Reseñas de cine

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Nov
02

Reseña de BOHEMIAN RHAPSODY

Escrito por Sergio Burstein

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Cualquiera que sea amante del rock tendría que sentir al menos curiosidad por esta cinta, y si sus gustos privilegian a la legendaria banda Queen, el interés será sin duda mayor; pero esas mismas personas deben saber ya que el camino que condujo a “Bohemian Rhapsody” (la película, no la canción) ha sido particularmente accidentado.

Y eso no ha sido ningún secreto, porque se trata de un asunto que figuró constantemente en las noticias de entretenimiento y que, inicialmente, tuvo su obstáculo mayor con la salida del proyecto de Sacha Baron Cohen, quien había sido elegido como intérprete del vocalista Freddie Mercury pero terminó abandonando el barco debido a desacuerdos con Brian May y Roger Taylor (guitarrista y baterista de Queen, respectivamente, así como consultores creativos del film) que habrían tenido que ver con la orientación del relato.

Tras un periodo de incertidumbre en el que el rol principal le fue otorgado y luego retirado a Ben Whishaw (“Skyfall”) y en el que se cambió también de director, el trabajo quedó finalmente definido y se empezó a filmar con Rami Malek (“Mr. Robot”) como protagonista y con Bryan Singer ("The Usual Suspects", "X-Men") como director; pero, a fines del año pasado, las malas nuevas regresaron al anunciarse que el segundo había sido despedido en medio del rodaje debido a ausencias constantes y que se había puesto en su lugar al poco conocido Dexter Fletcher (quien había hecho antes de esto cuatro largos que no conocíamos).

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Ante lo señalado, es casi un milagro que “Bohemian Rhapsody” se encuentre ahora en salas y, mucho más, que sea una cinta decorosa y entretenida con momentos sumamente logrados que se pueden disfrutar sin reparos, pese a que se encuentra muy lejos de ser la obra excepcional que esperábamos ver antes de que se dieran a conocer los enredos que acabamos de describir.

El problema principal es que se trata de un relato lineal, superficial y didáctico al que le falta vuelo desde el plano narrativo, lo que significa que, más allá de los tropiezos que se dieron con Singer, el problema se encontraba probablemente ya en el guion de Anthony McCarten (“The Theory of Everything”, el ’biopic’ de Stephen Hawking), a no ser que el mismo Singer o su reemplazante Fletcher hayan alterado lo que estaba en las páginas por diferentes razones.

La historia ofrece detalles interesantes sobre la creación y la grabación de algunos temas clásicos de Queen, pero, en contraparte, acumula la mayor cantidad posible de hechos en la carrera de Mercury (porque no sabemos nada de su formación ni de cómo aprendió a cantar tan magníficamente), hasta el punto de que nada se siente demasiado profundo, pese a que el metraje se extiende a lo largo de 134 minutos; y esto se ve sumado a la ausencia de un lenguaje visual digno de recuerdo, lo que sí pudo tener que ver con el cambio de director o, en todo caso, con los descuidos de un Singer que tenía la mente en otro lado durante la filmación, aunque hay que precisar que Fletcher había sido voceado como director (es decir, como director completo) antes que él, cuando Wishaw estaba todavía a bordo.

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La poca convicción que se siente podría responder también al deseo -ya manifestado por Cohen- de Brian y Taylor por lograr una película que se prestara para la calificación PG-13 (mayores de 13 en EE.UU.) en lugar de hacer una versión para adultos que se involucrara de manera directa con aspectos privados de la vida del emblemático cantante.

Los sobrevivientes de Queen -cuyas representaciones pasan también sin pena ni gloria, aunque Gwilym Lee, el actor que hace de May, parece un clon suyo- podrán decir que esto se debió a que querían que la historia llegara al mayor público que fuera posible con el fin de honrar al difundo, pero nada nos quitará la sospecha de que fue una movida comercial, sobre todo porque se sabe que ellos mismos han girado con dos vocalistas distintos en los últimos años.

“Bohemian a Rhapsody” no es un desastre irremediable, y no lo es principalmente por Malek, quien asume con entereza y profesionalismo un rol indudablemente arriesgado que no podía satisfacer a todos, sin importar en qué manos se hubiera encontrado. Este actor estadounidense no es necesariamente idéntico a Mercury, pero se tomó el trabajo de aprender cuidadosamente sus gestos y expresiones y, además, tiene la ventaja de contar con ascendencia egipcia, mientras que los padres del ídolo musical representado eran de origen indio.

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Otro reto que se encuentra notablemente superado y que le da al film un significativo valor agregado es el modo impresionante en que se logra que Malek parezca estar cantando realmente como lo hacía el superdotado Mercury, lo que se llevó a cabo a través de un minucioso trabajo de mímica y de sincronización en el que se empleó tanto la voz original del aludido como la del canadiense Marc Martel, un reconocido imitador suyo.

Tampoco decepcionan los momentos en los que Mercury aparece al lado de la banda completa, que a diferencia de lo que ha sucedido en otros casos, se sienten como si hubieran llevado a cabo realmente en vivo, sobre todo en lo que corresponde al sonido de la guitarra de May y en la monumental escena que recoge la histórica presentación en el festival Live Aid de 1985. Estos logros hacen que la película merezca verse en la sala con la pantalla más grande y el mejor equipo de sonido.

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