Reseñas de cine

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Mar
09

Reseña de KONG: SKULL ISLAND

Escrito por Sergio Burstein

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Convertido en un auténtico icono cinematográfico desde su lejano debut en la pantalla grande, King Kong es no solo uno de los monstruos más rentables de la Historia, sino también uno que puede ser resucitado convenientemente cada cierto tiempo debido a que sus dimensiones y su mitología apuntan en línea directa a la espectacularidad, lo que permite el aprovechamiento exhaustivo de los avances tecnológicos que tanto se precia en mostrar la industria hollywoodense.

Pese a lo dicho, se puede decir con toda justicia que la mejor versión de esta historia es la primera, es decir, la de 1933, que se filmó cuando los efectos especiales se encontraban todavía en pañales, pero que estuvo marcada por un extraordinario sentido de la creatividad que la ha convertido en un clásico absoluto. Sin embargo, cuando se trata de llevar la aventura a tiempos contemporáneos o recientes, la artillería pesada no suena como una mala idea, como lo prueba “Kong: Skull Island", donde los méritos mayores -y lo que debe llevarte a ver esta película en una sala de pantalla enorme- le corresponden a los trucos digitales, que son absolutamente espectaculares y justifican de por sí el precio de la entrada.

En ese sentido, la puesta en escena es tan ambiciosa que no puede dejar de sorprender que le corresponda a Jordan Vogt-Roberts, un director estadounidense que, en el plano de los largometrajes de ficción, solo había hecho anteriormente el logrado drama ‘indie’ “The Kings of Summer” (2013). Tendríamos que ser demasiado ingenuos para creer que el hombre fue el responsable directo de todas las maravillas visuales que circulan por aquí, pero lo cierto es que ha logrado rodearse del talento adecuado; y sabemos también que fue idea suya filmar en múltiples locaciones reales para crear su propia Isla Calavera, en lugar de recurrir indiscriminadamente a las típicas pantallas verdes.

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Esta decisión se tradujo en un rodaje de cinco meses que atravesó los territorios de Vietnam, Hawái y Australia, y que tiene que haber sido extenuante para todos los involucrados en el proyecto, pero que termina dándole una vitalidad muy particular a una cinta que no aburre nunca, como lo demuestra el hecho de que se siente mucho menos larga de lo que realmente es (dura 118 minutos).

Por otro lado, si bien Kong fue anunciado en la versión original de los años ‘30 como “la Octava Maravilla” ante los habitantes ficticios de Nueva York, no debe creerse que la entrega entera del 2017 posee ese mismo carácter, ya que falla en un área esencial: la del guión. Eso no es culpa exclusiva de Vogt-Roberts, por supuesto, ya que el texto fue colocado en las manos de tres autores (Dan Gilroy, Max Borenstein y Derek Connolly), lo que suele ser un mal síntoma; pero nos sorprende realmente que Warner Bros., el estudio productor, haya dejado las cosas a la deriva en el plano narrativo y, sobre todo, en lo que respecta al desarrollo de los personajes, sobre todo cuando puso un cuidado tan particular en la calidad técnica.

Estas deficiencias logran no sólo que nos importe poco la suerte de las figuras humanas que participan y que se desperdicie el fenomenal potencial del reparto presente -en el que figuran Tom Hiddleston, Brie Larson, Samuel L. Jackson y John Goodman-, sino que afectan también la credibilidad de unas estrategias que tendríamos que haber celebrado, pero que en vista de las circunstancias, se sienten impostadas y hasta tramposas, como ocurre con el popurrí incesante de temas de rock setentero al que se recurre (suenan los grandes Stooges, Sabbath y Bowie, pero sin ton ni son) y con las evidentes alusiones al “Apocalypse Now” de Coppola (plasmadas sobre todo en una vistosa secuencia de helicópteros).

El tratamiento superficial de los personajes afecta especialmente al protagonista, Tom Hiddleston, en quien nos fijamos en particular porque teníamos pactada una entrevista con él, y cuyo Capitán Conrad tiene un inicio prometedor al aparecer como un durísimo veterano de la Guerra de Vietnam que acepta una misión extremadamente peligrosa simplemente por el dinero, pero que empieza a diluirse rápidamente hasta terminar deambulando en medio de las complejas escenas de acción, aunque hay un momento redentor en el que aparece en pleno combate con una espada japonesa. Como el actor británico ha dejado en claro que es también capaz de hacer milagros dentro del cine comercial (su Loki es uno de los mejores villanos del mundo fílmico de los cómics), la falta luce más grave.

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En realidad, Conrad parece estar únicamente presente para ayudar a Mason Weaver, la fotógrafa pacifista que ha sido inexplicablemente invitada a la fiesta pese a que no tiene nada que hacer en una exploración tan abiertamente mercantilista como ésta, y que no resulta tampoco demasiado interesante a pesar de ser interpretada por Brie Larson, justa ganadora del Oscar debido a su brillante papel en “Room”.

Tampoco le va mejor a Samuel L. Jackson, quien no deja nunca de ser intenso y amenazante, pero cuyo Coronel Preston Packard adopta una fiera postura militarista y destructiva que, además de estar desprovista de matices, no cae necesariamente bien en los momentos actuales, en vista de que se trata de un hombre negro. Además, verlo asumir una actitud semejante sin que se le permita decir malas palabras (porque esto lleva una calificación de PG-13) es francamente extraño.

El que parece hallarse mucho más en su elemento -y resulta por ello mismo simpático y natural- es John C. Reilly, quien se convierte aquí en Hank Marlow, un soldado abandonado en la isla desde la Segunda Guerra Mundial que, al lado de los indígenas locales, ha aprendido a respetar al enorme simio que sus actuales compañeros consideran una deidad, y que permite por su lado mantener el equilibrio de este frágil ecosistema. Pero no esperen encontrar un mensaje demasiado relevante en una producción que luce magníficamente, pero cuyo contenido parece prevenir mucho más de una película menor de los ’80 que de una obra maestra de los ’70.

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