Reseña de “J. EDGAR”
Texto: Sergio Burstein

Hacer una película sobre un personaje tan polémico con J. Edgar Hoover no puede ser una tarea fácil, aunque se encuentre sin duda facilitada por la distancia temporal (el sujeto real murió hace 40 años). Hasta el día de hoy, el fundador del FBI es visto por sus acólitos como un héroe de la cultura policíaca estadounidense y del aparato de seguridad nacional, mientras que sus detractores lo catalogan, en el mejor de los casos, como un administrador que abusó de sus atribuciones, y en el peor, como el orquestador principal de ataques encubiertos a líderes civiles y hasta al presidente Kennedy.
En una época como la nuestra, descubrir las verdades ocultas tras una persona pública no puede ser tan complicado; pero hay que recordar que Hoover se encontró en el cargo desde 1935 hasta 1972, es decir, durante una época en la que no existían los iPhones, los Wikileaks ni la Internet. Esta circunstancia le permitió actuar aparentemente con una impunidad ideal para quienes compartían sus ideas políticas, y completamente perniciosa para quienes se encontraban al otro lado de la vereda.
En ese sentido, los espectadores que no tengan idea alguna sobre la Historia -y nos tememos que son muchos- se enterarán inmediatamente del lado en el que se encontraba Hoover, porque antes de que se presente acción alguna, "J. Edgar" le brinda espacio a un monólogo suyo en el que deja muy en claro lo que piensa: “El comunismo no es una filosofía política, es una enfermedad que ataca hasta al ser humano más bueno”.
El dogmatismo de la declaración debería ser visto como el indicio de una personalidad obsesiva y trastornada, y de hecho, mucho de lo que se muestra posteriormente sobre la pantalla refuerza esta impresión. Pero el asunto aquí no resulta tan claro, porque en las primeras escenas de la película, se presenta a un joven Hoover que reacciona con horror ante un par de atentados terroristas que se llevaron realmente a cabo en 1919, y que según fuentes históricas, fueron perpetrados por radicales anarquistas; en la cinta, sin embargo, no se revela el origen de los ataques, lo que genera confusión en el espectador y, además, se convierte en una excusa perfecta para la actitud futura del personaje.
Pero antes de que los progresistas pongan el grito en el cielo y acusen a Clint Eastwood (director del filme) de ser “un viejo zorro reaccionario” o algo por el estilo, debemos decir que, fuera de este inicio ciertamente ambiguo, el ambicioso guión de Dustin Lance Black (“Milk”) no deja realmente muchas piedras sin remover, lo que significa que Hoover no es tratado con reverencia ni sin cuestionamientos. [Lee aquí los detalles de la conferencia de prensa de "J. Edgar", con las declaraciones completas de Eastwood, Lance Black y DiCaprio]
Empleando una estrategia no lineal que lo lleva a saltar y a regresar permanentemente en el tiempo, el relato da cuenta del ímpetu de una figura histórica que perdió rápidamente contacto con los cambios sociales que su país pedía a gritos, pero que para él eran simple y llanamente conspiraciones subversivas que se manejaban desde la Unión Soviética. Aunque puede generar inicialmente cierta admiración debido a su dedicación completa al trabajo y a lo que él consideraba que era lo mejor para su país, el Hoover de Eastwood y de Lance Black es un sujeto paranoico, intolerante, más aterrador que carismático y, además de todo, un homosexual en el clóset, que quiere pero no puede meterse en la cama con su asistente principal Clyde Tolson (interpretado por Armie Hammer, quien hiciera de los hermanos gemelos en “The Social Network”).
Esto último no es visto como un defecto, por supuesto, ya que si bien muchos pueden considerar todavía a Eastwood como un tipo conservador que se hizo conocido por sus papeles ultra machistas de vaquero y de policía, es necesario recordar que uno de sus proyectos más recientes fue “Invictus” -una carta fílmica de aprecio por el líder negro Nelson Mandela-, mientras que Lance Black es un reconocido activista ‘gay’.
A no ser que se quieran discutir las virtudes y los defectos del maquillaje que los tres protagonistas llevan encima al encarnar a sus personajes cuando son viejos (el de DiCaprio nos parece excelente y el de Hammer desastroso), las alusiones a la sexualidad de Hoover son el aspecto más controvertido de la película, del mismo modo en que lo han sido para todos aquellos que han querido contar previamente su historia de manera seria.
En este caso, el guionista parece encontrarse convencido de que Hoover fue realmente ‘gay’, y que haber tenido que reprimir su verdadera identidad fue una de las causas de su inestabilidad, lo que tiende un puente de simpatía hacia el espectador que se encuentra ausente en muchas otras áreas del filme (aunque el temprano intento de seducción que intenta con su secretaria Helen Gandy -representada por Naomi Watts- resulta también conmovedor).
Por ese lado, en medio de su enorme complejidad y de sus incuestionables demandas, la loable caracterización de Leonardo DiCaprio luce un tanto forzada, a veces caricaturesca, aunque esta impresión no se debe probablemente a un error de interpretación ni de dirección, sino a nuestra propia costumbre de ver a personajes modernos menos afectados (a fin de cuentas, además de ser un icono del conservadurismo y de haber vivido con su madre hasta los 40 años, Hoover creció a inicios del siglo pasado).
Por supuesto, ésta no es una obra de Oliver Stone, por lo que no debe esperarse un retrato despiadado y mordaz sobre el personaje. En medio de sus innumerables manías y restricciones, el Hoover de esta ficción puede ser visto todavía por algunos como un caballero íntegro, patriota, elegante y hasta conquistador, aunque eso sería probablemente ignorar las numerosas pistas que se ofrecen sobre sus intrigas personales y sus actividades ilícitas.
Y como ésta no es una película de Stone sino de Eastwood, nos enfrentamos a un desarrollo narrativo sobrio y a una factura visual impresionante, lo que tiene como consecuencia un estilo de cine clásico que, además de resultar completamente pertinente para el tema y para el periodo tratados, se puede disfrutar sin ningún tipo de prejuicios.


















