Reseñas de cine

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Jul
10

Reseña de DAWN OF THE PLANET OF THE APES

Escrito por Sergio Burstein

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Si las superproducciones de la primera parte del año sobrepasaron tu cuota de tolerancia por el tema de los superhéroes, nublaron tus sentidos con su abuso de efectos especiales y te dejaron insatisfecho en lo que respecta a los aportes narrativos, la llegada de "Dawn of the Planet of the Apes" será para ti como un bálsamo celestial, porque se trata no sólo de una cinta que supera las virtudes de su antecesora como un exitoso encuentro entre el espectáculo hollywoodense y el cine de calidad, sino también del mejor estreno masivo de ciencia-ficción en mucho tiempo y, en realidad, de uno de los mejores filmes que hemos visto en lo que va del 2014.

En principio, el cambio de director entre la primera cinta de la presente saga, "Rise of the Planet of the Apes", que fue encomendada a Rupert Wyatt ("The Escapist"), y la nueva, que está al mando de Matt Reeves ("Cloverfield"), insinuaba una falta de definición creativa que podría haber sido perjudicial; pero lo cierto es que, en manos de este nuevo realizador, el lado sentimental se ha incrementado, sin caer por ello en lo ridículo, y la puesta en escena se ha vuelto más interesante, ayudada por un empleo de locaciones naturales que no se dio en la anterior entrega. Visualmente, casi todo impresiona, aunque debemos admitir que no quedamos demasiado entusiasmados con el uso de la 3D, pese a que la película se hizo directamente en ese formato.

Por el lado estético, "Dawn" es un auténtico paso adelante en el sentido de que aprovecha con creces la revolucionaria tecnología desarrollada en la entrega anterior por Weta Digital (la compañía que hizo ya maravillas en la saga de "The Lord of the Rings" y "Avatar") para aumentar el sentido de realismo fotográfico de sus personajes simiescos, interpretados nuevamente en los casos titulares por actores de carne y hueso que hicieron originalmente lo suyo llevando trajes con sensores especiales. Tampoco decepciona la gran batalla final entre los simios y los humanos (no nos digan que no la preveían), filmada con una intensidad y una destreza que aluden a la vez a los mejores relatos del 'western' y del combate medieval.

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Pero toda esta parafernalia no importaría mucho en términos de trascendencia si es que no estuviera acompañada por un brillante tratamiento argumental, producto no sólo del trabajo de Mark Bomback como guionista, sino también del mismo Reeves, quien exigió ciertos cambios destinados a que la transición entre las distintas cintas resultara más fluida y razonable, haciendo por ejemplo que los simios manejaran el lenguaje hablado de manera limitada, a diferencia del tratamiento original para esta secuela. De ese modo, las criaturas se encuentran en un proceso de evolución, y no se han convertido todavía en las personalidades capaces de manejar una sociedad completa que serán más adelante, como lo sabe ya cualquiera que se encuentre mínimamente familiarizado con esta mitología.

"Dawn" se desarrolla 10 años después de "Rise", en un momento en que la población humana ha sido seriamente diezmada por "la fiebre de los monos", lo que ha producido que muchos de los supervivientes le echen la culpa de todos sus males a los susodichos, pese a que la epidemia provino en realidad de la experimentación de laboratorio de los miembros de su propia especie. Los humanos son ahora minoría; su acceso a las armas les brinda todavía ventaja, pero también el riesgo de meterse en problemas indeseados, como ocurre cuando un grupo de ellos se topa con un contingente de simios y le dispara a uno, dejándolo herido.

Justamente, el grupo afectado es el que se encuentra liderado por Caesar (Andy Serkis), el primate evolucionado que encabezó una gran rebelión en "Rise", y que se ha asentado ahora como un jefe firme pero prudente que tiene una familia, lo que lo ha llevado a adoptar una postura menos beligerante en relación a los humanos. Sin embargo, hay un agente de desacuerdo en la ecuación, Koba (Toby Kebbell), que apareció también en la película pasada, pero que ahora parece empeñado en desatar su resentimiento ante la menor provocación, y que pese a su fidelidad inicial hacia el que se encuentra al mando, irá dando cada vez mayores muestras de desacuerdo agresivo.

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Por ese lado, Koba es lo más cercano que tenemos a un villano en las filas simiescas, respaldado por una fealdad indiscutible que no lo hace grato a la vista. Pero su conducta viene de algún modo justificada por las torturas que le infligieron los humanos una década atrás, y sus tácticas para derrotar a los que considera sus enemigos mortales no se encuentran desprovistas de humor, como ocurre cuando adopta los ademanes de una mascota juguetona para desarmar y liquidar a un par de guardias incautos. Los contrincantes tienen igualmente su cuota de hostilidad, por supuesto, pero ésta viene también normalmente definida por cuestiones prácticas de supervivencia, incluso en el caso de Dreyfus (Gary Oldam), el líder de los humanos, quien tiene muy en claro que el único acceso al resto del mundo pasa por el territorio de los otros.

Hay algunos que se encuentran dispuestos a hacer todos los esfuerzos necesarios para que los trámites se desarrollen de modo pacífico, como Malcolm (Jason Clarke), quien en lugar de querer arrasar con los monos para llegar a la meta buscada, se pone al frente de una misión potencialmente suicida para reestablecer el contacto con Caesar y convencerlo de dejarlo trabajar en el bosque con el fin de reparar la central eléctrica que los sacaría literalmente de la oscuridad. Pero las cosas no saldrán como estaban planeadas, ya que si bien estamos ante una cinta del género fantástico, lo que termina ocurriendo sigue la triste ruta de lo que pasa en la realidad cuando la intolerancia entre dos facciones se impone.

En lo que respecta a los humanos, el que mejor recuerdo deja es Malcolm, interpretado por un Clarke que hace un papel inmensamente más sensible que el del implacable agente de la CIA que le tocó en "Zero Dark Thirty". Por el lado de Oldman, que está lidiando ahora mismo con su propia cuota de vergüenza personal tras una polémica entrevista en la que defendió a Mel Gibson y Alec Baldwin, lo suyo se queda a medio camino, más por la brevedad de su participación que por su falta de talento.

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Pero lo más deslumbrante llega en el bando opuesto, cuyos participantes tuvieron que llevar nuevamente trajes con sensores especiales para que los especialistas digitales los transformaran en los fantásticos seres que aparecen en la pantalla. Hay que empezar por Serkis, quien mantiene y desarrolla incluso la senda artística de la cinta anterior, representando a un Caesar que se encuentra quizás privado del sentido de sorpresa para el espectador que tuvo en la primera entrega, pero que se muestra más maduro y exhibe una sorprendente gama de emociones al enfrentarse a situaciones que ponen a prueba distintos aspectos de su naturaleza.

No sería justo olvidarse de Kebbell, cuyo Koba, como ya lo hemos dicho, es un tipo amenazante y poco simpático, pero también un combatiente decidido que cree que dar un paso atrás puede significar la desaparición de los logros obtenidos por su especie. Y en lo que corresponde a la ficción cinematográfica, debemos agradecer que piense de ese modo, porque le da pie a un profundo sentido de tensión dramática a una cinta que, además de su potente carga emocional y de sus complejas alegorías sociales, incursiona generosamente en los terrenos épicos durante sus escenas culminantes.

Comentarios   

 
Guest
0 # Guest 21-07-2014 23:35
Sospecho que el autor de esta reseña no va a publicar mi comentario: lo único que quiero señalar es que escribe cada vez mejor
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