Reseñas de cine

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Dic
01

Reseña de THE SHAPE OF WATER

Escrito por Sergio Burstein

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Cuando se hace con auténticas intenciones artísticas y teniendo como meta ir más allá del simple impacto visual, el género fantástico es un arma de doble filo, porque tiene que ser empleado de manera cuidadosa para cumplir con sus fines y lograr una originalidad que no es siempre fácil de obtener en vista de sus propios requerimientos.

En ese sentido, el director Guillermo del Toro es uno de los mayores maestros contemporáneos de esta escuela debido no solo a su profunda creatividad visual, sino también a los esfuerzos que pone para que las historias que filma (mayormente escritas por él mismo) combinen adecuadamente la emotividad abierta y el impacto natural generado ante situaciones inusuales con el objetivo de lograr una impresión trascendente.

Bajo esos términos, la mejor obra de Del Toro sigue siendo “El laberinto del fauno” (2006), un largometraje que desarrolló las bases de su título anterior, “El espinazo del diablo” (2001), para mantenerse en las cercanías geográficas e históricas de la Guerra Civil Española pero llevarlas a la vez a otro nivel, contando la historia de una niña que se enfrentaba a las atrocidades de la época (y a la imposición del fascismo) ayudada por un mundo de fantasía que podía ser imaginario o real.

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Para ser sinceros, hemos esperado que el cineasta mexicano (a quien siempre hemos admirado) retome esos bríos desde hace tiempo, aunque la difusión de su talento lo llevó desde el inicio de su carrera a aceptar propuestas hollywoodenses -como la de la serie de “Hellboy” y “Blade II”- que, sin ser despreciables, desviaron su atención del estilo más íntimo y propositivo de su obra, hasta llegar a “Pacific Rim” (2013), un proyecto de dimensiones monumentales sobre robots manejados por humanos y enfrentados a monstruos gigantes que no dejó de impresionarnos, pero cuya historia se nos hizo demasiado ligera.

Como buenos amantes del terror que somos, nos sentimos reconfortados por la majestuosidad ominosa y gótica de “Crimson Peak” (2015), lo más ‘duro’ que Del Toro había hecho en muchos años para la pantalla grande en su papel de realizador; pero sentimos a la vez que el asunto entero carecía de mayor profundidad. Y ahora tenemos ante nosotros a “The Shape of Water”, su aventura más reciente, que se estrena hoy en L.A. y Nueva York antecedida por las críticas exuberantes de los especialistas que la vieron durante su paso por festivales de cine.

En términos generales, el filme se acerca a “El laberinto” en cuestiones emotivas y de discurso, ya que muestra el acercamiento de un humano a una criatura que podría ser repulsiva para otros, e implementa paralelamente una trama con connotaciones sociales y políticas al presentarnos a Elisa (Sally Hawkins), una empleada sordomuda de limpieza radicada en Baltimore que inicia una relación muy particular con un ser subacuático (en manos de Doug Jones) capturado por el gobierno estadounidense a inicios de los ’60 y sometido a un trato evidentemente injusto por un funcionario siniestro, el coronel Richard Strickland (Michael Shannon).

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Uno de los aspectos más llamativos de “The Shape of Water” es la fidelidad que el director muestra por su tendencia a combinar la rareza con elementos que resulten accesibles; y es que si bien el filme no llega nunca a ser escalofriante ni devastador -incluso en medio de sus ocasionales escenas de violencia-, le brinda espacio a lo inusual no solo en lo que respecta a su trama, sino también en lo que corresponde a su protagonista, interpretada por una actriz británica que se encuentra muy lejos de responder al molde comercial hollywoodense tanto en el plano físico como en el de conducta, y cuyo personaje aparece inicialmente masturbándose en una ducha, lo que insinúa que, con capacidad de habla o sin ella, es una mujer perfectamente conectada con su sexualidad.

No estamos realmente ante un trabajo completamente impredecible; poco después de que Elisa conoce a la criatura, sabemos que va a establecer con esta una relación de algún tipo. En realidad, el relato es bastante sencillo y directo, con un infiltrado ruso (el Dr. Robert Hoffstetler, interpretado por Michael Stuhlbarg) que ha sido enviado para apoderarse del monstruo aunque finge ser un científico apegado al Tío Sam, y una compañera de trabajo afroamericana (Zelda, interpretada por Octavia Spencer) que, evidentemente, terminará poniéndose del lado de Elisa cuando ésta se meta en los problemas que inevitablemente llegarán.

Pero hay por aquí y por allá detalles que marcan la diferencia y complejizan la situación casi sin que nos demos cuenta. Elisa es vecina de Giles (interpretado por el notable Richard Jenkins), un artista comercial que demuestra tener un gran sentido humano, pero también unas tendencias homosexuales que no son toleradas por la sociedad de la época; el espía ruso no es tan malo como parece; y Zelda termina teniendo mucho más valor que su temeroso esposo una vez que las papas empiezan a quemar.

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Visualmente, el asunto es todavía más apasionante, con numerosas citas a clásicos del cine (de hecho, Elisa vive encima de una sala de cine en decadencia) y un cuidado en la puesta en escena que se extiende al diseño de producción, el mismo que coloca a cada uno de los participantes en ambientes sugestivos y acordes con sus actitudes ante la vida.

Por supuesto, el interés se mantiene principalmente en Elisa, que es el personaje más fuerte de todos y una nueva muestra del aprecio que Del Toro (quien hizo el guión con la escritora estadounidense Vanessa Taylor) siente por las mujeres, sobre todo cuando estas se enfrentan a hombres abusivos en situaciones de poder. Tampoco podemos dejar de lado al monstruo mismo, presentado con un aspecto que remite directamente a “Creature from the Black Lagoon” (1954) sin lucir por ello barato, y que es encomendado a Jones, un talentoso ex contorsionista que ha colaborado frecuentemente con Del Toro.

El personaje más débil del conjunto es probablemente Shannon; pese a que Shannon es un excelente actor, el coronel termina convertido en un villano sin demasiados matices, aunque Del Toro le otorga algunos detalles interesantes con la finalidad de establecer su personalidad, como el modo en que el tipo justifica no lavarse las manos tras orinar y el desprecio que muestra hacia la clase trabajadora.

Finalmente, como lo ha señalado ya la campaña promocional, “The Shape of Water” es una historia de amor que habla de tolerancia, de acercamiento a quienes son distintos y de colaboración para la obtención de causas justas, es decir, temas necesarios en la era de Trump. Lo hace con una simpleza, un romanticismo y algunos recursos que resultan a veces menos sutiles de lo que esperábamos, incluyendo sus incursiones en el musical, pero que tienen sentido cuando se considera que esto tiene aires intencionales de fábula, y que no le quitan nunca encanto a una producción ciertamente significativa.

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