Reseña de ATTENBERG
Texto: Sergio Burstein

En una entrevista publicada el año pasado por el LA Weekly, la directora Athina Rachel Tsangari dijo odiar el hecho de que la gente hable ahora del “nuevo cine griego”, como si se tratara de un producto homogéneo e indistinguible. Para ser sinceros, no hemos visto muchas producciones fílmicas provenientes de su país en los últimos tiempos, por lo que no sabemos si su descontento es completamente justificable; pero nos imaginamos que los comentarios externos a los que alude surgieron a partir de “Dogtooth”, una estupenda cinta que, además de haber participado el año antepasado en la nómina de Mejor Película Extranjera (que debió ganar), sorprendió gratamente con su originalidad y su irreverencia.
En todo caso, Tsangari no debería ser tan enfática en sus divisiones, porque lo cierto es que su propia película, “Attenberg” -que se estrena hoy en las salas Laemmle de Los Angeles y Pasadena- comparte más de una similitud con “Dogtooth”, empezando por la presencia como actor de Giorgos Lanthimos, quien dirigiera la celebrada cinta del 2009; siguiendo con su elección como apuesta griega para los Premios de la Academia del 2012 (que no logró); y terminando con la implementación de un estilo igualmente desafiante y mordaz.
De hecho, la primera escena de “Attenberg” se inicia con una larga toma en la que dos chicas practican una interminable serie de besos franceses, haciendo que sus lenguas se enreden y se sobrepongan de todas las formas imaginables ( e inimaginables). Es una imagen que no se podría encontrar fácilmente en el cine estadounidense, por supuesto, pero también una que provoca intencionalmente la risa debido a sus excesos y a la compleja coreografía de apéndices vocales que emplea.

Narrativamente, este plano secuencia sirve para demostrar sin dudas de ningún tipo que una de sus participantes, Marina (Ariane Labed), es una joven inexperta en las lides amatorias, mientras que la otra, Bella (Evangelia Randou), sabe más de una cosa sobre el sexo. Pero también deja en claro que el tratamiento del proverbial tema de maduración no será precisamente tradicional, o al menos que sus protagonistas no lo son, porque inmediatamente después del apasionado besuqueo, Marina y Bella se ponen en cuclillas y empiezan a imitar de manera bastante convincente a dos fieras salvajes a punto de atacarse.
Los encuentros entre las muchachas son raramente normales; cada caminata es motivo de una escena coordinada de baile, muy alejada de los parámetros de Broadway, pero no por ello menos exigente. En ese sentido, “Attenberg” parece a veces uno de esos ejercicios de calentamiento que se hacen en algunas escuelas de actuación teatral, lo que la lleva a traslucir descaradamente una esencia de cine ‘indie’ que no resulta necesariamente funcional (y que coquetea frecuentemente con la escuela de Jean-Luc Godard).
Lo que más se agradece en ella es su franqueza física y emocional, profundamente enraizada en una postura feminista que Tsangari no intenta ocultar. Inicialmente, las escenas que se van sucediendo parecen ser simples viñetas desconectadas; pero, poco a poco, el relato va tomando cuerpo, hasta llegar a un punto en el que nos queda completamente claro que, además de ser una chica en busca de placeres eróticos que hasta el momento desconoce, Marina tiene que enfrentarse al hecho de que su padre (la única persona con la que vive) sufre una enfermedad terminal, y actúa del modo en el que actúa porque vive en una desolada zona industrial, sin mayor contacto con el resto de la civilización.
La referencia a la encarnación de fieras que hicimos más arriba no resulta gratuita, porque el filme tiene una orientación zoológica muy importante, que parte de su título mismo: “Attenberg” es el modo en el que Marina pronuncia el nombre de David Attenborough, un afamado documentalista de la vida animal con el que se encuentra obsesionada, y cuyos trabajos desfilan frecuentemente por la pantalla.
La falta de reacciones predecibles de los personajes no convierten a este trabajo en una película fría y distante; todo lo contrario. Las tomas que retratan el poco grato ambiente industrial en el que viven resultan a veces tediosas (aunque debemos reconocer que asistimos a una función que se hizo a altas horas de la noche), pero cada vez que Labed y Randou se juntan, la pantalla lanza chispas furiosas sobre el espectador.
Su compleja relación de amor/odio, llena de connotaciones lésbicas y de complicidades despreocupadas, es un proceso que merece verse, del mismo modo en que lo hacen las exploraciones heterosexuales de Marina con un tímido ingeniero (Lanthimos), filmadas con un desparpajo tal que parecen indicar la posibilidad de que el coito haya sido real.
Por ese lado, resulta evidente que las dos actrices se sometieron a toda clase de exigencias; pero no sería razonable decir que hubo algún tipo de abuso, porque aún en sus momentos más duros, la cinta mantiene un carácter lúdico que fue indudablemente promovido por la presencia de una fémina en el puesto de dirección. A fin de cuentas, en medio de todas sus escenas gráficas, ésta no es una película de explotación morbosa, sino de exploración gozosa. Y así debe ser vista.













