Reseñas de cine

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Feb
19

Reseña de THE WITCH

Escrito por Sergio Burstein

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En lo que respecta a los personajes considerados ya como sobrenaturales, las brujas ocupan un lugar especialmente escalofriante debido a que muchos creían sinceramente en su existencia; sin embargo, por una u otra razón, ellas mismas no han sido empleadas de manera adecuada en el cine de terror. Claro, han aparecido de un modo u otro en incontables encarnaciones del género, pero la verdad es que los recuerdos más inmediatos que se vienen a la mente cuando se piensa en ellas corresponden a películas de Disney o a comedias, desde “The Witches of Eastwick” hasta “Las brujas de Zugarramurdi”, pasando por “The Witches”.

“The Witch” se estrena este viernes en Estados Unidos con ansias de remediar esa falta mediante un relato cuya temperatura va subiendo de manera progresiva, a un punto tal que resultará probablemente agotador para muchos espectadores, pero que logra algo que no está necesariamente garantizado en las cintas contemporáneas del género: generar auténtico miedo mientras desarrolla una historia inesperadamente original que cuenta además con una puesta en escena de gran altura.

Para ello, el director y guionista Robert Eggers, quien debuta en el largo, apela a un sentido del realismo diametralmente opuesto al tono claramente fantasioso que poseen otras producciones sobre el mismo tema, lo que nos traslada de modo particularmente eficiente a los tiempos y al lugar retratados, los inicios del siglo XVII en Nueva Inglaterra, para ponernos al lado de una familia puritana (no es un eufemismo) que se enfrenta a peligros francamente abismales.

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En ese sentido, Eggers parece haber hecho todos los esfuerzos posibles para que el relato se sienta auténtico, hasta el punto de tomar la decisión de que sus personajes hablen en un inglés antiguo que acentúa la impresión buscada, pero que dificulta permanentemente la compresión de los diálogos así se sea anglosajón de origen; ya imaginarán el problema que eso nos causó al haber visto el filme sin subtítulos. Por fortuna, en medio de toda su ambigüedad, la historia que se cuenta no es extraordinariamente complicada, sino más bien minimalista, y depende en buena medida de las imágenes, aunque sentimos que la circunstancia descrita limitó nuestra comprensión de las motivaciones de sus participantes.

Pero no hay que esforzarse mucho para entender que estamos ante un clan que ha decidido vivir alejado de otros grupos humanos debido a sus propias convicciones religiosas y que, por ello mismo, se encuentra expuesto a los peligros naturales de la zona rural en la que vive, aunque Eggers deja en claro desde los primeros minutos que el bebé de la pareja principal que ha desaparecido no fue robado por una criatura salvaje, sino por una figura grotesca que se encuentra preparando algún tipo de pócima (esto ocurre en la segunda escena, por lo que no lo calificaríamos de “spoiler”).

Así, se sientan desde el comienzo las bases de un relato en el que la amenaza se encuentra directamente planteada, pero que se empeña en no dar respuestas fáciles al plantear una dinámica en la que los miembros de la familia tienen personalidades contrastadas y asumen las circunstancias de maneras distintas, sobre todo en el caso de la adolescente Thomasin (Anya Taylor-Joy) y de su hermano un poco menor Caleb (Harvey Scrimshaw), cuyos acercamientos físicos combinan a veces la inocencia infantil con el despertar de la sexualidad, como se demuestra en una lograda escena al borde del río que se encuentra lejos de ser escandalosa, pero que no desentonaría en la filmografía de un osado cineasta francés.

Por ese lado, la película plantea un interesante comentario sobre las consecuencias de la represión religiosa y el fanatismo que no llega a desarrollarse demasiado, sobre todo por la edad de los intérpretes (fuera de Ralph InesonKate Dickie, los actores que interpretan a los padres, Taylor-Joy era la única que había cumplido los 18 años cuando se inició el rodaje), pero que le otorga a la trama una cualidad simbólica suficiente como para superar el simple cuento de horror sin pretensiones de ningún tipo.

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Esto se ve reforzado por el impresionante nivel de las actuaciones, empezando por la de Taylor-Joy, una muchachita de ascendencia argentina y española pero de aspecto nórdico que asume la complejidad del rol con increíble entereza, y siguiendo con la de Scrimshaw, quien está absolutamente brillante tanto en los momentos en que se insinúa el despertar de las hormonas de su personaje como en una secuencia de posesión digna de pasar a la posteridad. El rubro interpretativo se encuentra tan bien tratado que uno empieza a preguntarse cómo es que Eggers logró algo de esta clase en su ópera prima, hasta que se sabe que el realizador estadounidense contaba con una amplia experiencia en el mundo del teatro al emprender este proyecto.

Para la vivaz y preciosa Thomansin, ser tan joven y tan lozana en un círculo social tan reducido, tan amargado y tan lleno de prejuicios como el que la cobija es una receta para el desastre, y si se suma a ello la broma que le hace a su hermana pequeña -en la que se hace pasar por una bruja debido a un simple arrebato de rebeldía-, es de esperar que quienes la rodean terminen viéndola con una desconfianza cada vez mayor; pero, en esta historia, el fin para ella no será necesariamente la hoguera, ni quienes se encuentran a su alrededor serán necesariamente lo que aparentan ser, incluyendo a los animales de la granja (no se olviden de este nombre: Black Phillip).

Con su pausado discurrir (no faltarán quienes la describan como una “slow-burn movie”) y sus planos cuidadosamente compuestos (hay incluso referencias directas a imágenes propias del cristianismo y del satanismo), “The Witch” sería probablemente una cinta extremadamente contemplativa si no luciera tan bien y no lograra ofrecer tanta tensión y tantas promesas del advenimiento de una desgracia como lo hace. Lo logra además con una contención que no deja de lado los momentos brutales -sobre todo en sus últimos minutos-, pero que no abusa nunca del ”gore”. No lo necesita, porque lo que cuenta es lo suficientemente perturbador como para quitarnos el sueño… o, por lo menos, meternos en una larga conversación tras abandonar la sala.

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