Reseña de SAVAGES
Texto: Sergio Burstein

En años recientes, Oliver Stone suavizó considerablemente su estilo cinematográfico, presentando películas de tendencia narrativa y visual menos arriesgada de las que lo dieron inicialmente a conocer.
Pero, desde que se empezaron a dar a conocer los primeros avances de su más reciente trabajo, “Savages”, comenzó a hacerse claro que éste era un retorno a las raíces, y no faltaron los que recordaron que se trataba de una obra creada por el mismo tipo que escribió el guión de la furiosa “Scarface” -y que dirigió también títulos tan inclementes como “Platoon” y “Natural Born Killers”-.
Por ese lado, los comentarios tenían razón, porque “Savages” no es sólo una de las películas más brutales y más sangrientas de su filmografía, sino probablemente la más brutal y sangrienta que haya hecho. Hasta el punto de que este escritor, que nunca le ha hecho ascos al ‘gore’ ni al cine agresivo, se sintió bastante incómodo con algunas de sus escenas.
Puede ser que yo ya esté viejo y que me haya puesto más sensible, o puede ser simplemente que, sin ser mexicano, sentí que lo que se cuenta está en un nivel de realidad demasiado cercano como para sentirlo ficticio. Y es que, si no lo saben ya, el filme lidia de manera muy próxima con la inagotable violencia que se produce actualmente en México alrededor del narcotráfico, un fenómeno que resulta especialmente escalofriante en sí mismo y que, en manos de Stone, no se muestra nunca de manera ligera, sino más bien excesiva y hasta tendenciosa.

Resumamos: Chon (Taylor Kitsch) y Ben (Aaron Johnson) son dos chicos californianos que han encontrado una mina de oro en el negocio semilegal de la marihuana medicinal, tal como lo han hecho muchos californianos reales en los últimos años. Les va muy bien, aunque también realizan transacciones bajo la manga, y tienen un espíritu tan libre que no necesitan de novias individuales, ya que comparten a la misma (Ophelia, encarnada por Blake Lively).
Desde el principio, “Savages” -cuyo guión fue escrito por Stone, Shane Salerno y Don Winslow, autor de la novela del mismo nombre- plantea una historia que, sin resultar nunca inverosímil, posee un gran nivel de artificio, sustentado en la tendencia de su director por mostrar los hechos con un lenguaje moderno, vistoso y descontrolado, que se traduce en ostentosas tomas de ‘surf’ playero, en la generosa exhibición de momentos ‘stoners’ y, por supuesto, en las ardientes sesiones eróticas entre los tres protagonistas, que buscan siempre maximizar la sensualidad y la provocación.
Los trámites no encuentran un rumbo más apacible cuando entra a tallar en el relato el Cártel de Baja California, que se presenta en la vida del despreocupado trío a través de un video -enviado por la Internet- en el que se ve de manera completamente explícita el modo en que sus integrantes han ejecutado a una serie de rivales en un almacén subterráneo. Si se está al tanto del devastador y trágico saldo de la guerra contra las drogas, esta simple secuencia nos pone ya en guardia y nos genera toda clase de sentimientos encontrados, porque lo que se ve es supuestamente ficción, pero se produce en realidad todos los días y muy cerca de nosotros.
En lo personal, el detalle más perturbador fue el tono musical que distingue a todas las llamadas del Cártel en la computadora de Chon: se trata de la melodía que ha distinguido por décadas de décadas a “El Chavo del 8” (y que fue creada ni más ni menos que por Beethoven). Stone se las ha ingeniado para darle un aspecto terroríficamente imborrable a un tema que, hasta el momento, sólo nos provocaba ternura y sonrisas, y no sabemos si debemos agradecerlo.
Pero hacer que el espectador se sienta incómodo y cuestione los elementos más cotidianos de su vida es algo que respetamos mucho en el cine, sobre todo porque una enorme cantidad de productos hollywoodenses se empeñan en reforzar los conceptos que existen en la mente de sus usuarios y en darles simplemente lo que quieren ver. Para nosotros, el problema principal en esto es la falta de definición en cuanto al tono narrativo, ya que una vez que nos hemos metido de lleno en los espantos perpetrados por estos delincuentes, tenemos la sensación de que la trama empieza a introducirse más y más en un sentido del humor y en un sensacionalismo que desconciertan.
Curiosamente, este lado gracioso de los personajes, representado esencialmente por los latinos Salma Hayek, Benicio Del Toro y Demián Bichir (que son todos criminales y que son todos carismáticos, aunque a su manera), le da también a “Savages’ una vitalidad y una cercanía que no tendría si se dejara simplemente en manos de los actores anglosajones, que a excepción de Lively (incuestionablemente tentadora) y de John Travolta (que a estas alturas parece ser infalible) son de lo más anodinos, lo que afecta en particular el interés que podamos sentir por Chon y Ben, dos tipos cuya profunda amistada los lleva a compartir literalmente todo, pero cuya relación no resulta creíble del modo en que son retratados, porque se muestran diametralmente distintos.
La sensación de que las respetables ambiciones de Stone se estrellaron contra imperfecciones de desarrollo dramático quedan plasmadas en otros momentos de la cinta, como la didáctica insistencia en hacer que ambos bandos (tanto el de los ‘gringos’ como el de los mexicanos) se acusen mutualmente de “salvajes”.
Claro que, en medio de estas simplificaciones, que a veces llegan a ser caricaturescas, la película tiene momentos brillantes o cuando menos llamativos, como una encendida discusión entre Hayek, Del Toro y Bichir (que, eso sí, se desarrolla inexplicablemente en ‘spanglish’, cuando estos son narcos ‘del otro lado’), el cuestionamiento abierto al rol jugado por los Estados Unidos en esta guerra interminable (Travolta es un corrupto agente de la CIA, tan divertido como trágico), las alusiones directas a la corrupción del PRI (que acaba de ganar las elecciones en México) y un discutido ‘final doble’ que no detallaremos, pero que prueba de algún modo que Stone tiene todavía la capacidad de sorprendernos.



















Comentarios
No es exactamente así: la mal llamada "melodía del chavo", se llamó originalmente "The elephant never forgets" y la compuso Jean Jacques Perrey, un músico y productor francés de música electrónica. Es cierto que se inspiró en la Marcha Turca de Beethoven, pero el punto es que durante mucho tiempo Perrey no recibió ningún crédito por parte de Televisa en los programas de Chespirito (quien tampoco hizo nada al respecto). Recién en 2010 reconocieron su autoría y le indemnizaron.
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