Reseñas de cine

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May
23

Reseña de BRIGHTBURN

Escrito por Sergio Burstein

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A veces, las mejores ideas para ofrecer algo distinto y a la vez atractivo en el mundo del cine tienen que ver con subvertir un relato ya existente y ampliamente difundido con el fin de obtener un resultado que, sin ser necesariamente original, resulte cuando menos novedoso.

Eso es justamente lo que sucede con “Brightburn”, un llamativo encuentro entre el cine de superhéroes y el de terror cuya premisa básica es imaginar lo que hubiera sucedido si Superman no fuera de origen noble, sino un ser de malas intenciones, con todo lo que implica el asunto; en otras palabras, esta es una historia de origen de lo que podría ser fácilmente un supervillano, aunque en este caso no hay superhéroe alguno a la vista.

Lo que hace que este filme tienda fuertes lazos hacia el género del horror no es solo que, a diferencia de la mayoría de entregas cinematográficas sobre justicieros modernos de capas y máscaras, posee una calificación para adultos (a fin de cuentas, hemos tenido ya a las dos aventuras de Deapool y a “Logan”), sino que apela a elementos mucho más siniestros que cualquier producción cercana, entre los que se inmiscuyen marcados toques de ‘gore’.

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El guion escrito por Mark Gunn y Brian Gunn -el primo y el hermano de James Gunn (“Slither”, “Guardians of the Galaxy”), quien produce-, no trata nunca de ocultar sus cartas bajo la mesa. Desde el principio, se nos revela que estamos en Kansas (aunque el rodaje fue en Georgia) y se nos presenta a una pareja de granjeros que adopta a un bebé llegado del espacio, es decir, dos circunstancias íntimamente ligadas a la mitología del Hombre de Acero, al menos desde el lanzamiento de la decisiva cinta de 1978 (porque otras versiones ubicaban al pueblo de Smallville en Iowa o Maryland).

Más adelante, ya con 12 años, Brandon (así se llama el niño) empieza a descubrir que tiene unas facultades físicas ciertamente excepcionales, lo que concuerda también con las vivencias ficticias de Clark Kent. Pero su manera de lidiar con estos maravillosos hallazgos dista mucho de ser benévola; a fin de cuentas, no parece haberse adaptado precisamente bien al mundo de los humanos. Y hay algo en su condicionamiento genético que no apunta al bienestar de ningún ser vivo en este planeta.

“Brightburn” está lejos de ser una película compleja y pretenciosa, pero muestra detalles narrativos interesantes que, sin estar del todo desarrollados, aluden a las dificultades de la pubertad, a los traumas que pueden provocarse al descubrir secretos familiares y al eterno debate de Naturaleza versus Crianza. Pero lo importante es que no pierde nunca de vista lo que es en realidad ni deja de lado su vocación de entretenimiento, alejándose con ello de lo que podría haber hecho con su argumento alguien como M. Night Shyamalan.

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Una vez que Brandon empieza a hacer de las suyas, nos olvidamos del buen Clark/Kal-El y nos metemos de lleno en una escalofriante montaña rusa que alcanza a veces una violencia digna de las ofertas más duras y sangrientas de la escuela del espanto, sin que ello impida que se filtren por aquí y por allá tributos evidentemente intencionales a clásicos del género como “The Omen” y “Carrie”.

“Brighburn” tiene el acierto de desarrollar adecuadamente a sus personajes en una primera parte que puede parecer un tanto lenta, pero que se convierte en el preludio acertado de una serie de conflictos que, una vez desatados, resultan tan impactantes como cautivadores. Y cuando eso sucede, en lugar de retroceder para tratar de suavizar los sucesos que se producen y aliviar de ese modo al espectador, la trama pisa el pedal a fondo, lo que resulta sumamente inusual en las producciones comerciales de Hollywood.

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Fuera de la eficacia de un relato que no se encuentra libre de defectos (hay varios cabos sueltos y algunas circunstancias poco creíbles), la película destaca por la llamativa puesta en escena de David Yarovesky, un joven director que se había encargado anteriormente de la poco conocida “The Hive” y que muestra un enorme talento para estas lides. Sin excederse en las piruetas visuales, Yarovesky da cuenta de un estilo dinámico en el que se notan influencias de maestros como John Carpenter y Brian De Palma, y que adopta frecuentemente el punto de vista de las víctimas para reforzar los sustos.

Finalmente, la cinta se apoya en los logros de un reparto competente en el que no decepcionan nunca los ya experimentados Elizabeth Banks (notable) y David Benman (totalmente convincente), quienes interpretan a unos padres tan confundidos como bienintencionados, pero que coloca al frente a Jackson A. Dunn, un adolescente que había estado ya presente de manera breve en “Avengers: Endgame” (donde hizo de Scott Lang en su niñez) y que asume ahora con entereza un rol complicado en el que pasa de la inocencia a la indiferencia y de la manipulación intencional a la crueldad más extrema.

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