Reseña de DREDD 3D
Texto: Sergio Burstein

Este fin de semana se estrenan dos películas sobre policías en los Estados Unidos: una es sobre una pareja interracial del mismo sexo en la ciudad actual de Los Angeles, y la otra es sobre una pareja de la misma raza pero de distinto género en una enorme urbe del futuro llamada Mega City One.
La primera, “End of Watch”, muestra una imagen especialmente positiva de un cuerpo de la ley sumamente cuestionado, mientras que la segunda, “Dredd 3D”, sin ser totalmente crítica y presentando una locación inexistente en la actualidad, cuestiona de algún modo los asuntos del poder y tiende puentes hacia el aparato criminal actual, en medio de sus evidentes referencias al cómic de John Wagner y Carlos Ezquerra del que surgió, a sus coqueteos con la ciencia-ficción y a un derroche de violencia que resulta excesivo, intencionalmente irónico y simplemente espectacular.
El personaje central de “Dredd 3D”, es decir, el Juez Dredd, podría ser considerado heroico por algunos y es un firme opositor del caos, aunque tiene sin duda una perspectiva trastornada de la vida que tiene mucho que ver con que, en su época (un futuro indeterminado), los policías son además jueces y ejecutores "al paso", lo que constituye evidentemente una aberración, pero tiene sentido en una sociedad como la que se presenta, insensibilizada y a la vez afectada por una inmensa red de corrupción y de narcotráfico que alude sin duda a los carteles mexicanos (hay incluso una "jefa de jefas" a la que se conoce por su seudónimo, Ma-Ma, pero cuyo nombre verdadero tiene apellido latino y que, como villana principal, es encarnada de modo más que decente por Lena Headey, de “300” y “Game of Thrones”).
Uno de los aspectos más interesantes de la cinta, escrita por Alex Garland (“28 Days Later”, “Sunshine”) y dirigida por Pete Travis (“Vantage Point”), es que no se muestra complaciente ni falsamente conciliadora, lo que espantará sin duda a los que detestan la representación gráfica de la violencia en el cine, pero que se plasma a través de un estilo endiabladamente ingenioso cuya meta específica es una audiencia adulta que gusta de un tipo de historietas que no desentonarían quizás en el estante de un Jodorowsky. Y aunque no sabemos si ha dicho algo sobre esta película, podemos suponer que Tarantino estará feliz con ella.
Eso no la hace propicia para todos, por supuesto. Habrá quienes considerarán sus numerosas imágenes de barbarie como prodigios de una creatividad alocada y quienes las condenarán como una nueva muestra del sadismo cinematográfico que prolifera en Hollywood; quienes encontrarán que su feroz relato apocalíptico es un logrado comentario sobre la situación actual del mundo y quienes pensarán que es una simple excusa para un desfile de salvajadas en un entorno deprimente.

Y habrá otros que, como nosotros, sientan que parte de la experiencia fílmica es sentirse sorprendidos, incómodos y dubitativos ante determinadas escenas que se proyecten, aunque en este caso el conjunto de las mismas haya producido en nosotros una indudable excitación proveniente de una cantidad de estímulos sensoriales que se vieron sin duda exaltados por uno de los empleos de 3D más impresionantes que hayamos visto en los últimos tiempos.
La tercera dimensión, que se inserta en el nombre mismo del filme -y que es el modo en que hay que verlo, porque así se filmó-, se usa aquí brillantemente, no sólo en los momentos de 'gore', como la antológica escena en la que un maleante recibe un balazo en la cara cuyas consecuencias se aprecian detalladamente a través de una cámara lenta que viene finalmente justificada por la trama, sino en otros encuadres de sorprendente belleza visual que vienen de la mano de la misma justificación, es decir, la existencia de una droga llamada slo-mo que hace que el usuario sienta que todo transcurre con extrema lentitud.
Mucha de la gracia de “Dredd 3D” gira alrededor de este detalle, que podría ser visto como un anzuelo artificioso sin demasiado sustento dramático y con simples pretensiones estéticas; pero lo cierto es que sus implicancias repercuten en el impacto de los hechos que se presentan, porque nunca habíamos visto una representación más clara de la 'muerte lenta'.

Además, se suma a estos trámites la presencia de Cassandra Anderson (Olivia Thirby, de “Juno”), una joven aprendiz de policía que tiene poderes telepáticos, lo que se presta para una ingeniosa y a la vez hilarante escena de juegos mentales con Kay (Wood Harris), un secuaz de Ma-Ma que tanto ella como Dredd mantienen en su poder mientras tratan de escapar en medio de un laberíntico y gigantesco complejo arquitectónico.
Para el papel de Dredd, un tipo que, en consonancia con los cómics originales, no se quita en ningún momento el casco (que sólo deja ver un mal afeitado mentón), los productores eligieron a Karl Urban, un actor neozelandés que no será una celebridad mundial, pero que es un intérprete serio y ofreció papeles notables en filmes como “The Price of Milk” y “Out of the Blue” (y que parece haber sido considerado entre los finalistas para tomar el papel de James Bond que quedó finalmente en manos de Daniel Craig).
No estamos seguros de que la eficacia del rol de este inamovible y despiadado policía dependiera demasiado del talento de quien lo encarna, pero sentimos de todos modos que, en medio de su inevitable inexpresividad, Urban se las arregla para darle personalidad a Dredd y, sobre todo, para brindarle de algún modo inflexiones humorísticas a una buena parte de su desapasionado pero cáustico discurso.
“Dredd 3D” es una montaña rusa que guarda gratas sorpresas para el que no deteste la ultra violencia en la ficción, no rechace instintivamente las bandas sonoras ruidosas y electrónicas y esté dispuesto a ser sacudido sin misericordia durante una hora y media en la oscuridad de la sala. Y habría que ser uno de los pocos conocedores que vieron la magnífica “The Raid: Redemption” (una de las mejores cintas de acción de los últimos años, filmada en Indonesia y comentada por nosotros mismos aquí) para quejarse de que se parece sospechosamente a ella, aunque prescinda completamente de artes marciales.













