Reseñas de cine

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Sep
30

Reseña de MUSEO

Escrito por Sergio Burstein

Museo

En “Museo”, Alonso Ruizpalacios, director de la aclamada “Güeros” (2014), abandona el blanco y negro de su ópera prima y amplía sus horizontes gracias a las virtudes de un presupuesto mucho mayor, pero no se entrega por ello al comercialismo banal, sino que refuerza su vocación artística para darle vida a un relato que toma siempre rutas inesperadas.

Y lo logra pese a que el guion de la película, escrito por el mismo Ruizpalacios y Manuel Alcalá, se inspira de manera aparentemente libre en un hecho real que se dio en la Ciudad de México durante la Nochebuena de 1985, y que encontró a dos muchachos de clase media como perpetradores de un ambicioso robo de objetos invaluables en el Museo Nacional de Antropología que parecía haber sido obra de traficantes de alto vuelo.

Ese simple detalle del suceso auténtico se presta para el desarrollo de una ‘heist movie’ (término en inglés sin traducción atractiva) que, sin estar libre de suspenso y de una fascinante escena de atraco, se distancia prudentemente de intentos hollywoodenses del género como el de la reciente saga de “Ocean’s”, aunque resulta completamente convincente en su recreación del museo y de los impresionantes artefactos originales.

Museo 2

Hay otro factor esencial de lo ocurrido que le otorga una connotación muy particular al relato, y es que, en los filmes sobre asaltos a bancos o casinos, la meta directa es el dinero, que solo tiene un atractivo material, mientras que aquí, se trata de piezas del pasado que fascinan incluso a quienes las extraen, y que sirven de paso como excusa para poner en vitrina cuestionamientos relacionados a los derechos de estas instituciones para apoderarse de tesoros que no les pertenecen.

Lo interesante es que, como el buen cineasta que es, Ruizpalacios se niega a dar respuestas fáciles e inmediatamente digeribles, lo que pondrá sin duda a prueba la paciencia de quienes esperen ver algo más animado -sobre todo porque esto se extiende a lo largo de dos horas y ocho minutos-, pero que permite por otro lado un desarrollo exhaustivo de unos personajes centrales que se encuentran lejos, muy lejos de ser arquetipos heroicos.

De hecho, se trata de lo que se describe normalmente como “perdedores”, es decir, dos tipos bien entrados en la treintena que viven todavía con sus padres y no logran concluir sus estudios de veterinaria: Juan (Gael García Bernal) y Benjamín (Leonardo Ortizgris). El papel de Juan -que bajo su aspecto de tonto es un ser complejo- le da nuevamente a García Bernal la oportunidad de brillar y, además, de colocarse en una posición arriesgada, ya que su personaje es objeto de frecuentes burlas por parte de su propia familia y de agravios que lo califican principalmente de enano, en clara oposición a la imagen de guapo latino que algunos le han endilgado.

Museo 1

Las contradicciones se muestran también de manera voluntaria en el plano narrativo ante las existencias anodinas de Juan y Benjamín, intercaladas con los curiosos aires épicos que se revelan en los créditos iniciales y en toda la banda sonora, magníficamente orquestada y orientada hacia la escuela del ‘thriller’.

Pero eso no quiere decir que las cosas se queden allí. Una vez que se apoderan de las reliquias, los protagonistas, que residen en la zona suburbana de Satélite, deciden viajar a diferentes partes del país en su intento por venderlas, pese a que no tenían planeado cómo hacerlo y a que ni siquiera parecen tener objetivos económicos claros. Esto nos transporta a Chiapas, a Acapulco y a otras locaciones, y de paso, nos mete en terrenos de la ‘road movie’ (sí, ya sé, otra expresión sin traslado convincente) mientras se alude naturalmente a las controvertidas teorías del autor estadounidense de origen peruano Carlos Castañeda y nos lleva a conocer a un interesante coleccionista de arte que es impecablemente interpretado por el británico Simon Russell Beale.

Finalmente, lo que haya sucedido en la realidad no importa tanto como la creativa mirada de Ruizpalacios a una circunstancia que se prestaba no solo para hablar de la identidad de su país -confundida entre sus influencias foráneas y un pasado majestuoso-, sino también para ofrecer una historia de robo absolutamente original que afianza las posibilidades futuras de su autor en el plano cinematográfico.

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