Reseñas de cine

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Dic
05

Reseña de NARCO CULTURA

Escrito por Sergio Burstein

Narco Cultura 1

Se ha hablado y escrito ya mucho sobre este tema, pero parece que se necesitaba la llegada de un cineasta israelí que ha sido fotógrafo de guerra -y que vive ahora en Nueva York- para que se pudiera plasmar sobre una pantalla de cine de modo tan contundente, temerario y logrado lo que significa formar parte de la "Narco Cultura".

En primera instancia, podría pensarse que este impresionante documental, que se estrena mañana en el Sur de California, Texas, Arizona, Washington DC e Illinois, y se exhibe desde hace una semana en Nueva York y Miami [encuentra aquí la lista de salas], está centrado únicamente en los creadores de los narcocorridos, que viven normalmente en los Estados Unidos y componen letras sobre un fenómeno mexicano; pero si bien el filme cubre esta parte, sus momentos más impactantes son los que se desarrollan en la verdadera zona de peligro, plasmados en osadas escenas que, pese a ser completamente reales, lucen -y se sienten- como si hubieran sido extraídas de un negrísimo policial.

De ese modo, más allá de lo que se ve, llama profundamente la atención la destreza visual y la valentía del director Shaul Schwarz, quien al lado de su pequeño equipo de producción, asumió una labor titánica para meterse en lugares evidentemente peligrosos y darle al espectador un acercamiento insólito a la intolerable situación de violencia que se vive en ciertas áreas de México. 

Narco Cultura posterY no hizo sólo eso, sino que, en aras de la construcción dramática, el realizador eligió y siguió de manera cercana a dos personajes auténticos relacionados al tema tratado: Edgar Quintero, un chicano que compone narcocorridos a pedido y que vive en Los Angeles; y Richi Soto, un investigador criminal radicado en Ciudad Juárez cuya vida parece estar siempre en peligro.

Filmados tanto en sus casas como en sus recorridos de trabajo y hasta en sus viajes, estos individuos -a los que se suma de manera menos exhaustiva la periodista Sandra Rodríguez- nos otorgan un tipo de acceso al problema que no se hubiera logrado, por ejemplo, con una aproximación más objetiva y un simple narrador en "off" (aunque se brinda ocasionalmente información estadística y se incluyen fragmentos del reconocido programa estadounidense "60 Minutes" para darle cierto contexto a la audiencia anglosajona).

Con su aspecto resignado y sus suaves ademanes, Soto aparenta ser la figura más trágica de un drama de ficción, aunque sea en verdad un permanente recordatorio del callejón sin salida en el que se ha convertido esta guerra. Mientras recoge los innumerables cuerpos de las víctimas asesinadas, algunos de ellos carbonizados, el investigador hace lo suyo casi por inercia, convencido de que su labor puede valerle en cualquier momento una represalia mortal, tal y como ha sucedido ya con cuatro de sus compañeros; y, sobre todo, consciente de que los crímenes que sigue quedarán impunes debido a la corrupción arrasadora que atraviesa su país.

Si el lado de quienes se juegan el pellejo al investigar las acciones de los carteles es el más fuerte, lo más indignante llega sin duda cuando se muestra a los compositores musicales. No cabe duda de que Quintero está orgulloso de lo que hace, y de que su entorno empresarial le atribuye incluso un insólito aire de legitimidad al género que promueve, comparándolo con la rebeldía del hip-hop; pero lo cierto es que, al principio de la película, se prueba que el mismo Quintero ha llamado a su grupo Buknas de Culiacán sin haber estado nunca en esa ciudad, y que colabora alegremente con el drama que se desarrolla al otro lado de la frontera debido a razones únicamente monetarias, sin entender (o querer entender) la magnitud de la desgracia.

Narco Cultura 3

Aunque no se le da realmente seguimiento, aparece por ahí El Komander, una de las superestrellas del género, que ha llegado incluso a presentarse en el Nokia Theatre de L.A. y es uno de los ídolos mayores de Quintero. El Komander figura también filmando "narcopelículas" que son luego vendidas en los Wal-Mart del Tío Sam, y su discípulo Quintero es mostrado en locales completamente abarrotados de la Unión Americana, luciendo armas de utilería y siendo celebrado por multitudes que corean unas letras donde se enaltece sin reparos la perpetración de crímenes.

Pero éste no es un asunto únicamente "extranjero", por supuesto. En otra secuencia del documental, filmada a las puertas de una escuela de Juárez, unas adolescentes manifiestan abiertamente ante la cámara de Schwarz su devoción por los sicarios. "Me gustaría ser novia de un narco", dice sin atisbo de ironía una de ellas, como si fuera simplemente fanática de algún intrascendente grupo de pop.

Esta incomprensible identificación de los narcotraficantes con seres heroicos a lo Robin Hood es lo que nos causa más frustración como observadores, aunque es necesario decir que, como buen documentalista que es, Schwarz no inclina nunca directamente la balanza hacia uno u otro lado, sino que deja que los hechos -y sus increíbles tomas- digan lo que tienen que decir sobre una situación que no es fácil de resolver, pero que podría empezar a remediarse con la ya imprescindible legalización de las drogas.

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