Reseñas de cine

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Feb
28

Reseña del OSCAR 2017

Escrito por Sergio Burstein

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La edición número 59 de los Premios de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas será recordada por varias razones, pero la principal será sin duda el histórico error cometido en el momento menos adecuado y más difícil de olvidar, es decir, el del anuncio del premio más importante de la ceremonia, correspondiente al de Mejor Película. Sin embargo, y más allá del razonable escándalo, lo interesante del caso es que ese mismo suceso terminó relacionándose directamente con la discusión sobre la diversidad que resultó esencial en el evento de este año.

Y es que después de que la ceremonia del 2016 fuera duramente cuestionada por su falta completa de nominados afroamericanos en las categorías de actuación, generando con ello el peligroso hashtag #OscarsSoWhite, la Academia prometió alteraciones en su formación y un deseo de cambio que, de hecho, se tradujo este año en seis nominados directos y en la inclusión de varios títulos con historias íntimamente vinculadas a la misma comunidad, entre los que se contaron “Fences”, “Hidden Figures” y, por supuesto, “Moonlight”.

Pese a que los productores de “La La Land” y de “Moonlight” parecen estimarse y respetarse por encima de lo habitual, no ha sido un secreto para nadie que sus películas representan no sólo escuelas cinematográficas muy distintas (la del ‘mainstream’ vs. la del cine independiente), sino también que sus respectivos fans se enfrascaron en discusiones bastante altisonantes en las últimas semanas debido al espíritu que cada una representa. De ese modo, y a pesar de contar con representantes de la raza negra, la primera es vista por sus detractores como un tributo de los blancos a tiempos del pasado que sólo fueron mejores para los de su color de piel, mientras que la segunda apunta a la revalidación no de uno, sino de dos grupos oprimidos: el de la gente de color y el de los homosexuales.

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Personalmente, la peleíta se me ha hecho bastante pesada. Reconozco que “La La Land” puede parecer un trabajo particularmente desconectado de los tiempos urgentes que vivimos, y además de inclinarme mucho más hacia el ‘indie’ que hacia lo comercial, no soy precisamente un devoto de las comedias románticas; pero sigo sintiendo que la cinta con Ryan Gosling y Emma Stone tiene una puesta en escena espectacular, que su homenaje a los antiguos musicales tiene una actitud revisionista que la hace novedosa y que la encantadora Stone –crucifíquenme- se merecía el premio a la Mejor Actriz que recibió.

Claro que no se lo merecía más que la francesa Isabelle Huppert, quien debió ganar la categoría debido a su extraordinario trabajo en “Elle”, la desafiante cinta de Paul Verhoeven que, de hecho, debió no sólo ser nominada en el rubro de Mejor Película Extranjera, sino haberse llevado esa estatuilla a casa. Lo interesante en este caso es que, si bien disfruté por lo general de los largometrajes de ficción que sí resultaron nominados (los he visto todos), no quedé realmente fascinado con ninguno, y eso incluye no sólo a “The Salesman” de Ashgar Farhadi, que es estupenda pero tiene un final poco creíble, sino también a “Manchester by the Sea”, que es un gran filme, sí, pero que me resultó excesivo y hasta forzado en el lado trágico; además, no estoy seguro de que me haya gustado más la labor de Casey Affleck (quien se llevó el Oscar al Mejor Actor por “Manchester”) que la de Denzel Washington (quien fue nominado en el mismo apartado por “Fences”).

Sea como sea, cuando se anunció que “La La Land” era la ganadora del trofeo a la Mejor Película, sentí claramente una decepción y no participé en la algarabía que se armó en la sala de prensa del Teatro Dolby en la que me encontraba, lo que atribuí en parte al tedio que me había producido la larguísima ceremonia (duró casi cuatro horas), pero tuvo también que ver con la sensación de que, finalmente, los blancos habían seguido celebrando a los blancos. Sin embargo, al cambiar las cosas, no quedé sólo anonadado ante el histórico error (¡pobres Warren Beatty y Faye Dunaway!), sino que aplaudí con entusiasmo al lado de la mayoría de mis colegas procedentes de distintas partes del mundo, porque lo sucedido, además de ser un escándalo, parecía un acto de justicia poética debido a que “Moonlight” es una película que, sin ser una obra maestra (sus clichés resultan demasiado evidentes como para ignorarlos), es ciertamente hermosa, así como una producción absolutamente necesaria para los tiempos que vivimos.

