Reseñas de cine

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Jun
09

Reseña de LA DANZA DE LA REALIDAD (THE DANCE OF REALITY en EE.UU.)

Escrito por Sergio Burstein

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Para cualquier director comercial, dejar de hacer una película en 23 años tendría sabor a suicidio. Sin embargo, cuando estamos frente a alguien como Alejandro Jodorowsky, la perspectiva cambia, ya que además de ser considerado por muchos como uno de los realizadores fílmicos más ilustres del mundo entero, el creador chileno de 85 años no se ha limitado a hacer cine, sino que es un artista multifacético se ha desempeñado como guionista de cómics, mimo, marionetista, compositor de bandas sonoras y novelista; y lo más importante es que nunca le ha importado un pepino seguir los lineamientos dictados por la gran industria.

De hecho, la presentación mediática de "La danza de la realidad" -que ha venido estrenándose de manera paulatina en Estados Unidos según el listado que se encuentra aquí- se realizó a través de un sencillo video que encuentra al veterano maestro completamente desnudo, en consonancia con el contenido de un magnífico filme que posee momentos irreverentes, surrealistas, religiosos y, claro, mucha desnudez explícita, aunque ésta no se relacione nunca a lo sexual. Y sin embargo, en medio de su innegable rareza, se trata probablemente de su producción más accesible para la pantalla grande, al menos dentro de las que son realmente de su autoría, así como de una que tiene todo el potencial de ser designada como una obra maestra por los entendidos.

Es, también, la cinta más autobiográfica del sudamericano radicado en París, hasta el punto de que es lo primero que filma en Chile, más específicamente en Tocopilla, su pueblo de origen. Obviamente, si se conoce su línea de estilo, se sabrá ya que no hay que esperar un recuento fiel de sucesos del pasado; pero el simple hecho de que los personajes lleven los nombres y el apellido de la familia del autor, sumado a que usó a varios miembros de su familia en el reparto, revela que estamos ante un asunto profundamente personal, que además de atender al espectador con sus méritos artísticos, fue probablemente empleado por el maduro Jodorowsky para lidiar con situaciones complicadas de su propia vida espiritual.

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En vista de que la historia se relaciona directamente a sus experiencias, y pese a que no se menciona nunca la fecha, calculamos que ésta se ubica en los años '30, lo que tiene sentido cuando se nos presenta a Alejandro (Jeremías Herskovits), un niño de larga cabellera rubia que vive al lado de su padre Jaime (Brontis Jodorowsky, hijo del director) y de su madre Sara (Pamela Flores) en un país en el que, como sí lo muestra un titular de periódico, "70% de los chilenos [viven] en la miseria". Jaime es un tipo implacable, de férreas convicciones marxistas, que tiene el retrato de Stalin en la tienda de ropa que regenta, y que trata al sensible Alejandro con una dureza intolerable, ante la triste pero resignada mirada de una Sara que enuncia todos sus parlamentos cantando (Flores es una reconocida intérprete de ópera).

En medio de su tremendismo y de su intencional tendencia melodramática, "La danza" puede ser también vista como una comedia negrísima, porque en medio de sus constantes referencias a la época y a las condiciones sociales que reproduce, destila un sentido del humor que se muestra abiertamente en las hilarantes escenas en las que un enano apela a toda clase de recursos para atraer a los clientes de Casa Ucrania (la tienda de los Jodorowsky), pero que está presente también en otros pasajes, como producto de la exageración de los comportamientos de sus demás personajes (la frase "Dios no existe; te mueres y te pudres", que Jaime le repite una y otra vez a su hijo, nos resultó particularmente divertida, aunque no dudamos de que haya sido empleada en realidad por algún fanático estalinista).

Para Alejandro, este padre dictatorial es el mayor problema en su vida, sobre todo porque, a diferencia de él, y para emplear un término actual, el niño no es un "macho alfa", sino un chico temeroso y apegado a su madre que lucha de todos modos contra su naturaleza para complacer a su pariente mayor, aunque eso lo lleve en cierto momento a aceptar los golpes que éste le propina y a dejar que se le saque un diente sin anestesia, supuestamente para probar su resistencia ante el dolor. Aunque estas escenas son filmadas de modo realista, hay otras en las que se hacen presentes los recursos simbólicos, como ocurre cuando Alejandro es invitado por sus compañeros de escuela a una sesión de masturbación comunitaria en la playa que muestra a todos los niños con figuras de madera que representan sus falos (como Alejandro está circuncidado, su "juguete" es el único distinto, lo que causa que termine siendo rechazado por los demás).

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Pero el uso de estos reemplazos físicos se relaciona también sin duda a la imposibilidad legal de exhibir partes privadas infantiles, porque, en muchos otros instantes, los personajes mayores de edad aparecen como llegaron al mundo, sobre todo en el caso de Jaime (que es torturado así por agentes del gobierno) y en el de Sara (aunque lo de ella es espontáneo y voluntario, como muestra de su afán de libertad, pero también con guiños aparentes al realismo mágico). Estos exhibicionismos no corresponden necesariamente a los parámetros de la belleza tradicional, y es razonable pensar que se emplean incluso a veces con vocación de 'shock', como es el caso de la impactante ducha dorada con propiedades curativas que se entromete por ahí de modo muy gráfico; pero todo se inserta adecuadamente en la narrativa.

Sin embargo, lo interesante aquí es que, más allá de sus detalles desafiantes y de su ocasional crueldad, "La danza" se encuentra lejos de tener una conclusión negativa, lo que la aleja, por ejemplo, del profundo tono sombrío de la portentosa "Santa Sangre". De hecho, en cierto momento del metraje, el punto de vista pasa de Alejandro a Jaime, para mostrar al segundo en un recorrido personal de redescubrimiento y redención que se origina en su afán por asesinar al presidente de la república, pero que lo lleva luego a encontrar sentimientos profundos y un sentido de la tolerancia que ignoraba tener dentro de sí. Este camino tiene un acercamiento a conceptos relacionados al cristianismo que no estamos seguros de compartir, pero se encuentra plasmado con un tono tan poético e inspirado que no deja nunca de resultar cautivador, sobre todo porque su resolución no depende de motivos religiosos.

Mientras Jaime emprende esta aventura, Alejandro se queda en casa; pero nunca se encuentra realmente solo, ya que además de la presencia de su madre, y a pesar del desprecio que le manifiestan a veces quienes lo rodean debido a su procedencia judía, tiene siempre a su lado en momentos de desesperación al Alejandro mayor, interpretado por el artífice de todo esto a través de unos inspirados 'cameos' que no lucen nunca forzados. A fin de cuentas, ésta no es una danza del montón, ni de una que no requiera del dominio previo de ciertos movimientos; pero no nos cabe duda de que complacerá plenamente a quienes se entreguen a su peculiar ritmo.

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