{LA Film Fest 2012} Reseña de EL ULTIMO ELVIS /THE LAST ELVIS (Argentina) - hoy a las 9.20 pm
Texto: Sergio Burstein

Hoy es el Día del Padre, y es probable que cualquiera que tenga al suyo cerca o que sea uno se quede en casa celebrando. Pero si decide salir y tiene una mentalidad lo suficientemente abierta, no estaría nada mal que fuera a ver esta película, que se proyecta hoy a las 9.20 pm en el Festival de Cine de Los Angeles, y que repite el plato el próximo sábado a las 7 pm.
Y es que, además de ser una nueva muestra del excelente estado en el que se encuentra el cine argentino independiente, “El Ultimo Elvis” (llamada aquí “The Last Elvis”) es una cinta sobre la relación entre un padre y una hija. También es una historia sobre el modo en que los hombres se adaptan a la segunda parte de sus vidas y, por supuesto, una sobre un tipo de Buenos Aires que trabaja en las noches como imitador de Elvis Presley.
La presencia de tantos niveles de lectura es siempre positiva en un título cinematográfico, sobre todo cuando, como ocurre en este caso, surge de un relato aparentemente sencillo y fácil de comprender. En apariencia, el asunto se desarrolla de este modo: Carlos Gutiérrez trata de olvidar las penurias de su existencia con una representación del icono del rock’n’roll que absorbe cada vez más su vida, hasta el punto de que ha dejado de atender correctamente a una esposa que no lo soporta más y a una hija pequeña que se siente indiferente ante él.
Una trama así podría llevar al planteamiento de algo escabroso y sórdido; Gutiérrez (que insiste en que se lo llame Elvis) estaría en condiciones de ser un psicópata o al menos un abusador sin remordimientos. Pero es en cambio un hombre de buenos sentimientos, bonachón y con sobrepeso, que posee realmente talento como músico, ya que además de tocar varios instrumentos, ostenta un plácido tono de voz y una técnica que le permiten adoptar de manera impresionante el estilo del legendario intérprete de “Unchained Melody”.
Por ese lado, y más allá de las implicancias dramáticas y psicológicas del estupendo filme, “El último Elvis” tiene un indudable interés para los amantes de Presley y del rock en general, porque Gutiérrez es interpretado por John McInerny, un intérprete de nombre ‘anglo’ pero de argentinísima esencia que, además de exhumar el carisma físico del desaparecido John Belushi, es un imitador real del icono que interpreta, lo que le permite ofrecer varias interpretaciones en vivo de enorme nivel.
Además, la película nos da la oportunidad de conocer a un curioso movimiento, casi subterráneo, de imitadores profesionales de figuras rockeras en Buenos Aires, que se muestra desde el momento en el que Gutiérrez va a hacer unos cobros en una oficina por la que circulan tipos vestidos a imagen y semejanza de John Lennon, Slash, Keith Richards y Slash. Antes de eso, vemos al mismo protagonista en una fiesta en la que se le acerca alguien que luce muy parecido a Iggy Pop, para quejarse de que recibe mucho menos trabajo que él. “Es que yo inventé el rock’n’roll”, le responde con convicción el aludido.
Claro que “El último Elvis” no es estrictamente una comedia, ni mucho menos un musical, sino un drama urbano que, en medio de las tragedias que presenta, evita siempre el tremendismo. Aunque Gutiérrez tiene sueños de grandeza y parece estar convencido de poseer un don divino, resulta claro que, aparte de las esporádicas presentaciones exitosas ante audiencias que reconocen su talento, se encuentra en un camino sin salida, condenado a soportar un intolerable trabajo en una deprimente fábrica, a sufrir el rechazo de su mujer (encarnada por Griselda Siciliani) y a subsistir en condiciones extremadamente modestas.
Pese a la interesante escena musical que insinúa, el Buenos Aires de esta cinta no es el vibrante centro cultural que se difunde normalmente, sino una ciudad grisácea, industrial y deprimente que se ve retratada a través de un estilo visual en el que se trasluce la vocación “indie” de su director, el debutante Armando Bo.

Pero eso no indica que Gutiérrez (perdón, Elvis) no esté tratando de hacer las cosas bien. Su hijita, que se llama Lisa Marie -por supuesto-, se encuentra muy distanciada de él; pero un súbito accidente que involucra a la madre (empleada de un supermercado) lo lleva a ocuparse temporalmente de la niña (interpretada por Margarita López) y a restablecer una conexión emocional con ella, aunque sus recursos paternales resulten especialmente limitados, ya que se empeña en ver a su lado conciertos de (quién más) Elvis, y hasta le prepara esos indeseables sánguches de banana con mantequilla de maní que tanto le gustaban al excéntrico ídolo.
Lo curioso es que, en medio de su inmadurez, la pequeña aprende a querer a este tipo inocentón y burdo que, sin embargo, es capaz de tomar la guitarra para arrullarla al borde de la cama con una magnífica rendición de una balada de Presley que, sinceramente, nos arrancó lágrimas.
“Cuando tengas un sueño, debes seguirlo hasta el final, porque de otro modo, serás infeliz toda la vida”, le dice Gutiérrez/Elvis a Lisa Marie. Y la verdad es que no es un mal consejo, aunque nos lleve a un inesperado y triste desenlace que nos arranca supuestamente de Argentina y nos mete de lleno en las entrañas de Graceland, la fastuosa residencia de Presley en Nashville (que, como lo cuentan las notas de prensa, fue recreada de manera espectacular en estudios bonaerenses).
Ya para ese momento, y en desmedro de sus innumerables defectos, este tipo se ha ganado completamente nuestro corazón.













