Reseña de “LOVE CRIME”
Texto: Sergio Burstein

En un medio como el nuestro, tan poco favorable para la difusión de películas extranjeras, el estreno de dos títulos franceses en un mismo fin de semana es un hecho digno de celebración.
Y es que este viernes salieron en algunas salas de Los Angeles (sí, el asunto no es tan generoso) “Gainsbourg: A Heroic Life” y “Love Crime”, dos cintas cuyos estilos opuestos contradicen los estereotipos hollywoodenses sobre un quehacer cinematográfico que resulta en realidad muy variado.
Ya publicamos la reseña de “Gainsbourg” (léanla aquí), una obra juguetona y visualmente vanguardista que muestra una tendencia particularmente moderna; por su parte, “Love Crime” (que es el motor de esta nota) se inscribe dentro de una escuela mucho más clásica, acorde con una tendencia francesa del ‘thriller’ que involucra cuestiones pasionales, pero que posee un trasfondo más complejo.
“Love Crime” (cuyo título original es “Crime d’amour”) es la última película de Alain Corneau, un director y guionista que trabajó intensamente a lo largo de cuatro décadas. Y, en este caso, lo de ‘última’ debe ser interpretado al pie de la letra, porque el cineasta falleció durante el proceso de montaje de la cinta (como nos lo contó la protagonista Luvidine Sagnier en la entrevista que le hicimos).
No estamos seguros de que éste sea el mejor título de la carrera de Corneau (nos quedamos con el extraordinario estudio psicológico y musical de “Tous les matins du monde”, estrenado en 1991), pero sí podemos decir que se trata de un filme que lo encontró en perfecto dominio de un estilo que le permitía crear grandes dosis de suspenso sin necesidad de incurrir en excesos narrativos.
De hecho, en medio de su palpable sensualidad y de la tensa atracción que se siente entre los personajes femeninos durante la primera parte de la historia, “Love Crime” mantiene una calculada frialdad que la lleva a evitar siempre las escenas de desnudez física y a preferir las de desnudez emocional, manifestadas de manera tan paulatina como discreta.
Como sucede en varias propuestas similares del cine europeo, la tensión acumulada se libera en algunos momentos que sí resultan de lo más expresivos, como el desfogue emocional de uno de los personajes que se produce en un estacionamiento subterráneo.
Pero todo se muestra como una consecuencia natural de un argumento que se ha preocupado ya por desarrollar un “drama de oficina” mucho más realista e intenso que el que se ve, por ejemplo, en la comedia estadounidense “Horrible Bosses”, por citar el modelo más cercano.
Siguiendo con la comparación, Sagnier (que interpreta a Isabelle, una novata y bienintencionada ejecutiva) se encuentra súbitamente a merced de “una jefa horrible”, Christine, encarnada por la estupenda actriz inglesa Kristin Scott-Thomas (la misma de “Bitter Moon”,“Four Weddings and a Funeral” y “The English Patient”).
Pero, en este caso, Isabelle no descubrirá de inmediato las verdaderas intenciones de Christine, ni tendrá tampoco una oportunidad demasiado fácil para resolver el problema.
En consonancia con su estilo proverbial, Corneau se tomas las cosas con calma. La gratificación para el espectador no llega fácilmente, y el ritmo lento de la película pondrá definitivamente a prueba a los espectadores que se encuentren acostumbrados a frecuencias fílmicas más aceleradas.
Creemos que el esfuerzo vale la pena, porque el duelo histriónico entre Sagnier y Scott-Thomas es digno de verse. El buen desempeño de la segunda en el papel de una ejecutiva manipuladora, maquiavélica y carismática no sorprende, ya que se encuentra en línea con todo lo que se la ha visto hacer; pero eso no lo vuelve menos placentero.
Sin embargo, en honor a la verdad, el peso dramático mayor se encuentra en las espaldas de Sagnier, quien demuestra aquí ser perfectamente capaz de asumir roles diametralmente distintos al inolvidable ‘sex symbol’ que le tocó interpretar en “Swimming Pool” (2003), la cinta de François Ozon que marcó definitivamente su carrera.
Luciendo más joven que los 32 años que tiene, Sagnier logra colocarse convincentemente en la piel de una muchachita inocentona que ve radicalmente transformada su conducta ante las brutales presiones ejercidas por su empleadora. Lo más sorprendente es que la joven actriz tuvo que filmar muchas de sus escenas sin la necesaria contraparte de Scott-Thomas, quien participó brevemente en el rodaje porque tenía otros compromisos laborales.
En todo caso, un cambio así -nos referimos a la evolución del personaje de Isabelle- no puede contarse en dos patadas ni en medio de una vorágine de bromas. Ubicarlo en un contexto demasiado liviano impediría que se desarrollara adecuadamente el aspecto de crítica al manejo laboral de las corporaciones que “Love Crime” evidentemente sostiene, más allá de su intriga particular.













