AFI FEST 2012: Reseña de AQUI Y ALLA
Texto: Sergio Burstein

En los últimos años, México ha exportado muchas películas relacionadas a la violencia ligada al narcotráfico, lo que tiene sentido si se considera que los cineastas no pueden ser inmunes a la situación que los rodea, pero que por otro ha llegado para algunos a un punto de saturación en vista de las posibilidades y diversidades culturales de dicho país.
Pero hay también películas recientes que se desarrollan por allá y que no se interesan en escarbar más en el tema; si el AFI Fest del 2011 tuvo entre su oferta a “Miss Bala”, el intenso y agresivo drama de Gerardo Naranjo que transcurría en una Tijuana particularmente hostil, su celebración actual llega de la mano de propuestas diferentes, empezando por la de “Aquí y allá” (2 de noviembre a las 7 pm y 7 de noviembre a las 4.15 pm), una historia de regreso al hogar que, curiosamente, no fue dirigida por un mexicano -y que se llevó el premio de la Semana de la Crítica en el más reciente Festival de Cannes-.
Antonio Méndez Esparza, quien hizo además el guión de esta cinta, es un realizador madrileño que estudió cine en la UCLA y en la Universidad de Columbia, y lo más interesante de su trabajo (ésta es su ópera prima) es que, a pesar de presentar una mirada extranjera, se siente especialmente auténtico y realista, sobre todo en lo que respecta a retratar con paciencia y sin mayores sobresaltos la existencia de una familia rural cuya tragedia mayor no necesita de artimañas sensacionalistas para convencer dramáticamente.

En “Aquí y allá”, Pedro (interpretado por Pedro De los Santos Juárez) regresa a su pueblo natal en la sierra de Guerrero (el pueblo real del actor) luego de pasar un número indeterminado de años trabajando duramente en Nueva York. Lo esperan su mujer Teresa (interpretada por la esposa real de De los Santos Juárez, Teresa Ramírez Aguirre) y sus dos hijas (interpretadas por dos niñas de la misma localidad), a las que aparentemente no ha visto en mucho tiempo, lo que tiene como consecuencia que lo miren a veces como a un bicho raro y que, en el caso de la mayor, se traduce en una conducta errática y un profundo desinterés en los estudios.
Bajo la cámara de Méndez Esparza, las situaciones se producen a un ritmo lento y los giros dramáticos son siempre sutiles, lo que puede impacientar a quienes estén acostumbrados a la presentación de los personajes mucho más acelerados que se encuentran en la capital mexicana, pero que además de corresponder a una visión artística contemplativa, reproducen acertadamente el ritmo apacible de la provincia y la conducta sin premuras de sus moradores.
Nunca vemos a Pedro en Estados Unidos, durante el camino de regreso ni en medio de sus preparativos para atravesar las fronteras. No sabemos cómo llegó a Nueva York, pero intuimos que no fue con los documentos necesarios. Por lo tanto, otro factor importante de este filme es que el tratamiento del asunto migratorio resulta también novedoso, ya que en lugar de fijarse en sus conocidos aspectos técnicos, se centra por completo en las consecuencias del problema en términos personales y familiares.
Otro giro interesante es que, lejos de conformarse únicamente con la labor agrícola que se practica en el lugar, Pedro tiene ambiciones artísticas o, cuando menos, musicales. Lo único que parece haber traído del "gabacho" es un teclado electrónico, y a veces, da la impresión de que se encuentra sólo de vuelta para concretar un proyecto de cumbia que no se desarrolló del todo en la urbe estadounidense (aunque ha traído al menos un CD con su propia música).
Pese a que algunos actos del protagonista pueden parecer a veces egoístas, no hay nada que indique que Pedro es una persona inmoral ni deshonesta; de hecho, hace todo lo posible para reconectarse con sus hijas, y si lo hace muchas veces del modo en que lo hace, es porque no se le ocurre otra cosa. El momento más sublime y a la vez más simple de toda la película es una larga toma media en la que vemos a las mujeres de la familia a su alrededor, mientras lo escuchan tocar la guitarra y cantar una canción elemental que a veces no resulta demasiado apropiada para niños -a fin de cuentas, menciona cantinas, cervezas y tequila-, pero que parece demostrar una alegría y un gozo sincero por los placeres pequeños.
Unos placeres que, por cierto, se ven incrementados por los hermosos parajes que se observan a lo largo de la película, muy bien retratados por el director de fotografía rumano Barbu Balasoiu, quien logra presentarlos en su belleza natural, sin artificios que refuercen el evidente contraste con las modestas viviendas de los pobladores.
Y es que, pese al ambiente cariñoso, a la tranquilidad del entorno y a la familia necesitada de amor que encuentra a su retorno, Pedro empieza a darse cuenta de que la situación laboral no ha mejorado (y que, por ejemplo, no tiene el dinero suficiente para encargarse de su mujer cuando ésta se enferma), lo que desemboca en un final no necesariamente feliz, pero muy creíble.