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Estoy seguro de que lo sucedido fue una metida de pata descomunal y no un sabotaje o una acción deliberada por parte de la Academia para llamar la atención, como dicen los eternos teóricos de la conspiración, y sé que este giro terminó provocando toda clase de emociones en los presentes, lo que no es necesariamente negativo; pero hay algo que me molesta particularmente del asunto, y no es necesariamente que la Academia sea capaz de cometer una falla de estas dimensiones mientras le exige a todos los periodistas que lleven ‘smoking’ -pese a que no aparecen jamás en cámara- y que, en esta ocasión, le haya quitado la posibilidad de tener mesas a quienes decidieron no pagar sus excesivos servicios de Internet inalámbrica -esto nunca había sucedido, y me obligó a trabajar con la ‘laptop’ sobre las piernas-.

No; lo que más me molesta es que esta confusión, que fue demasiado visible y prolongada, terminó dándole la risa final al infame Donald Trump, quien había sido fustigado insistentemente a lo largo de la velada, aunque no necesariamente por los ganadores -ellos se mostraron demasiado tibios en sus discursos de agradecimiento-, sino por el maestro de ceremonias Jimmy Kimmel, quien hizo un trabajo de lo más decoroso hasta que se le ocurrió meter a un grupo de turistas al auditorio y perder descaradamente el tiempo con chistes dirigidos a Matt Damon y al consumo de comida por parte de su privilegiada audiencia.

Kimmel fue excesivo en sus bromas contra el magnate, sí, pero lo justificamos, porque el tipo se merecía en realidad mucho más. Curiosamente, por el lado de los que hablaron en el podio, el más enfático en cuanto a temas políticos fue el actor Gael García Bernal, quien no estaba nominado (como tampoco lo estuvieron sus películas “Desierto” y “Neruda”, que trataron de colarse en la categoría de Mejor Película Extranjera), pero que aprovechó su puesto de presentador para dar un mensaje “como mexicano, como latino y como ser humano” contra el muro que se planea construir.

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De todos modos, lo más relevante en este sentido fue la carta enviada por el iraní Farhadi, quien no asistió al evento como acto de protesta ante la prohibición de entrada a los Estados Unidos para personas procedentes de países musulmanes, pero cuyas palabras resonaron en el podio tras el triunfo de “The Salesman” como Mejor Película Extranjera al ser leídas por una representante suya. “Dividir al mundo entre ‘nosotros’ y ‘nuestros enemigos’ crea temor y es una justificación indebida para la agresión y la guerra”, dijo el contundente comunicado. "Los que hacen cine pueden usar sus cámaras para capturar las cualidades humanas que compartimos y romper estereotipos de nacionalidades y religiones. Crean empatía entre nosotros y los demás, y ésa es una empatía que necesitamos ahora más que nunca".

Por el lado musical, los trámites siguieron la ruta de rigor, es decir, la de favorecer presentaciones de tinte pop sin demasiado vuelo, empezando por la interpretación de “Can’t Stop the Feeling”, la canción de la cinta “Trolls” que estuvo a cargo de Justin Timberlake. El ‘nuyorican’ Lin-Manuel Miranda hizo al menos el esfuerzo de inventarse un segmento de rap como prólogo de su tema “How Far I'll Go”, procedente de “Moana”; pero John Legend no brilló demasiado al asumir la presentación de las dos composiciones nominadas de “La La Land” -incluyendo a la ganadora “City of Stars”-, que debieron haber estado en manos de sus intérpretes originales, Gosling y Stone.

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