Reseñas de cine

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Ago
02

Reseña de CHRISTOPHER ROBIN

Escrito por Sergio Burstein

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Recuerdo haber sido un admirador moderado de las aventuras de Winnie Pooh cuando era niño, pero no tengo idea de si se me ocurrió en algún momento que sería interesante ver a sus personajes en versiones que no respondieran a la animación tradicional, ni muchos menos si cruzó por mi cabeza el pensamiento de imaginar lo que pasaría con el niño humano que acompañaba a esta alocada pandilla en sus correrías por el Bosque de los Cien Acres cuando fuera un adulto.

Eso es justamente lo que sucede en “Christopher Robin”, una nueva cinta de Disney que combina la ‘acción real’ con la creación digital para darle vida a una producción ante la que se pueden tener reparos de distinta índole, pero que termina dejando una cálida impresión si es que no se ha sucumbido ya completamente ante el cinismo.

El área de los reparos puede incluir un rechazo ya marcado por todo lo que haga la compañía del Ratón Miguelito, que sigue engullendo a compañías más chicas e incrementado su descomunal fortuna; y en un plano menos celoso, el hecho incontestable de que las versiones sobre el mismo relato que habíamos visto hasta ahora insistieron en mantener la animación de la vieja escuela para preservar de manera efectiva el espíritu de la franquicia, lo que fue incluso aplicado en la reciente y muy lograda “Winnie the Pooh” (2011).

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Por ese lado, el nuevo filme no podría ser más distinto, ya que recurre generosamente a la CGI con el fin de reconstruir a toda la vecindad del bosque, haciendo con ello en primer lugar que el espectador sienta un breve shock al enfrentarse por primera vez a estas versiones de las clásicas criaturas que, además de todo, no surgieron originalmente de Disney, sino de la pluma del autor británico A.A Milne durante los años ’20. En ese sentido, algunos podrían quejarse de que el mismísimo Pooh no luce todo lo realista que debería lucir ante el estado actual de la tecnología.

Sin embargo, hay algo particularmente interesante en el tratamiento que se le ha dado tanto a él como a Tigger, Eyeore, Piglet, Kanga y Roo, a diferencia del que reciben Rabbit y Owl, que sí lucen mucho más expresivos; y es que haberlo hecho de otro modo hubiera implicado negarles la cualidad de juguetes de peluche parlantes que siempre han poseído y que no existe en el caso de los otros, que son supuestamente animales ‘verdaderos’ con capacidad de habla.

La película no rechaza nunca el pasado ni intenta ser un ‘reboot’, lo que la convierte en realidad en una especie de secuela de todo lo anteriormente visto en la que no falta la presencia de Jim Cummings, el veterano del ‘voice over’ que le ha prestado su garganta a Pooh y a Tigger desde hace exactamente treinta años, y que vuelve a hacer lo mismo en esta ocasión, aunque con matices distintos y más sutiles, porque si bien este es un título familiar en el sentido más estricto de la calificación, posee un tono más maduro y más duro del que se podría haber pronosticado, al menos en su primera parte.

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No nos referimos ni al ingenioso prólogo en el que se cuenta lo que ya sabíamos -pero recurriendo a imágenes estáticas que remiten directamente a las de los libros originales de Milne-, ni a la escena siguiente, en la que vemos por fin a Christopher como un pequeño de carne y hueso (interpretado por el actor Orton O'Brien) en interacción directa con sus fantásticos compadres, sino a lo que viene inmediatamente después, cuando el mismo niño recibe en su pupitre escolar un feroz golpe de vara por el simple hecho de dibujar durante una clase y, luego, sufre una pérdida familiar tan grave como inesperada.

Estos son los antecedentes para la presentación del Robin adulto, en manos del competente Ewan McGregor, que se enamora de la tierna Evelyn (Hayley Atwell) y tiene con ella a una hija llamada Madeline (Bronte Carmichael), pero que se marcha también a las trincheras como soldado británico durante la Segunda Guerra Mundial y tiene que aceptar después un trabajo administrativo controlado por un jefe tiránico al que solo le interesa la ganancia capitalista y planea por ello una seria reducción de personal.

Con todo lo sucedido, es no solo claro que Robin ha perdido totalmente la inocencia, sino también que su conducta actual y ciertamente indiferente ante sus seres queridos tiene raíces comprensibles, lo que es un punto a favor de un guion escrito por Alex Ross Perry (“Listen Up Philip”) y Allison Schroeder (“Hidden Figures”) en el que existen varios puntos altos, pero también algunos momentos innecesariamente tediosos para una cinta con estas pretensiones y una clamorosa falta de cuestionamientos existenciales en lo que respecta a las figuras procedentes del universo infantil del protagonista.

CR 4

El inevitable reencuentro entre Robin y sus ex compinches tanto en el Londres de los años ‘40 como en el Bosque de los Cien Acres llega marcado por muchos menos secuencias de acción de las esperadas y por una dosis creciente de conversaciones emotivas, lo que acentúa por un lado el aspecto humanista de la propuesta (sí, ya sé que estamos hablando de juguetes que hablan) y da pie a conversaciones de lo más creativas, pero hace por el otro que las cosas caigan frecuentemente en un desborde de sentimentalismo que nos hizo escuchar una cantidad innecesaria e interminable de “awwwwws" por parte de los miembros del público que nos acompañaban durante la función de prensa a la que asistimos.

El tono melodramático, reforzado por la personalidad excesivamente triste que se le ha dado a Pooh, se mantiene pese a que las riendas del proyecto se encontraban en las manos de Marc Forster, el talentoso director germano-americano que posee una filmografía tan digna como diversa (sus obras incluyen “Monster’s Ball”, “Finding Neverland”, “Quantum of Solace” y “World War Z”) y que sucumbe ahora a una sobredosis de ternura que pudo ser dosificada, aunque conserva la calidad de la puesta en escena y sale por lo general airoso de un reto que no era fácil de cumplir. De todos modos, hubiera sido mucho más interesante que se tomaran mayores riesgos y se esquivara un poco más el área de las lágrimas fáciles.

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