Reseñas de cine

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Jun
21

Reseña de CHILD’S PLAY (2019)

Escrito por Sergio Burstein

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El Hollywood actual no se caracteriza precisamente por su originalidad, y la cartelera estadounidense de este fin de semana lo prueba con creces al llegar encabezada por la cuarta entrega de “Toy Story” y un ‘reboot’/‘remake’ (binomio favorito de estos días) de “Child’s Play” (sí, el recordado film de fines de los ‘80 que se conoce todavía en Latinoamérica como “Chucky, el Muñeco Diabólico”).

Ya hemos hablado de la primera cinta citada, y ahora nos toca referirnos a la segunda, que puede ser incluso más innecesaria, lo que no significa inmediatamente que sea mala. Es más: si no hubiera existido la original, este juego de niños sería quizás una gran película, al menos hasta el momento en el que decide caer voluntariamente en el disparate.

Pero estamos ante uno de esos trabajos que resulta imposible juzgar sin prejuicios, sobre todo porque, sin ser una obra maestra, el título de 1988 es ciertamente emblemático y ocupa un lugar especial en el corazón de los fans del terror, mientras que este ha prescindido no solo por completo del autor original de la historia, Don Mancini (quien ha rechazado abiertamente esta versión), sino que ha echado directamente al traste la mitología anterior del personaje, extendida a seis entregas cinematográficas que habían llegado hasta el 2017.

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Y es que el Chucky del 2019 ya no puede ser llamado diabólico, porque en lugar de ser un juguete poseído por un asesino en serie, se ha convertido en un aparato de última generación que empieza a actuar de manera altamente inapropiada (al menos para los conceptos humanos) tras un error interno de funcionamiento, aunque mucho de lo que ‘aprende’ procede también de la conducta voluble de los seres de carne y hueso que lo rodean.

La primera parte de lo dicho lo emparienta directamente con el Hal de “2001: A Space Odyssey” y remotamente con “Terminator”, pero lo segundo es lo más interesante de la propuesta, porque transita una ruta menos recorrida a la vez que le agrega al protagonista la posibilidad de causar más daños de los previstos debido a su capacidad para controlar de manera remota toda clase de herramientas electrónicas.

Este Chucky es mucho más robótico que el de Mancini, y por ese lado, se justifica que tenga un aspecto distinto y que no resulte tan expresivo, pese a que eso disguste a quienes gozaron con las muecas faciales del pasado, que tenían sentido en vista de que el muñeco original estaba cada vez más mimetizado con el criminal que lo habitaba. El tema de su voz es otro asunto digno de debate, porque la que emplea ahora constantemente (proveída por el legendario Mark Hamill con una efectiva combinación de amenaza y deseos lúdicos) es la que viene en el producto mismo y no una externa, como en el pasado.

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En lo que respecta a la calidad cinematográfica, la “Child’s Play” del momento se encuentra muy bien hecha, con algunos encuadres realmente sugestivos y un gran trabajo de fotografía, lo que habla bien de su director Lars Klevberg, un cineasta noruego que llamó la atención de los productores con su primer largometraje, “Polaroid” (que es supuestamente muy bueno, pero que nunca se estrenó en Estados Unidos). Klevberg logra crear atmósfera y sus deudas con Steven Spielberg son evidentes, aunque lo cierto es que lo que se ve no da mucho miedo.

Otro acierto de la producción se encuentra en un guion (escrito por Tyler Burton Smith) que, fuera del llamativo giro hacia la alta tecnología, se preocupa en darle cierta complejidad a los personajes, sobre todo en lo que respecta a Andy, el niño dueño de Chucky (que tiene ahora 12 años en lugar de los 6 de la cinta original, lo que le permite tener una participación mucho más activa), y a su madre Karen (que es desbocada, pero también divertida y cariñosa).

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Por ese lado, resulta muy acertado haber elegido para los roles a Gabriel Bateman (quien estuvo ya en otros dos filmes de terror, “Annabelle” y “Lights Out”) y a Aubrey Plaza (una mujer talentosa y encantadora cuya rareza innata le da siempre un aire especial a sus personajes). Hay otros participantes que se encuentran también dignamente tratados y que prestan incluso para romper ciertos clichés del género, pero decir más significaría caer en el ‘spoiler'.

En todo caso, a diferencia de la opinión de otros comentaristas, para mí, la inconsistencia mayor es haber tratado de unir en una misma película dos aspectos temporalmente distintos de la saga original: la seriedad de sus dos primeras entregas y la comedia desatada que se impuso de ahí en adelante. Lo segundo se empieza a insinuar hacia la mitad del relato y explota en el segmento final, que es definitivamente hilarante y se inscribe en la vena de “Gremlins”, pero que terminó de quitarme las esperanzas de encontrarme ante algo que diera realmente miedo.

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