Reseña de TED
Texto: Sergio Burstein

Luego de que fuimos a ver “Ted” en una función especial de prensa y antes de que la película estuviera estrenada en las salas, al menos un par de adultos nos comentaron que sus hijos menores -ambos de 12 años- estaban muy interesados en ir a ver la película y nos preguntaron inmediatamente después si era conveniente para estos. Parece que no habían visto ni siquiera el trailer, por supuesto, porque de haberlo hecho, ya hubieran tenido la respuesta.
Y es que en ese avance se veía al protagonista de la cinta fumando marihuana en un ‘bong’ inmenso y haciendo gestos abiertamente pornográficos mientras miraba a una rubia que trabajaba como cajera en un supermercado. Pero no faltarán probablemente los padres de familia que aseguren que acá hay algo malo, porque esto se ha venido promocionando como “la historia de un osito que cobra vida”, a pesar de que el enorme afiche callejero que hemos visto en la calle muestra al susodicho al lado de un adulto mientras orina en un baño, para decirlo sin remilgos.
Otro elemento que causará probablemente confusión es el hecho de que este filme es obra y gracia de Seth MacFarlene, el creador de “Family Guy”, una serie animada que es muy vista por adolescentes y hasta chicos de edad temprana, bajo el aval directo o indirecto de unos adultos que ignoran probablemente en muchos casos que no se trata de un programa para niños, y que en otros han tirado ya la toalla ante unos cambios generacionales que han hecho que la inocencia se pierda mucho antes que en el pasado.

Sea como sea, y a pesar de que el trailer adelanta demasiado, como suele suceder con los trailers, “Ted” esconde varias sorpresas de tinte aún más irreverente y polémico de lo que insinúa, lo que en otros términos la vuelve todavía más propia para mayores. Pero eso no quiere decir que se trate de una película completamente cruda y despiadada, porque MacFarlene (que debuta en el largometraje) se las ha ingeniado para elaborar una trama que, en medio de su innegable descaro y de su permanente malicia, posee varios momentos tiernos que, por suerte, no caen nunca en lo cursi.
De hecho, toda la primera parte, en la que el personaje de John Bennett (interpretado entonces por Bretton Manley) es un niño con problemas sociales que cumple de manera milagrosa su deseo de que su oso de peluche pueda hablar, es casi ideal para infantes, a pesar de que se insertan por aquí y por allá detalles que presagian el advenimiento de algo distinto. Y eso es algo que ocurre pronto, claro, porque la historia da de repente un salto temporal de varios años que nos permite apreciar que, luego de haberse vuelto una sensación mediática, Ted ha pasado a llevar una vida “normal” que lo encuentra viviendo al lado de un John más grande (encarnado ahora por Mark Walhberg), con quien fuma incontables cantidades de marihuana, bebe cerveza y entabla conversaciones absurdas que se relacionan normalmente a elementos de la cultura popular a las que el director y guionista le rinde frecuentemente tributo.
El problema es que John tiene ahora un trabajo supuestamente serio y, sobre todo, a Lori, una novia encantadora (no es gratuito que sea interpretada por Mila Kunis) que, por más comprensiva que es, empieza a ver con malos ojos la mala influencia que el osote (porque no fue nunca pequeño) ejerce sobre su chico. Marcado por la presión femenina, John trata de ‘regenerarse’, pero Ted no lo ayuda; y las cosas se ponen color de hormiga durante una memorable escena en la que el hombre sale a escondidas de una elegante y apacible fiesta a la que ha asistido con Lori para acudir a una bacanal organizada por el oso, tentado de manera ineludible por la anunciada presencia en ella de Sam J. Jones, el actor que hizo de “Flash Gordon” en la versión de 1981 que tanto él como su viejo y peludo compañero de aventuras idolatran.
Lo interesante es que Sam J. Jones es realmente interpretado por Sam J. Jones, un actor que, como todos sabrán, no hizo nada realmente destacable tras la imposible cinta de culto, y que se toma el asunto con tan buen sentido del humor que no le preocupa presentarse como un juerguista de consideración, ya que, poco después de la llegada de John al jolgorio, lo invita primero a tomarse unos ‘shots’ con él y luego a seguir la faena con unas líneas de coca.
Quizás estamos contando demasiado, pero lo dicho refuerza la impresión de que esto no es un cuento para bebés y, de paso, logra probablemente un amargo sentido de identificación en todos aquellos (adultos, esperamos) que hayan metido la pata con sus amadas por irse de relajo con sus compadres.
Incluso en sus momentos predecibles -porque los tiene-, “Ted” se las ingenia para buscar un giro que la hace ingeniosa y que la desvía del burdo sentimentalismo en que podría fácilmente haber incurrido; pero lo importante de todo es que, en medio de sus excesos y de la conducta a veces muy tonta de sus personajes, resulta casi siempre terriblemente graciosa, con unas bromas cargadas de humor negro y de desenfado que, al menos a nosotros, nos hicieron reír a mandíbula batiente.
Y eso la vuelve ya no sólo digna de verse al menos un par de veces, sino que le asegura una larga vida en el formato casero una vez que salga de las salas, en desmedro del empleo de un lenguaje visual que no se muestra demasiado creativo.













