LA FILM FEST: TOMBOY
Texto: Sergio Burstein

A primera vista, “Tomboy” (que se proyecta esta tarde en los Regal Cinemas de LA Live como parte del Festival de Cine de Los Angeles) es una suerte de versión infantil de “Boys Don’t Cry”.
Revisemos: sus primeras escenas muestran aparentemente a un chico de 10 años, rubio y apuesto, que se lleva muy bien con su familia, sobre todo con su hermana menor, de la que se encuentra a cargo debido a que la madre de ambos está en los últimos meses de embarazo. Pero, de pronto, una escena crucial en un cuarto de baño revela lo inesperado: éste no es niño, sino niña.
La revelación no toma atajos, sino que es completamente explícita e implica imágenes de desnudez infantil que serían absolutamente impensables en una película estadounidense, pero que funcionan de manera natural en este filme francés, que no tiene ni un pelo de explotador.
De manera tan realista como tierna, y evitando casi siempre la violencia que sí cumplía un rol importante en “Boys…” (una producción estadounidense, al fin y al cabo), “Tomboy” impresiona por la firmeza de su ritmo narrativo, el modo en el que muestra sin inhibiciones lo que tiene que mostrar sin generar escándalo y, sobre todo, las magníficas actuaciones de sus jóvenes intérpretes, empezando por Zoé Héran, una niña actriz que convence y conmueve con una interpretación medida que le permite calzarse a la perfección el papel de Laure y de su alter-ego, Mikael (el nombre con el que se presenta ante sus nuevos amigos y hasta una potencial novia de su edad).
Héran tiene una inmensa responsabilidad como sustento principal de un filme que le pide mostrar no sólo aspectos físicos íntimos e involucrarse en algunas otras escenas comprometidas, sino que la coloca en una posición de vulnerabilidad emocional intensa, que debe haber implicado un fuerte trabajo psicológico con la directora Céline Sciamma (“Waterlillies”).
Curiosamente, su mejor contraparte en este drama apasionado pero nada tremendista no es Jeanne Disson, la niña que interpreta de manera más que correcta a Lisa (la chiquilla que se siente seducida por sus suaves maneras), sino Malonn Lévana (que hace de la hermana), una mujercita de seis años que muchos no se atreverían a calificar todavía de actriz debido a lo temprano de su edad, pero que muestra un carisma, un sentido del humor, una coquetería y un encanto general que podrían convertirla más pronto que tarde en una verdadera estrella del cine.
El conflicto de Laure es lo suficientemente grande como para no necesitar de dramas añadidos; en ese sentido, su entorno social y geográfico es idóneo, porque no parece tener carencias materiales y se encuentra viviendo en una zona de campo que resulta aparentemente perfecta para el desarrollo de un infante, con bosques y lagos que incitan al juego permanente. Si uno vive en Los Angeles y ve esta cinta, se da cuenta de lo difícil que resulta encontrar espacios formativos para los niños en las urbes industrializadas, plagadas de concreto y de automóviles.
Los niños de “Tomboy” no andan pegados a la televisión ni a los video-juegos, sino que hacen deportes, nadan y conversan en entornos naturales. Eso no impide, por supuesto, que tengan prejuicios e intolerancias; pero los vuelve indudablemente menos proclives a las reacciones desesperadas y agresivas de “Boys..”, para retomar el punto, lo que se confirma si se compara los finales diametralmente opuestos de ambos filmes.
Aunque no estamos seguros de que Sciamma haya querido apuntar diferencia alguna con otra clase de ambientes, lo cierto es que filma las escenas de juego con una felicidad y una energía que no pueden ser más que aprobatorias. Hay otros elementos en la película que no se encuentran tan logrados, como el aparente nivel de ignorancia en el que se encuentran los padres (supuestamente inteligentes) de Laure con respecto a las personificaciones varoniles de su hija; pero esta misma carencia se puede justificar cuando se entiende que el filme entero está contado desde la perspectiva de su memorable protagonista.













