Reseñas de cine

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Mar
30

Reseña de READY PLAYER ONE

Escrito por Sergio Burstein

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Los ’80 están ahora de moda, y pasará lo mismo en el 2045. Eso es al menos lo que se asegura en “Ready Player One”, la nueva película de Steven Spielberg, que empieza con los sonidos del “Jump” de Van Halen mientras muestra imágenes que se desarrollan en el futuro y que, más adelante, ve aderezadas sus escenas con canciones de Blondie, Joan Jett, Twisted Sister y Hall & Oates, entre otras.

Pero la cinta no se limita a la década en la que el cineasta lanzó sus trabajos más celebrados en términos masivos (¿alguien dijo “Raiders of the Lost Ark” y “E.T. the Extraterrestrial”?), ya que sus referencias tanto visuales como textuales incluyen a King Kong, Batman, Iron Giant, Clark Kent, Joy Division, el Cubo de Rubik, Godzilla (bueno, Mechagodzilla) y muchos más nombres que se nos escaparon indudablemente al ver por primera vez un trabajo que, a pesar de estar orientado hacia un público de todas las edades, aprovecha descaradamente la nostalgia para atraer a la audiencia mayor, que es la que paga finalmente las entradas.

El hecho de que Spielberg haga una película comercial no debe ser una sorpresa para nadie ni le quita méritos a una carrera que se ha dividido entre obras de esta clase y producciones mucho menos concesivas como, digamos, “Lincoln” (2012), a la que sólo podría ser expuesto un niño si lo que se quisiera es mandarlo a dormir. No es gratuito agregar que, además de ser uno de los reyes iniciales del ‘blockbuster’, este realizador ha sido capaz de ofrecer algunas de las propuestas más creativas del mismo rubro, porque lo masivo también puede ser de calidad.

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En ese sentido, “Ready Player One” es no sólo un acertado regreso de Spielberg a esos terrenos de la ciencia ficción de tipo familiar que lo dieron a conocer a nivel mundial y de los que se había alejado por mucho tiempo, sino también una cinta que, sin encontrarse entre las mejores que ha hecho (tiene mucho reciclaje y nos recuerda incluso a lo más reciente de Luc Besson), resulta todo lo entretenida que se podría esperar, mientras recurre a una novedosa estética que depende generosamente del uso de efectos especiales de avanzada.

Y es que, en medio de todos sus elementos de tipo ‘retro’, la película se desarrolla casi tres décadas después de nuestra era, como ya lo hemos dicho; y no sólo eso, sino que ocupa la mayoría de su tiempo al interior de un sistema de realidad virtual extraordinariamente complejo que le sirve a muchas personas del mundo para escapar de la situación real de miseria en la que se encuentran a consecuencia de la sobrepoblación, el calentamiento global y la polución (una circunstancia que da cuenta del interés social de la premisa).

Una de esas personas es Wade Watts (Tye Sheridan), un joven huérfano de aspecto inofensivo que vive con su tía y el novio abusivo de ésta en Columbus, Ohio, pero que cuando se mete a OASIS (el citado sistema virtual), se transforma en Parzival, un tipo que luce un mejor aspecto y que es uno de los competidores más dotados en una carrera llena de obstáculos que nadie ha logrado ganar. Atravesar la meta final significaría obtener un premio nada despreciable: el control absoluto de OASIS, al que desea también acceder de manera ferviente Nolan Sorrento (Ben Mendelsohn), el corrupto presidente de la corporación Innovative Online Industries.

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Fuera de las posibilidades de entretenimiento que le ofrece este universo ficticio, Wade ha encontrado aquí a sus únicas amistades: su amigo más cercano es Aech (Lena Waithe), pese a que no conoce la verdadera identidad de quien luce en esta realidad alternativa como una especie de mutante musculoso y azul, pero que detrás de la pantalla de su computadora podría ser un hombre o una mujer de cualquier edad y apariencia (esa es una de las ventajas de OASIS). Sucede lo mismo con Art3mis (Olivia Cook), la aguerrida combatiente con la que Wade desarrolla luego un ‘cybercrush’, lo que provoca brevemente una interesante duda (aunque no hay que esperar que el buen Spielberg se ponga muy transgresor por ese lado).

Tampoco hay que esperar que el mismo cineasta le dé apertura a una comunidad latina que ha brillado por su ausencia en su filmografía entera y que no da la cara de modo alguno en el presente reparto, donde, curiosamente, sí hay presencia de actores de ascendencia africana y asiática, fuera de los predecibles intérpretes anglosajones a los que se les sigue dando el protagonismo (y entre los que se incluye al británico Mark Rylance en el papel de James Halliday, el creador de OASIS, que resulta un tanto caricaturesco).

En todo caso, y en medio de omisiones evidentes, el corazón de la historia se encuentra en el lugar correcto, sobre todo en lo que respecta a la oposición hacia los poderosos que pretenden seguir controlando el planeta que ellos mismos han dañado. Pero eso no quiere decir que la película deje una impresión duradera ni que provoque demasiadas discusiones que vayan más allá del plano tecnológico, lo que tiene que ver sin duda con las dificultades de desarrollar exhaustivamente a los personajes en un esfuerzo como éste; en otras palabras, no termina siendo fácil identificarse con ellos, pese a que los actores se sometieron al complejo proceso de la captura del movimiento para encarnar a sus respectivos ‘avatares’.

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Claro que, en términos de imagen, “Ready Player One” es absolutamente impresionante, sin que eso impida que pueda resultar también abrumadora. OASIS tiene posibilidades aparentemente infinitas de juego que se repasan brevemente, y si bien la historia se centra luego en una de ellas (la carrera ya descrita), la información visual es tanta y se presenta de manera tan vertiginosa que es capaz de producir más de un mareo (y eso que la función promocional a la que asistí no se encontraba en 3D ni en IMAX, formatos también disponibles para la exhibición comercial del filme).

Eso no quiere decir que no me haya quedado con la boca abierta en varias ocasiones debido a la exuberancia de lo que pasaba ante mis ojos, y que me sienta sumamente curioso por el modo en que esta locura lucirá en tercera dimensión. Como lo he dicho frecuentemente, estoy lejos de ser un fanático de la CGI, y su empleo abusivo afecta siempre el gozo que puedo tener al apreciar algo; pero esa sensación se vio atenuada en este caso por el simple hecho de que los trucos digitales se usaron mayormente para las escenas de videojuego, lo que los justifica plenamente por la condición misma del formato (aunque, por otro lado, se podría esperar que las simulaciones virtuales que se hagan en el 2045 sean mucho más realistas).

Además, hay una escena inolvidable que traslada a nuestros héroes por largo rato a las entrañas del hotel Overlook de Stephen King tal y como aparece recreado en “The Shining” de Stanley Kubrick, y que además de ser un extraordinario homenaje al clásico indiscutible del cine, es tremendamente divertida. A fin de cuentas, no hay que olvidar que el director de fotografía del filme es Janusz Kamiński, un verdadero maestro que ha trabajado en todas las cintas hechas por Spielberg desde 1993, y que se llevó el Oscar por su labor en “Schindler’s List” y “Saving Private Ryan”.

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