negó a funcionar durante la presentación ya de por sí complicada de su agrupación al lado de la muy ‘popera’ Lady Gaga para encargarse de “Moth Into Flame”.

Al final de la interpretación, que para los antiguos fans de los precursores del ‘thrash metal’ lucía de antemano como una herejía, Hetfield pateó el pedestal del aparato, luego de que Gaga luciera un disforzadísimo ‘look’ de metalera, se sacudiera por todos lados como si se tratara de una ‘headbanger’ de programa cómico y practicara un desconcertante ‘stage dive’. Estamos seguros de que los ‘haters’ rieron a mandíbula batiente ante lo sucedido; y poco después, empezaron a circular por la red los infaltables ‘memes’, donde se le adjudicaba a Mustaine la implementación de este problema técnico.

Si le importa esto a alguien, yo no me reí, pero sí me espanté ante una mezcla que no debió darse nunca; a fin de cuentas, parece claro que cada vez que Metallica nos da cierta esperanza (no me desagrada el álbum “Hardwired... to Self- Destruct"), devuelve el voto de confianza con una puñalada artera. Y eso que estoy probablemente entre las cinco personas que no repudiaron la colaboración con Lou Reed, simple y llanamente porque se trataba de Lou Reed (y no de Lady Gaga, maldita sea).

En realidad, si no se es fan de Beyoncé, que parece ser la dueña de este circo, resulta difícil someterse al Grammy; y aunque la que viene dominando últimamente el evento es Adele, que hace una música mucho más digna, la misma inglesa se dedicó en esta ocasión a rendirle una injustificada pleitesía a la esposa de Jay Z, hasta el punto de terminar cayéndome de lo más pesada, pese a que le sacó lustre a su impresionante garganta al entonar una llamativa versión de su ‘hit’ “Hello”, que es una pieza de lo más respetable.

El problema aquí no es solo que, debido a cuestiones de trabajo, estoy obligado a asistir a la ceremonia, sino que el Grammy cuenta con un altísimo nivel de producción escénica (cuando no le fallan los micrófonos, claro) y tiene siempre algo que interesante que ofrecer en medio de sus actos abiertamente plásticos y de su cuestionable entrega de trofeos (¿Chance the Rapper y Twenty One Pilots en medio de las merecidísimas victorias póstumas de David Bowie, a quien ignoraron en vida? ¿Qué debemos hacer con eso?).

Por ese lado, fue cuando menos interesante ver a Bruno Mars asumiendo el rol de Prince, con solo de guitarra incluido, durante una vigorosa interpretación de “Let’s Go Crazy” que le permitió demostrar que, pese a estar metido de cabeza en el ‘mainstream’, es un tipo realmente talentoso; resultó incluso mejor observar el dúo entre la leyenda del blues William Bell y el fantástico guitarrista contemporáneo Gary Clark Jr.; y no decepcionó tampoco que A Tribe Called Quest sacara a relucir sus credenciales raperas de la vieja escuela para insultar a Trump y derrumbar un muro que aludía directamente a una de las fantasías más demenciales del lunático que ocupa ahora la Casa Blanca, lo que significa, por supuesto, que se respiró un aire bastante liberal.

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