Reseñas de cine

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Feb
17

Reseña de A CURE FOR WELLNESS

Escrito por Sergio Burstein

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La carrera del director Gore Verbinski ha estado normalmente inclinada hacia los terrenos del cine más comercial, como lo prueba su amplia participación en la saga fílmica de “Pirates of the Caribbean”; pero no hay que olvidar que se encontró también detrás de “Rango”, una cinta animada que poseía intenciones claramente artísticas y que no era precisamente convencional.

Sin embargo, al hablar de “A Cure for Wellness”, resulta inevitable hablar de “The Ring", ‘remake’ de una producción japonesa de terror que, sin dejar de ser completamente ‘mainstream’, funcionó debido al ingenioso manejo visual del realizador y a su habilidad para combinar los elementos cinematográficos en favor de la imposición del miedo, es decir, lo mismo que sucede con esta nueva película, en la que encontramos diversos problemas narrativos, pero también momentos estremecedores y que, sobre todo, una de esas puestas en escena que piden a gritos su apreciación sobre la pantalla grande.

Esto es particularmente interesante porque, a diferencia de “Pirates”, “A Cure” no califica realmente como una superproducción llena de interminables efectos digitales ni de incontables locaciones, aunque, debido a su amplia experiencia en el rubro, Verbinski se las arregla para que todo luzca mucho más grande de lo que podría haber lucido. Como él mismo nos lo contó durante una entrevista reciente, pese a que el relato se desarrolla en un solo lugar, se filmó realmente en cuatro zonas distintas para lograr esa sensación de extensión especial que la caracteriza, y que para nosotros es uno de los aspectos más fascinantes del séptimo arte.

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La primera escena de la cinta, en la que se ve a un hombre de cierta edad que sufre un ataque al corazón y muere en medio de una oficina completamente desierta (lo que significa que ha estado sumando muchas horas extra), indica ya de algún modo por dónde irá esto, lo que se acentúa poco después con la presentación de Lockhart (así, solo con el apellido), un joven ejecutivo de Wall Street que, luego de ser acusado de estafa por un comité directivo absolutamente impasible, acepta viajar hasta los alpes suizos para dar con el paradero de Pembroke (Harry Groener), el presidente de su empresa, quien se niega a regresar a Nueva York para asumir sus responsabilidades.

Pembroke es uno de los pacientes de un centro de salud regentado por el aparentemente encantador Dr. Volmer (Jason Isaacs) que se encuentra dentro de un impresionante castillo, ubicado en la cima de una montaña, y que parece tener horarios muy estrictos de visita, por lo que, luego de fracasar en su primer intento para reunirse con su jefe, Lockhart decide regresar al pueblo a pasar la noche. Nunca lo logra, porque un venado se le cruza en el camino, provocando un aparatoso accidente automovilístico que lo deja inconsciente.

Lo bueno viene después, cuando Lockhart despierta con una pierna enyesada y, muy a su pesar, descubre que se ha convertido en involuntario paciente de un lugar que esconde más de un secreto y no tiene necesariamente intenciones positivas en lo que respecta a sus visitantes. Por ese lado, la cinta es bastante predecible, y si bien el giro final podría considerarse sorpresivo, lo es simplemente porque parece corresponder a un recurso propio de la serie B que no encaja del todo en la propuesta general del relato, aunque a nosotros nos resultó entretenido.

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Esos no son los únicos problemas del guión de Justin Haythe (“Revolutionary Road”, “The Lone Ranger”), que es demasiado sencillo para sus pretensiones y tiene además varios vacíos de lógica, pero que no arruina del todo una cinta que se disfruta por su logrado sentido de la atmósfera y el modo meticuloso en que cuida cada detalle estético, bajo la evidente influencia del maestro Stanley Kubrick y, más específicamente, de “The Shining”, aunque detectamos igualmente tributos a “Shock Corridor”, de Samuel Fuller, y a “Marathon Man”, de John Schlesinger (esto último durante una escena ‘de dentista’ que pone los pelos de punta). También hay semejanzas con la “Shutter Island” de Scorsese, pero sentimos que eso fue completamente involuntario (y que tiene que ver con el hecho de que DeHaan luce aquí como DiCaprio).

Sea como sea, no podemos condenar a una película que le da un papel tan prominente y tan misterioso como el que le da a Mia Goth, quien tuviera un contundente debut en la actuación gracias a la “Nymphomaniac” de Lars Von Trier, y que aquí se pone en la piel de Hannah, la paciente más joven del centro, así como la única persona con la que Lockhart es capaz de conectarse emocionalmente debido a la extraña vulnerabilidad de la muchacha y a la cercanía generacional que tiene con ella.

Como lo demuestra la segunda foto aquí publicada, que es también la que se ha empleado en el afiche oficial de la película, Verbinski no desaprovecha la buena voluntad de la intérprete inglesa-brasilera para mostrar mucha más piel de la que hubiera probablemente mostrado una actriz estadounidense de cierto perfil mientras sigue exhibiendo un aspecto adolescente que le da cierto aire perverso al asunto entero; pero no es lo único que ella hace, ya que además de tener una presencia que se presta perfectamente para un trabajo de esta clase, se las ingenia para darle a Hannah una personalidad llamativa.

Por el lado del género, y más allá de los numerosos detalles visuales que contiene, “A Cure” recurre en su narrativa a un pasado ominoso que relaciona este ‘spa’ a un desquiciado barón que se casó con su propia hermana para preservar el linaje y que, tras descubrir que ésta era estéril, empezó a hacer siniestros experimentos con los aldeanos, los mismos que, en venganza, decidieron levantarse y quemar el castillo. Esto da excusa para hablar de más referencias, por supuesto; y aunque el resultado termina siendo una suerte de compendio mucho menos disciplinado que la parte visual y demasiado largo (los 146 minutos son ciertamente excesivos), los fans del terror tienen aquí suficientes elementos de provecho como para pasar un buen rato.

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