Reseñas de cine

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Mar
17

Reseña de BEAUTY AND THE BEAST

Escrito por Sergio Burstein

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Como nos lo volvió a recordar ayer un conocido crítico de cine, el color principal de la industria cinematográfica en Estados Unidos sigue siendo el verde, por lo que no debería sorprenderle a nadie que Disney mantenga en pie el ambicioso plan de llevar sus éxitos animados a películas realizadas con actores de carne hueso, el mismo que, luego de dar como resultado adaptaciones de “Cinderella” y “The Jungle Book”, se manifiesta desde el día de hoy en una nueva versión de “Beauty and the Beast”.

Es cierto que ninguna de estas historias fue inventada por la compañía del ratón Miguelito, pero también es cierto que lo que se está haciendo ahora son prácticamente ‘remakes’ de las recreaciones ya difundidas a nivel masivo y mundial por esta empresa. Por ese lado, “Beauty and the Beast” es el más pegado a la norma de los tres, incluso en sus aspectos musicales, lo que lo transforma prácticamente en el más innecesario.

Se ha hablado mucho del supuesto personaje ‘gay’, claro, y del modo en que conservadores del mundo entero se han espantado ante él sin haber visto ni siquiera la cinta; pero la realidad es que LeFou (Josh Gad), el sirviente del ex soldado y villano de turno Gaston (Luke Evans), es simplemente un tipo afeminado que no cumple una función decisiva en el relato y que no manifiesta nunca de manera abierta su aparente sexualidad, por lo que se trata finalmente de un tibio detalle progresista que se le salió probablemente de las manos a los productores.

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Para ser sinceros, cada vez que acudimos a ver un título de esta clase, lo hacemos con recelo y preparados para la decepción. Sin embargo, los primeros momentos de este filme nos impresionaron gratamente debido a su saludable aire ‘retro’, mientras presentaban a la aldeana interpretada por Emma Watson (la Hermione de la saga de Harry Potter) cantando y paseando por su pueblo en medio de un ambiente que remite a los clásicos musicales del pasado y que, de todo modos, viene marcado por pinceladas de sensibilidad contemporánea, como el hecho de que la misma muchacha (nos referimos a Belle) sabe no solo leer, sino que, horror de horrores, trata de transmitirle ese conocimiento a las niñas del lugar, ante el espanto de los hombres que lo dominan.

Más adelante, la misma Watson -que es una chica muy simpática- aparece en medio de un campo y a través de una toma que tiene que ser un tributo directo a “The Sound of Music” (“La Novicia Rebelde” en español); pero cuando la trama empieza a avanzar y llega a un punto realmente importante (es decir, el momento en el que Belle conoce a La Bestia), los efectos digitales irrumpen sin reparos y el artificio entero, que había sido hasta entonces placentero, se vuelve demasiado evidente, empezando por la manada de lobos que ataca a la protagonista y siguiendo con el monstruo en el que se ha transformado el príncipe debido a un contundente hechizo.

Pese al paso del tiempo, estamos convencidos de que el CGI no ha alcanzado todavía la impresión de realismo que se necesita para que una aventura de esta clase llegue realmente a buen puerto, aunque, curiosamente, lo logrado en la reciente “Kong: Skull Island” resulta mucho más efectivo en estos términos. Encima de ello, más que parecer una criatura amenazante o mucho menos repulsiva, La Bestia (interpretada enteramente por Dan Stevens cuando no es digital, o sea, casi nunca) tiene un aspecto físico hasta cierto punto amable que la acerca prácticamente a un muñeco de peluche, aunque eso es algo que viene directamente heredado de la versión animada.

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Fuera de la intromisión del supuesto personaje ‘gay’, de las insinuaciones feministas y de la presentación posterior de un romance interracial bastante forzado, esta “Beauty and the Beast” agrega escenas y canciones, haciendo que los 84 minutos de la cinta original se conviertan en 129; y esa diferencia hace que el asunto sea demasiado largo, sobre todo porque, en lugar de aprovechar la libertad obtenida para desarrollar la relación entre los protagonistas -cuyo enamoramiento es de por sí difícil de creer-, el guión de Stephen Chbosky y Evan Spiliotopoulos se empeña en centrar la mirada en aspectos intrascendentes.

Esto no quiere decir que estemos ante una producción descartable, ni mucho menos; se diga lo que se diga de ella, la división cinematográfica de Disney ha llegado a un punto en el que los valores de producción de cada película que estrena son indudablemente elevados, lo que se traduce en este caso en detalles visuales sumamente llamativos y en un espectacular diseño de vestuario que no puede pasar desapercibido. Además, el director es el experimentado Bill Condon, quien se encargó de las dos entregas finales de “Twilight”, sí, pero que es también responsable de “Gods and Monsters”, “Kinsey” y “Chicago”.

El problema principal para nosotros es que, sin dejar de ser creativas cuando se encuentran bien hechas, las producciones de esta clase cimentan la falta de original en Hollywood, cuando lo que más necesitamos es darle oportunidades a los escritores que son capaces de ofrecer relatos novedosos y más acordes con los tiempos que vivimos. Es cierto que no hay nada nuevo bajo el sol, claro; pero tampoco tenemos que apelar tanto a lo que ha sido usado y certificado.

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