Reseñas de cine

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Mar
16

Reseña de CASA DE MI PADRE

Escrito por Sergio Burstein

Texto: Sergio Burstein

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En teoría, “Casa de mi padre” debería tener garantizado el éxito, ya que es la nueva comedia del infalible Will Ferrell. Pero es también una cinta absolutamente atípica en su carrera y, probablemente, en la de cualquier actor hollywoodense de origen anglosajón, empezando por el hecho de lo que encuentra hablando permanentemente un idioma que en realidad sabe muy poco: el español (él mismo lo confesó en una entrevista que le hicimos recientemente y que pueden leer aquí).

En otras palabras, el ‘gringo’ que quiera ver la película se verá forzado a leer subtítulos durante 84 minutos, una labor que espantará definitivamente a muchos, incluyendo a los conservadores radicales que se nieguen a pagar para ver una historia que se desarrolla en México (aunque se filmó en California), cuyos personajes son casi todos de allá (aunque varios de quienes los interpretan nacieron acá) y que cuestiona severamente las políticas discriminatorias del ‘gabacho’ (aunque se ríe también de los innumerables clichés latinoamericanos).

Además, aunque los trabajos de Ferrell  no suelen tener despliegues espectaculares de producción (estamos pensando en sus títulos más efectivos, como “Step Brothers” y “Anchorman”), este nuevo filme es intencionalmente barato, con un aspecto de serie B que desconcertará a otros sectores, y que se apoya profusamente en el uso de decorados de cartón, errores de continuidad, movimientos de cámara truncados y hasta un sorprendente 'animatronic'.

Por supuesto, no se trata de que Ferrell haya decidido ponerse súbitamente a las órdenes de unos cineastas tercermundistas sin recursos; de hecho, el guionista Andrew Steele y el director Matt Piedmont (ambos muy blancos y muy estadounidenses) decidieron hacerlo así para rendirle un burlón tributo a las telenovelas, al cine mexicanos de los 60 y al ‘spaghetti western’. No sabemos si la gran audiencia entenderá esta broma esencial, pero se trata para nosotros de una película que, en primer lugar, merece ser vista debido a su apasionado sentido del riesgo, que no resulta evidente si uno se fija sólo en su argumento (es decir, la historia de un ranchero mexicano -Ferrell- que se enamora de una guapa mujer -Génesis Rodríguez- que es la vez la novia de su hermano -Diego Luna-, quien se encuentra metido en negocios turbios que lo relacionan con el peligroso mafioso “Onza” -Gael García Bernal-).

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Tampoco estamos seguros de que los ‘anglos’ lleguen a entender las demás bromas, que requieren muchas veces de un conocimiento cultural específico y que llaman todavía más la atención debido a que fueron creadas por un ‘americano’ (quien contó sin duda con asesores latinos). Para probarlo, basta un ejemplo: durante la escena en la que el personaje interpretado por Génesis Rodríguez se casa, el marco musical es brindado por “El Puma”, un cantante que será reconocido solamente de manera amplia por los hispanos, y que es además el padre de esta actriz venezolana.

“Casa de mi padre” posee innumerables detalles similares para el espectador versado en estas lides, y es probable que el hecho le sirva al mismo para reír con muchas más ganas que el que las desconoce, aunque la audiencia más amplia no se encuentra necesariamente abandonada, como lo prueban tanto el uso de Ferrell como la vibrante interpretación del tema original (completamente en español) por parte de la popular Christina Aguilera. Pero esto no le asegura tampoco el aplauso incondicional de nuestra comunidad, porque, en el fondo, se trata de una “película de arte estadounidense en español”, como ha comentado ya alguien por ahí.

Y es que, para ponernos académicos, es una de las producciones fílmicas con mayor empleo del metalenguaje que hayamos visto, no sólo porque alude a los géneros fílmicos y televisivos que mencionamos arriba, sino porque, como nos lo contó Diego Luna en esta entrevista, crea a “personajes dentro de los personajes”, en el sentido de que lleva a su reparto a ponerse en la piel de actores malísimos y grandilocuentes para ofrecer una clave de interpretación basada en el estilo del melodrama.

Por ese lado, uno no puede dejar de maravillarse ante la manera en la que Ferrell asume el reto; verlo hablando (¡y cantando!) en nuestro idioma con tanta pasión, seriedad y convicción durante las primeras escenas fue suficiente para despertar nuestras más sinceras carcajadas. Pero tampoco puede ignorarse el desempeño de Luna y de García Bernal (es decir, la célebre pareja de “Y tu mamá también”), quienes además de dejar en claro que disfrutaron enormemente del rodaje, se valieron de sus experiencias iniciales en la ‘caja boba’ y de sus propios talentos como comediantes para construir a unos ‘narcos’ que, en medio de sus profundos estereotipos (el de Gael fuma dos cigarros a la vez; el de Diego emplea un acento muy forzado), resultan de lo más entretenidos y convincentes.

CP3¿Y cómo olvidar la presencia del legendario Pedro Armendáriz Jr., quien hace del padre de Ferrell y de Luna, y que interpretó aquí el último papel de su prolífica vida con una encomiable dignidad?

Claro que un truco así (los lugareños lo llaman ‘gimmick’) podría gastarse rápidamente, por lo que los cineastas le agregan un trasfondo narrativo que parte de una trama que algunos podrían cuestionar (la implementación de ‘otra’ historia sobre narcotraficantes mexicanos, después de “El Infierno”, “Salvando al soldado Pérez” y “Mis Bala”), pero que además de ser novedosa por el simple hecho de que es una creación estadounidense, les sirve para introducir numerosos comentarios sobre la responsabilidad del consumidor de este lado de la frontera en el problema de las drogas (e incluso para cuestionar a la muy cuestionable DEA, a través de un personaje arrogante y corrupto que es interpretado brillantemente por Nick Offerman).

Como toda película arriesgada y novedosa, “Casa de mi padre” tiene imperfecciones que van más allá de las intencionales. Aunque uno sea latino, no todas las bromas resultan efectivas y comprensibles, y hay momentos en los que no se entiende si lo que se está viendo pretende ser gracioso, alucinógeno o reflexivo, lo que hace a veces sentir que, a pesar de su brevedad, el filme es una suerte de ‘sketch’ extendido (lo que tiene sentido cuando se sabe que tanto Steele como Piedmont provienen de las filas del irreverente programa “Saturday Night Live”).

Además, el clímax -que depende demasiado de “Scarface”, sin dejar de lado los toques latinos- podría haber sido más original. Pero no nos cabe la menor duda de que se trata de una cinta valiosa a la que hay que respaldar, aunque la incertidumbre ante la eficacia de su propuesta haya hecho que no se estrene de manera masiva, por lo que habrá que desplazarse un poco para apreciarla si no se vive en los barrios donde la exhiben (que, de todos modos, son muchos, al menos en el Sur de California).

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