Reseñas de cine

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Jun
11

Reseña de THE CONJURING 2

Escrito por Sergio Burstein

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A estas alturas, James Wan está lejos de ser un cineasta de perfil bajo, como lo demostró su designación como director de la superproducción “Furious 7” (2015), la misma que, en medio de su concordancia estricta con los parámetros comerciales de la industria, se encontraba estupendamente filmada. Pero eso no quiere decir que el realizador de ascendencia asiática se encuentre dispuesto a abandonar sus raíces en el terror de bajo presupuesto.

Y “The Conjuring 2”, secuela de una cinta del 2013 que se hizo por muy poco y que recaudó mucho, es la mejor prueba de ello, aunque cuenta con un presupuesto que duplica el de su antecesora y no deja nunca de emanar un saborcito a ‘mainstream’ que los amantes del género en sus vertientes más independientes no recibirán probablemente con demasiada simpatía. Claro que Wan es lo suficientemente talentoso como para sacar adelante un proyecto de esta clase y, sobre todo, para hacer que luzca estupendamente, al implementar una puesta en escena ciertamente superior a la anterior y lograr varias escenas en las que uno no puede evitar brincar del asiento.

El terreno es conocido, sobre todo en lo que respecta a los protagonistas, Ed y Lorraine Warren, la pareja de investigadores paranormales que es interpretada por los excelentes actores Patrick Wilson y Vera Farmiga. Pero el escenario cambia, ya que se los traslada ahora a Inglaterra, donde deben encargarse de confirmar si los reclamos de una mujer soltera con varios hijos sobre la presencia de entidades maléficas en su casa es cierta y amerita la intervención de una iglesia que no quiere involucrarse directamente en un caso hasta que éste no confirme el sello satánico de rigor.

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Como ya estamos familiarizados con estos esposos, el guión (acreditado hasta a cuatro personas: Chad Hayes, Carey Hayes, James Wan y David Leslie Johnson) toma la saludable decisión de expandir sus conflictos, con un Ed cada vez más disgustado por las burlas que se le hacen a su trabajo y una Lorraine asustada por todo lo que ha visto y, por ello mismo, firmemente tentada al retiro. No podemos culparla: para probar que sus temores no son infundados, la película empieza con una memorable escena en la que se reproducen los célebres eventos de Amityville (que motivaron ya otra serie fílmica) y en la que Lorraine, gracias a un trance espiritual, se pone en la piel del asesino que mató a toda su familia con un rifle.

Armado de cortes precisos, de planos aberrantes y de los maravillosos ojos verdes de Farmiga, Wan genera una atmósfera profundamente inquietante y digna de la clasificación R, aunque no se puede decir lo mismo de lo que viene después, cuando el director decide tomar una ruta más propia de los sustos de la vieja escuela, como es el caso de la escalofriante escena que enfrenta a un niño con una tienda de campaña y un camioncito de juguete que se niega a dejar de funcionar.

En ese sentido, el argumento entero transcurre durante los ‘70, por lo que, gracias a Dios, no hay artilugios modernos en la palestra; y esto mismo se presta para un momento cargado de comicidad en el que, luego recibir entre sus manos una cámara nueva, Ed exclama: “¡Es tan pequeña y ligera!”, pese a que es evidente que le cuesta cargarla y que, en nuestros días, el aparato de marras sería considerado un mastodonte intolerable.

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Todo esto está muy bien, ya que se presta para darle a la cinta una sensibilidad que no tienen otros trabajos más duros de la misma escuela; pero no es algo que se desarrolle realmente de manera correcta a lo largo de la trama o, al menos, en concordancia con las expectativas que había despertado en nosotros, porque, al menos en el caso de los Warren, termina conduciendo a un mensaje romántico de lo más simplista, lo que no se ve ayudado en la segunda parte -porque la primera es casi impecable- por esa clase de decisiones de los personajes que un relato inteligente evitaría, como meterse a reparar algo en un sótano en medio de una infestación de demonios.

Como es también el caso en estos trabajos que dependen de sagas, las criaturas -o como quieran llamarlas- no parecen tener un origen definido y poseen aspectos tan vistosos como arbitrarios (es aquí donde se nota más el incremento del presupuesto), por lo que los mejores momentos terminan siendo justamente los que las ocultan por completo mientras muestran a cambio sus actos de intimidación a través de recursos que no dependen tanto de los efectos digitales ni de la inversión masiva de dinero.

Pero cada vez que empezamos a perder la fe en la eficacia de lo que vemos, Wan nos sorprende con alguna joyita visual, como la toma en la que Lorraine se sienta en un columpio para hablar con una pequeña desolada y la secuencia en la que Ed alivia los temores de todos los presentes al tomar una guitarra y entonar el tema “Can’t Help Falling in Love” de Elvis Presley, lo que podría ser visto por algunos como un recurso fácil de manipulación, pero es en realidad un detalle inusualmente tierno para una historia de esta clase.

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