Reseñas de cine

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Dic
21

Reseña de NERUDA

Escrito por Sergio Burstein

Neruda

La sensación que surge cuando uno se entera de que un gran director ha decidido llevar a la pantalla grande la vida de un gran artista es curiosa, porque llega tan marcada por el interés en ver el modo en que el realizador se enfrentará a un reto de tales dimensiones como por el rechazo natural que se siente ante la posibilidad de que se arruine la memoria de la figura representada. En ese sentido, “Neruda”, que se acaba de estrenar de manera limitada en los Estados Unidos, ofrece mucha madera que cortar.

En primer lugar, se encarga de traer nuevamente al plano de los mortales a una de las eminencias mayores de la literatura latinoamericana, así como un sujeto que abogaba abiertamente por la todavía controvertida causa comunista, todo de la mano de Pablo Larraín, un (relativamente) joven cineasta chileno que se crió en el seno de una familia derechista pero que, además de haber probado su talento como realizador en más de una ocasión, ha demostrado en su obra una postura ideológica muy distinta a la de esta crianza, como lo prueba sobre todo su cinta “No” (2012), enfocada en la campaña mediática que terminó sacando del poder al dictador Augusto Pinochet.

En segundo lugar, se aleja completamente del típico ‘biopic’ para librarse de las restricciones habituales del género -empezando por la necesidad de resumir una existencia entera en un par de horas-, pero para enfrentarse en cambio a la ira de las numerosas personas que idolatran a su objeto de estudio y para las que cualquier aparente desviación de la verdad es poco menos que un crimen. En otras palabras, el “Neruda” de Larraín está muy lejos de ser un intento por retratar al poeta en términos realistas.

Neruda 2

Eso tampoco quiere decir que estemos ante una película absolutamente experimental e inexpugnable; de hecho, su primera parte adopta un estilo razonablemente convencional para ubicarnos de manera convincente a fines de los años ‘40, cuando Neruda pasó de ser un senador de la república particularmente revoltoso a convertirse en un auténtico prófugo del sistema, luego de que el presidente Gabriel González Videla declarara ilegal al comunismo y de que el intelectual leyera públicamente el implacable manifiesto de “Yo acuso”, como se recrea en una impactante escena temprana del filme.

Por ese lado, no hay duda del camino histórico que se traza; las distorsiones comienzan con la introducción del personaje de Oscar Peluchonneau, quien no se encuentra registrado en los archivos a pesar de aparecer en este relato como el principal policía a cargo de la captura de Neruda, y que a pesar de ser incluso el que maneja la voz en off con la que se conduce la historia, demuestra poco a poco ser un narrador tan poco fiable como improbable, lo que empieza a tener sentido cuando se incrementa su participación en sucesos absurdos y, sobre todo, cuando él mismo declara que teme ser simplemente un personaje secundario en la obra del poeta.

Por otro lado, lejos de ser presentado como un ser inmaculado, Neruda aparece como un sujeto con gustos burgueses que comete más de un exabrupto durante sus frecuentes borracheras, que no trata siempre con respeto a la esposa que lo adora, que se siente feliz rodeado de prostitutas y al que le gusta asistir a fiestas decadentes en las que no solo circulan los homosexuales, sino que lo encuentran a veces enfundado en atuendos de evidente ambigüedad. Larraín tampoco trata de disimular la legendaria monotonía de su declamación, sobre todo cuando, bajo exigencia de los fans, no le queda más que repetir hasta el cansancio su poema número 20 (ése que empieza con “puedo escribir los versos más tristes esta noche”), mientras que sus urgencias del momento eran mucho más sociales.

Neruda 3

Pero no parece haber aquí un intento por arrebatarle méritos al bardo, sino simplemente por darle un carácter profundamente humano que no depende solo del guión de Guillermo Calderón, sino también de la estupenda actuación de Luis Gnecco, quien ha participado en varias películas y series latinoamericanas, pero que parece haber nacido para ponerse en la piel del literato. Y, claro está, Peluchonneau es interpretado por Gael García Bernal, el reconocido actor mexicano que protagonizara “No” y que, además de volver a asumir con destreza el complicado acento chileno (al menos para quienes no somos de ese país), recurre a una interpretación mucho más basada en el misterio y en la actitud física que en las acciones demostrativas, sin dejar de lado unos curiosos y discretos recursos del humorismo.

Está claro que Larraín es un creador interesado en la política y partidario de los cambios sociales, y eso se nota constantemente en su obra; pero es ante todo un cineasta deseoso de explorar las posibilidades que le brinda la disciplina que maneja, y en el caso de “Neruda”, esto se traduce en un recorrido por vertientes que incluyen al cine negro, al policial, al ‘thriller’, al western y hasta a la comedia, planteando de ese modo un nivel de estilización completamente distinto al de “No”, en la que se emplearon cámaras de video intencionalmente viejas para reproducir la estética televisiva de los ‘80.

No todo parece cuajar en “Neruda”, debido sobre todo a una confluencia de géneros que genera tanta fascinación como desconcierto y a unas revelaciones argumentales que son muy originales, pero provocan también confusión con respecto a lo que se quiere decir. Sea como sea, el resultado, plenamente imbuido en el espíritu del metalenguaje y marcado por una impresionante puesta en escena, es sin duda mucho más gratificante que el que se hubiera obtenido en el caso de seguir una ruta mucho más segura y pueril que traicionara la complejidad del representado.