Reseña de THE AMBASSADOR
Texto: Sergio Burstein

Podría tratarse de la trama de un gran 'thriller' internacional: un danés se hace pasar por un diplomático de otro país para introducirse impunemente en una empobrecida y caótica nación africana y llevarse de ella todos los diamantes que le resulte posible. Pero esto no es una película de ficción, sino un documental dirigido, manipulado y encabezado frente a la cámara por el mismo europeo del que hablamos al inicio.
En realidad, “The Ambassador”, que se estrena este viernes en Cinefamily de L.A., es en primer lugar un gran acto de valentía, porque su director Mads Brügger no es aparentemente un delincuente que quería perpetrar un acto criminal, sino un periodista deseoso por demostrar sobre la pantalla que el impresionante nivel de corrupción que existe en la República Centroafricana no depende sólo de sus propias autoridades y políticos, sino también -y quizás sobre todo- de los numerosos europeos que la siguen considerando poco más que un territorio de pillaje.
No creíamos saber nada de este país hasta que se mencionó en la cinta que es el lugar en el que gobernó Jean-Bédel Bocassa, a quien recordamos hasta ahora como uno de los tiranos más escalofriantes de la Historia, ya que además de la brutal represión que ejerció sobre su pueblo, se le acusó incluso de comerse (literalmente) a sus enemigos. Sin embargo, una vez que Brügger se encuentra más o menos asentado en la República Centroafricana, uno de los residentes del lugar, Paul, convertido en su traductor permanente, sólo tiene palabras de alabanza para el dictador, a quien define como “un humanista” (más adelante, llega también a decir que Hitler “era un tipo divertido”).
Y es que mucho de lo que se ve y se escucha durante “The Ambassador”, grabado casi siempre con cámaras escondidas (pero con resultados visuales sumamente decorosos), resulta difícil de creer hasta que uno entiende que el país en el que se desarrolla, “del tamaño de Texas” -como lo dice Brügger-, es una tierra de nadie en la que impera la más descomunal impunidad y que ha llegado hasta este punto a consecuencia de su pasado como colonia de Francia, un país que, a todas luces, sigue aprovechando de sus recursos mientras la población general se muere (de nuevo literalmente) de hambre.
La prueba de que el origen del mal viene de afuera se revela desde el momento en el que el danés es capaz de conseguir unas credenciales oficiales de cónsul -algo que definitivamente no es- a través de una página italiana de Internet. Pero la complicidad con las irregularidades parece extenderse por todos lados, ya que Brügger (que durante su misión asume el apellido Cortzen) es recibido en efecto como si se tratara de una autoridad legítima de Liberia, lo que resulta absurdo desde el momento mismo en que se considera que estamos hablando de una nación africana, al igual que la República Centroafricana que visita, y que él es blanco como el papel.
El impresionante experimento emprendido, que puede remitir inicialmente a las osadías de Sacha Baron Cohen -pero que posee sin duda tintes más serios y peligrosos-, tiene supuestamente como meta demostrar lo fácil que resulta en algunas partes del mundo romper las barreras legales si se dispone de los medios adecuados, en este caso, los “sobres de la felicidad” –es decir, llenos de dinero- que Brügger reparte a diestra y siniestra entre las autoridades locales (incluyendo al hijo del presidente) para que éstas lo ayuden con sus declarados planes de sacar diamantes del país. Pero Brügger no es un tipo común y corriente, claro; además de que mantiene la sangre fría y el cinismo en medio de situaciones insólitas, asume por completo el carácter de un personaje sofisticado y ficticio, que se viste impecablemente, fuma con boquilla y es un estereotipo andante de la explotación.

Esta clase de detalles logran que “The Ambassador” se siga con interés, aunque, con el paso de los minutos, la reiteración de ciertos hechos y el poco avance de las acciones hagan que el asunto se sienta estancado y un tanto monótono. De todos modos, siempre hay una sorpresa a la vuelta de la esquina, como la secuencia en la que se nos lleva a visitar un poblado de pigmeos que han sido intencionalmente intoxicados con alcohol para “entretener” a los visitantes; el modo en el que el realizador/protagonista logra convencer a todo el mundo con discursos vacíos y hasta ofensivos; y el recorrido que se hace por un lugar de extracción de diamantes en el que trabajan incluso niños.
A no ser que lo suyo sea una farsa gigantesca, como lo han dicho varios de los involucrados, Mads Brügger puso en riesgo su vida para hacer este documental. Acaba de ser enjuiciado por Liberia, que lo acusa de ser un impostor y un criminal, cuando parece ante nosotros que lo que hizo se encontró justamente destinado a mostrarle al mundo los alcances de una red delincuencial de extensión descomunal. De todos modos, el racismo y las bromas de mal gusto que proporciona caracterizado como Cortzen -según él, para mantenerse en el personaje y no despertar sospecha alguna- han provocado ya más de una polémica.
No sabemos si el hombre podrá regresar en algún momento a Africa, pero lo que sí sabemos es que estará todo este fin de semana en las funciones de “The Ambassador” que se verán en Cinefamily, para ofrecer allí sesiones de preguntas y respuestas que prometen ser apasionantes. Prepárense para el debate.


















