Reseña de THE MASTER
Texto: Sergio Burstein

Pese a haber gozado de un vendaval de críticas extremadamente positivas tras su paso por los festivales de rigor, “The Master” se estrenó en los Estados Unidos de manera discreta, sin mayores actividades de prensa y en un número limitado de salas que se acaba de ampliar para su segunda semana propiamente dicha de exhibición.
Y es que, a pesar de encargarse en teoría de un tema controvertido y llamativo (los orígenes de la Cienciología), se trata de una cinta compleja, larga y con varias escenas lentas que, como se ha repetido ya hasta el cansancio, usa la mentada disciplina para analizar otras situaciones, por lo que no debe ser vista como una descripción didáctica de ninguna metodología.
Pero algunos comentaristas han llevado el asunto hasta el punto de insinuar que la Cienciología es aquí una simple excusa, una suerte de variable intercambiable; y aunque está muy claro que “The Master” no es una 'biopic' de L. Ron Hubbard, lo está también que el personaje de Lancaster Dodd, interpretado por Philip Seymour Hoffman, se encuentra estrechamente basado en el fundador de la misteriosa fe profesada por Tom Cruise y otra sarta de famosos.

En ese sentido, y aún en medio de su intencional ambigüedad, la película debería dejar en la mente de cualquier espectador avispado una impresión crítica de una disciplina que, en uno de los momentos menos metafóricos de la cinta, es acusada por alguien de absurda e irracional en lo que respecta a sus aseveraciones sobre vidas pasadas. La Causa (que es el nombre que recibe la escuela espiritual) no queda mejor parada en la escena posterior, cuando un nuevo acólito de ésta sigue por la calle al mismo detractor para brindarle una soberana paliza.
Este acólito es Freddie Quell (Joaquin Phoenix), un personaje a todas luces ficticio que es en realidad el protagonista de la historia, pese a que Dodd lo sigue muy de cerca. La primera parte del filme se centra en él, negándose también a dar demasiadas explicaciones sobre su conducta, pero mostrándolo como un tipo trastornado y obsesionado con el sexo desde su estadía en una playa al lado de sus compañeros de combate (es un soldado estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial) hasta la curiosa sesión del test Rorschach que lo lleva a ver por todos lados penes y vaginas.
Al mostrarlo ya en medio de tantos nerviosos desarreglos, el director y guionista Paul Thomas Anderson ("Boogie Nights", "Magnolia", "There Will Be Blood") cierra las posibilidades inmediatas de que sepamos si este tipo ha sido seriamente dañado por la guerra o si poseía ya algún tipo de desarreglo mental de origen, aunque los discretos flashbacks que se inician más adelante otorgan algunas respuestas. Lo que sí brinda con espaciada certeza son las muestras de agresividad explosiva de Freddie, que sin ser demasiado truculentas, no dejan de recordar el manejo expresivo de la violencia en otros trabajos del mismo cineasta.
En medio de su vida errática, Freddie posee cierto interés que podrá ser visto por algunos como parte de su patetismo, pero que bajo otros ojos resulta creativo y pintoresco: el desarrollo casero de bebidas alcohólicas. No todo el mundo aprecia su arte, por supuesto, como ocurre con la familia de un compañero de trabajo que muere, aparentemente envenenado por sus licores durante una fiesta, lo que provoca una dramática y a la vez hilarante persecución a pie que termina con un impresionante plano-secuencia en medio del desierto.
Las aventuras y desventuras de Freddie lo llevan finalmente a un barco ocupado por los primeros devotos de La Causa, cuyo máximo líder lo toma rápidamente bajo su tutela, pese a los recelos de su esposa Peggy (interpretada por Amy Adams) y de otros asistentes cercanos. Pero lo que algunos espectadores podrían ver como una decisión demasiado apresurada -y por ello inverosímil- se inserta en la lógica del relato, si se entiende (y no es necesariamente fácil hacerlo) que, para Dodd, Freddie es probablemente el máximo desafío posible, una posibilidad ideal para probar sus teorías de 'sanación' en un caso extremo y hasta quizás una figura por la que siente compasión sincera.
Esta falta de definición desconcertará profundamente a quien se encuentre acostumbrado a las respuestas cómodas y fáciles del cine comercial, pero debería despertar en los interesados ese proceso de discusión intelectual que viene de la mano de las grandes obras cinematográficas. En oposición al arrogante, antisocial, autodestructivo y descontrolado Freddie, Dodd es un hombre bonachón, carismático y aparentemente bienintencionado (nunca se le escucha decir nada intrínsecamente malvado, ni siquiera en privado); pero eso no le quita la posibilidad de ser un fanfarrón y un falso mesías que pretende dominar a las personas con una retórica sin base científica alguna -y que va cambiando a voluntad-.
En ese sentido, su relación con Freddie es lo más importante de “The Master”, porque si bien la actuación de Phoenix resulta a veces exasperante en sus excesos, se contrapone a la calculada tranquilidad y al sentido del humor que le imprime Hoffman a su personaje (y que se rompe únicamente en la escena donde una de sus más fieles seguidoras -encarnada por Laura Dern- pone en duda un cambio teórico de rumbo).
Los dos parecen ser muy distintos, pero en el fondo, comparten probablemente más de lo que quisieran reconocer, incluso en lo relativo a problemas mentales. Y, por ese lado, no sería descabellado trazar un paralelo con la proverbial relación de amor/odio entre Jesús y Judas.
Se está hablando ya de nominaciones al Oscar para Hoffman y Phoenix, así como de reconocimientos para la inquietante e inspirada banda sonora sinfónica de Jonny Greenwood (el integrante de Radiohead que musicalizó también “There Will Be Blood”). Pero tampoco se ha dejado de lado a Anderson, quien maneja el filme con una precisión notable.
Es probable que algunos extrañen la cámara movediza de sus trabajos del pasado, inspirada en el estilo de Scorsese; en este caso, la parte visual es mucho menos expansiva, pero es de notarse que, a pesar de tener entre manos una historia con muchos interiores, el director decidió filmarla en 65mm (un formato propio de las viejas películas épicas), para privilegiar la intensidad de sus numerosos primeros planos y darle literalmente cabida a algunas composiciones notables, como la que tiene simultáneamente a Freddie y a Dodd en celdas contiguas mientras uno se comporta demencialmente y el otro se conserva relajado.
Claro que, cuando el segundo pierde la paciencia, la toma cambia y encuentra a los dos histéricos, insultándose mutuamente, como los seres humanos inestables que probablemente son.













